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DICHOSOS... LOS QUE LLORAN...

 

 DICHOSOS LOS QUE LLORAN… PORQUE… (Mt 5,5)

 

Se llora:

  • al perder un ser querido
  • por una vida no vivida: déficits de la infancia, falta de amor, aprecio, afecto…

¿Cómo se reacciona? A veces cerramos los ojos para no ver…  en el interior y únicamente miramos fuera de él para ver si se encuentra algo que compense la carencia. Pero cuanto más al exterior, más vacío se vuelve el corazón y más nos alejamos de nosotros mismos.

 

Para que una vida sea plena es necesario llorar (= hacer duelo). Si no se elabora el duelo, se llega a suplir con algún sucedáneo ese vacío que queda en uno: comer o beber demasiado, búsqueda del éxito, aprobación, manía de notoriedad… Esto es una compensación y no es solución óptima; aunque se puede vivir con ella. Las consecuencias son inevitables: empobrecimiento de la vida emotiva, falta de identificación con el mundo interior, se refuerza la proyección de enemigos imaginarios…

 

¿Qué dice Jesús de los que lloran? Dice que los que saben llorar, los que se  confrontan con el dolor, estarán sanos interiormente y sólo ellos podrán ser verdaderamente felices tras el dolor del duelo.

 

La condición para encontrar una vida feliz es estar dispuesto a hacer duelo por... y aceptar la realidad tal como es. El duelo es un camino para afrontar la realidad y llegar a verse libre de ilusiones  con las que uno mismo encubre la realidad. En el duelo no evito el dolor. Sólo si estoy dispuesto a admitir y soportar el dolor y las preocupaciones, me hago también capaz de ser feliz.

La decisión madura es transformar la renuncia en una posibilidad positiva.

Un ejemplo: Experiencia de falta de amor.

 

Primero, reconozco la realidad. Presento a Dios el dolor provocado por la falta de amor y lo soporto (acepto). [Ahora vendría la experiencia de la primera bienaventuranza: pobreza (no tener nada; sencillamente confía en Dios]. Entonces, crece la idea de un amor que está en mí y que es mayor que el amor humano (Jesús está siempre conmigo), amor divino que me rodea y que fluye en mí como una fuente que nunca se seca.

 

Y, si tú estás conmigo, nada me falta.

 

 


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