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LAS MONJAS Y EL SILENCIO

Dos hermanas de nuestra Comunidad comparten con nosotros sus reflexiones acerca del silencio:

 

Para san Benito el silencio es una actitud de corazón necesario para que se encuentre disponible para escuchar a Dios y atender al hermano con ternura y paz.

Para vivir este silencio es necesario un clima. Ordinariamente vivimos en un mundo lleno de ruidos. En general en nuestra sociedad necesitamos tener la mente ocupada con algo: la música, la tele, la radio, el móvil, etc. El ruido nos hace olvidar el silencio y no nos deja admirar las cosas tan hermosas que nos rodean y que a menudo nos sabemos descubrir.

Es muy importante saber descubrir el silencio de admiración: ante una obra de arte, un paisaje, una puesta de sol, una pequeña flor perdida en una hondonada... Aquí podemos descubrir la misma grandeza y belleza de Dios.

También el silencio del corazón es muy importante para todo cristiano. Por el silencio aprendemos a escuchar a Dios-Amor que quiere comunicarse con nosotros: "Abre el oído de tu corazón", nos dice san Benito. Es en este silencio donde podemos acoger la palabra que Dios quiere comunicarnos para que la hagamos vida en nosotros.

 

¿Cuál es mi experiencia acerca del silencio?

 

Creo que tengo una inclinación natural hacia el silencio. Para hacer esta afirmación me baso en que, ya  desde muy pequeña, con apenas tres años, recurría a él para salvar situaciones difíciles para mí que percibía como amenazadoras.

Por ejemplo si había reuniones familiares con mucha gente a mi alrededor o sucedían acontecimientos excepcionales como excursiones, campamentos, viajes…

 Sentía  la urgencia de retirarme y estar sola un buen rato. Era una necesidad de recuperar la consciencia de mí misma, de sentir que era alguien. Si no hacía esto  me despersonalizaba, me perdía como singularidad y me entraba mucha angustia.

 

Sobre esta tendencia natural, se ha instalado una vocación contemplativa con lo que conlleva de silencio y soledad.

Pero hay una diferencia importante. Este nuevo silencio, sobrenatural podríamos llamarlo, es el que me produce la presencia de Dios. Son momentos, no todo lo frecuentes que me gustaría, de intensidad de presencia del Señor. Esto hace para en mí tanta actividad mental, emocional, física… como a veces me domina.

Me ayudan especialmente en mi camino espiritual de unión con Dios y de acercamiento a los hermanos. En definitiva impulsan mi vocación monástica para realizar lo que San Benito propone en su regla a los monjes: “correr con el corazón dilatado por los caminos del Señor”.

 



San Benito en su Regla habla en varias ocasiones sobre el silencio. Citemos algunos ejemplos.

Le dedica el capítulo sexto: El silencio.

     Hagamos lo que dice el profeta: Yo me dije: vigilaré mi proceder para que no se me vaya la lengua, pondré una mordaza a mi boca. Guardé silencio resignado, no hablé con ligereza. Aquí nos enseña el profeta que, si por amor al silencio se deben evitar incluso conversaciones buenas, con cuánta más razón debemos abstenernos de hablar mal por el castigo que merece el pecado. Por tanto, dada la importancia del silencio, rara vez se dé permiso para hablar a los discípulos perfectos, aun cuando se trate de cosas buenas, santas y edificantes, porque está escrito:Hablando mucho no evitarás el pecado. Y en otro lugar: Muerte y vida están en poder de la lengua. Pues hablar y enseñar corresponde al maestro y callar y escuchar le toca al discípulo. Por eso, si hay que pedir algo al superior, pídase con toda humildad y respetuosa sumisión. En cuanto a la burla soez, la cháchara inútil y la bufonada las prohibimos siempre y en todo lugar, y no permitimos que el discípulo abra la boca para tales expresiones.

También en el capítulo sobre la humildad, el noveno grado está dedicado al silencio:

El noveno grado de humildad consiste en que el monje no deje hablar a la lengua y, guardando silencio, no hable hasta que se le pregunte. Pues la Escritura enseña que hablando mucho no se evita el pecado, y que el deslenguado no se afirma en la tierra. 

Y los grados siguientes matizan el modo de hablar: no reír fácilmente y cuando hay que hablar, hacerlo suavemente, sin reír, humildemente, con gravedad y con pocas palabras y sin levantar la voz.

En el capítulo 42 nos dice San Benito: "En todo tiempo los monjes deben observar el silencio, pero sobre todo a las horas de la noche... Al salir de completas, no se permita a nadie volver a decir nada."

Y cuando San Benito enumera los instrumentos de las buenas obras, nos aconseja: "No ser amigo de hablar mucho, no decir palabras vanas o que provoquen la risa."

 

 

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