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¿QUÉ ES UN MONJE? ¿QUIÉN SE HACE MONJE? ¿PARA QUÉ LA VIDA MONÁSTICA? ¿CÓMO SE VIVE EN EL MONASTERIO? ¿…?


 

 

Los orígenes del monacato se pierden en tiempos remotos. Su existencia es anterior a nuestra era.  El monje era esa persona que renunciaba al mundo para buscar la salvación en el Absoluto. El celibato era base indispensable. Estaba movido por un ideal místico y se retiraba de la vida secular  buscando la soledad y contentándose con lo estrictamente necesario.

 

El monacato es un fenómeno universal. No puede ser considerado como patrimonio exclusivo de ningún país, cultura, religión o filosofía.

 

También encontramos en el  cristianismo, desde sus comienzos, las características esenciales del monacato: existían grupos de hombres y mujeres que practicaban el celibato, vivían austeramente, se dedicaban a la oración... Su manifestación más plena tuvo lugar hacia finales del siglo III y principios del IV: había hombres que abandonaban las comunidades eclesiales para retirarse del mundo y vivir como monjes. ¿Por qué? Porque no se hallaban a gusto en el mundo (injusticia atroz, crueldad, libertinaje desenfrenado)  ni en las comunicades eclesiales donde se había perdido el fervor primero. Los cristianos se multiplicaban, pero su calidad iba disminuyendo.

 

En el siglo VI, el monacato cuenta con una larga experiencia (200 años) y grandes figuras. Surge ahora San Benito de Nursia y su Regla monástica. No pretende innovar nada. Tan solo desea adaptar las ensenzanzas conocidas de entonces a un grupo de principiantes. El monasterio era un lugar separado  del mundo en el que una comunidad de hermanos en Cristo llevaban una vida sencilla y se ganaban el pan con el sudor de su frente. Sus ocupaciones eran cantar las alabanzas divinas en el oratorio, embeberse de la Palabra de Dios (lectio divina) y trabajar en lo que se les mandara.

 

¿Cuánto tiempo duró este estilo de vida? No se sabe. La historia nos dice que Montecasino fue destruido (577). También desaparece Subiaco... La familia monástica creada por San Benito desaparece sin dejar rastro y los monjes se dispersan. San Gregorio Magno, papa, sería quien diese a conocer en su obra Los Diálogos la persona y obra de San Benito.

 

Posteriormente la Regla de San Benito se propaga por Occidente. Pero se le fueron añadiendo elementos procedentes de otras corrientes que irían transformando el depósito primitivo de Benito. Los monasterios llegaron a ser grandes, ricos, poderosos, cada vez más suntuosos, focos de religión y cultura, santurarios de peregrinación...

  • La oración había ocupado un lugar excepcional en la vida del monje. Ahora el culto es su razón de ser. Los monasterios son centros de intercesión.
  • Los monjes oran y la sociedad les mantiene con esplendidez. Reciben donaciones y los monjes se convierten en terratenientes.
  • El número de monjes que reciben las órdenes sagradas crece: sin prisa, pero sin pausa.
  • También se dio la promoción cultural.

El monacato es, ante todo, un movimiento espiritual que no se deja aprisionar durante largo tiempo por estructuras establecidas. Así surge, en el seno de la vida monástica un movimiento contestatario de deseos de renovación. Se inicia un retorno a la concepción primitiva de la vida monástica. Se desea vivir de un modo sincero y auténtico la vida que San Benito quería para sus monjes: una vida simple, pobre, austera, orante y solitaria. Surgen los monjes blancos (cistercienses).

 

La historia sigue... La vida monástica, como todo en la vida humana, es un ir y venir. Pero algo hay esencial que la ha permitido vivir 15 siglos. ¿Qué es lo esencial de la vida monástica? ¿qué la ha mantenido viva durante tanto tiempo?

 

La pregunta por Dios es universal. La respuesta del hombre es diferente: indiferencia, negación, búsqueda... El monje implica su vida entera en la búsqueda de Dios. Pero, ¿por qué le busca? Porque como dice el salmo: "Oigo en mi corazón: Buscad mi rostro" (Sal 26). 

 

Alguien decía que el monje es un "loco" de Dios que en un gesto de gratuidad se entrega totalmente para seguir a Cristo y se une a otros hermanos que comparten el mismo ideal.

 

Aquí tenemos ya los dos elementos esenciales de la vida monástica: búsqueda de Dios y seguimiento de Jesucristo.

 

La vida monástica es una vida de atención: estamos atentos a la ternura de Dios y queremos que esta viva nos empape para hacernos más y más a su imagen hasta convertirnos en ternura de Dios para los demás.

  

¿Entramos en el monasterio para ser más perfectos...? No. Toda vocación monástica es, tiene que ser, una historia de amor iniciada en el “sí” a la llamada. Se dice “sí” a Cristo. Se dice “sí” a un rostro, a un corazón, a un amor, a una vida… Jesús nos ha seducido. Y ya no se puede hacer otra cosa que adherirnos a Jesús y seguirle dondequiera que vaya.

 

Cristo es central en la vida monástica. Cualquiera que se acerque al monje lo primero que tendría que ver es la imagen de Cristo que es quien preside su vida, la llena, inspira y da sentido.

 

Lo prioritario es el seguimiento de Cristo, que él crezca en mí (=adquiriendo los mismos sentimientos de Jesús). La existencia monástica que hemos adoptado no tiene otro fin ni primario ni secundario que no sea vivir en esa dirección común: Cristo.

 

Esto está muy de manifiesto en la Regla de San Benito (RB). Tiene frases lapidarias que están grabadas en la mente y en el corazón del monje: “No anteponer nada al amor de Cristo” (RB 4,20; 72,11).

 

¿Nos quedamos ensimismadas "mirando" a Dios? ¿En él acaba todo? No.

Una imagen nos lo mostrará.

 

La vida monástica tiene:

  • una fuerza centrípeta porque tiende a anudarse en torno al núcleo que es Dios;
  • una centrífuga porque nos lanza hacia los demás.

Este tornarte sobre Dios te hace salir al encuentro del hermano; y, en el fondo, es lo mismo. 

 

La tarea del monje es, pues, buscar el rostro de Dios, siguiendo a Cristo y acogiéndolo en los hermanos.

 

Ahora nos preguntamos: ¿Y qué es seguir a  Cristo?

  • Seguir a Cristo es ser llamado por él (VOCACIÓN): La iniciativa es siempre suya. Nos dice el evangelio que “llamó a los que él quiso” (Mc 3, 13); y también: “No me habéis elegido vosotros a mí; soy yo quien os ha elegido” (Jn 15, 16). La vocación es un don dinámico: exige crecimiento en la fidelidad pues hay que ir asimilando este don en la propia vida. Hay que  consentir en la vocación,  crecer en ella y acogerla diariamente en la fe.
  • Seguir a Cristo es vivir con él viviendo al mismo tiempo con los otros seguidores suyos (COMUNIÓN de vida): “Eligió a los que él quiso y vinieron donde él. Instituyó a Doce para que vivieran con él” (Mc 3, 13-14).
  • Seguir a Cristo es vivir  como él (configuración con Cristo: CONSAGRACIÓN). Seguir a Cristo implica no sólo estar al lado de Cristo o acompañarlo, sino compartir sus mismos riesgos y esperanzas, compartir su misma  vida, vivir como vivió él.
    • Amor total e inmediato a Dios y al hombre (virginidad).
    • Actitud de obediencia total al Padre (obediencia).
    • Disponibilidad de lo que es y tiene para los demás (pobreza)
  • Seguir a Cristo es compartir su MISIÓN: adelantar aquí y ahora el modo propio del Reino consumado.

Seguir a Cristo es estar dispuesto a todo por él, es fiarse de él sin otra garantía que él mismo, renunciar a toda seguridad fuera de él… Seguir a Cristo implica una decisión personal que compromete toda la vida.

 

 






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Comentarios: 1
  • #1

    Luís Dantas (lunes, 26 febrero 2018 09:09)

    Grata pelo esclarecimento