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CÓMO NACIÓ MI VOCACIÓN

Búsqueda de Dios

De pequeña pasaba mucho tiempo sola en la habitación, abría la ventana y miraba al cielo ¿Qué será eso del cielo, irse a vivir allí?, me preguntaba con frecuencia.

 

Apuntaba ya algo que es lo más característico del monje: una atracción por Dios, por el Absoluto, por la transcendencia y también una llamada a investigar sobre el misterio de la vida.

 

Es tan importante esto que San Benito lo establece como único criterio para comprobar si alguien tiene una llamada monástica: “Si de veras busca a Dios” (RB 58)

 

En esta actitud mía infantil también quedaba reflejada la necesidad de soledad y silencio como único clima en el que puede tener lugar esta búsqueda.

 

Impermanencia 

Otro aspecto de mis tempranas experiencias era un profundo sentido de la impermanencia. Ponía mucha ilusión en las cosas, pero todo acababa muy pronto: la alegría de un cumpleaños, una reunión familiar, un viaje, las vacaciones…todo terminaba y la alegría producida era muy pasajera.

 

Esto se agudizó al trabajar con enfermos y ver la brevedad de la vida y cómo el fin llega irremediablemente. Me preguntaba: ¿Dónde encontrar estabilidad, continuidad, apoyo firme? Tenía que descubrir una realidad no sujeta al cambio.

A los 14 años vino una fuerte crisis de fe. Un desmoronamiento físico, psicológico y espiritual que me llevó a abandonar la religión y la práctica cristina, pero lo sorprendente es que nunca despareció esta intensa búsqueda de Dios, aunque fuera por otros caminos.

 

Puedo así afirmar, por experiencia personal, que esta necesidad casi angustiosa, obsesiva de Dios, es lo más característico del monje y que no termina jamás en nuestra historia personal. Yo lo experimentaba como una fuerza interior o impulso que no me permitía descansar de esa tarea.

 

Unificación de mi vida

Mi vida se iba así orientando hacia una sola meta: afianzarme en la transcendencia aspirando a lo que intuía como fin último de mi existencia: la unión con Dios dejando de lado todo lo que pudiera distraerme de este fin, no por considerarlo malo, sino secundario.

 

Ciertamente que otros objetivos se iban también desarrollando: estudios, trabajo, relaciones … pero siempre de forma secundaria.

 

Después de 15 años en este estado de alejamiento, hubo un nuevo encuentro con el Dios cristiano a través de su Palabra, concretamente de los salmos y de la celebración litúrgica en un monasterio benedictino masculino.

 

Ahí pude comprobar el poder que tiene la celebración litúrgica. Es algo misterioso que desborda toda acción y expectativa humana y que despertó mi vocación monástica.

 

Finalmente vino el deseo de concretar esta búsqueda de Dios en un ambiente de silencio y soledad que me lo permitiera,  junto a una comunidad de hermanas que caminasen conmigo y me llevó al monasterio de Santa María de Carbajal de León en el que llevo ya 28 años.

(sor Ernestina Álvarez Tejerina)

 



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