· 

SAN BENITO EN SUBIACO

Cuando Benito reparó por la oración la criba rota, la gente se quedó admirada. Pero Benito huye de las alabanzas. Dice san Gregorio: “Pero Benito, prefiriendo más bien sufrir las injurias del mundo que sus alabanzas, y verse por Dios agobiado de trabajos, más que ensalzado por los favores de esta vida, huyó a escondidas de su nodriza y marchóse a la soledad de un lugar desierto llamado Subiaco, distante sobre unas cuarenta millas de la ciudad de Roma, donde manan aguas frescas y transparentes”.

Benito deja el último lazo que lo unía con su familia…

 

Por el camino Benito encontró a un monje llamado Román que, después de saber su designio, le dio el hábito monástico.

Benito vivió en una cueva y el monje Román se escabullía de la vigilancia de su abad y le llevaba pan que sustraía de su comida. Como no se podía llegar hasta la cueva, Román ataba el pan a una cuerda con una campanilla para que Benito saliera a recogerlo. Así estuvo alimentando a Benito durante tres años.

San Benito, y también nosotros los monjes, debemos mucho a este monje Román que tuvo la audacia de "hacerle trampas" a su abad y esforzarse tanto para llevarle comida a Benito y mantenerlo vivo.

 

Sigue el texto de san Gregorio:

“Mas el antiguo enemigo, envidioso de la caridad del uno y de la refección del otro, al observar un día el pan que bajaba, arrojó una piedra y rompió la campanilla. Sin embargo, Román no dejó de ayudar a Benito con medios adecuados.

Pero Dios omnipotente quiso que Román descansara ya de su tarea, y que la vida de Benito se diera a conocer como ejemplo a los hombres, a fin de que la luz puesta sobre el candelero resplandeciera e iluminara a todos los que están en la casa. Cierto presbítero que vivía lejos de allí, había preparado su comida para la fiesta de Pascua. El Señor se le apareció en una visión y le dijo: “Tú te estás preparando manjares deliciosos, y en tal lugar mi siervo se ve atormentado por el hambre”. En seguida el presbítero se levantó, y en la misma solemnidad de Pascua, se puso en marcha hacia aquel lugar con los alimentos que se había preparado. Buscando al hombre de Dios a través de montañas escarpadas, valles profundos y de las hondonadas de aquellas tierras, lo encontró escondido en la cueva. Rezaron juntos y bendijeron al Señor omnipotente, se sentaron y después de agradables coloquios sobre la vida eterna, el presbítero que había ido le dijo: “Levántate y comamos, porque hoy es Pascua”. El hombre de Dios le respondió: “Sé que es Pascua, porque he merecido verte”. Es que, viviendo alejado de los hombres, ignoraba que aquel día era la solemnidad de la Pascua. El venerable presbítero siguió insistiendo:

“Ciertamente, hoy es el día pascual de la resurrección del Señor. De ninguna manera te conviene seguir ayunando, ya que he sido enviado con el fin de que juntos comamos los dones del Señor omnipotente”. Bendiciendo entonces a Dios, tomaron el alimento. Y así, terminada la comida y la conversación, el presbítero regresó a su iglesia.”

 

Cuando Benito sale de la cueva, después de un profundo silencio, de una profunda transformación y conocimiento de sí mismo;  la gente empieza a acudir a él, como pasa siempre cuando hay un hombre sabio, un hombre de Dios. Le visitaban y recibían, a cambio de le solían llevar, un regalo, una cosa material, el alimento espiritual para sus almas. 

 

¡Ojalá los monjes y monjas de hoy pudiéramos seguir dando o compartiendo el alimento espiritual, aquello que despierte a crecer y nutrir la dimensión espiritual de los hombres y mujeres de nuestra sociedad!

Benito permaneció durante tres años ignorado de los hombres, salvo del monje Román.

"Así, su nombre dióse a conocer a todos por los lugares circunvecinos, con lo que ya desde entonces se vio frecuentado por muchos, que al llevarle el sustento del cuerpo, recibían, en trueque, de su boca manjares de vida para su corazón".


Escribir comentario

Comentarios: 0