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FRACASO DE BENITO

San Gregorio nos relata que, después de superar la tentación, Benito, “cual tierra cultivada libre de espinos, dio copiosos frutos en la mies de las virtudes. Y así, por la fama de su eximia santidad, se tenía ya por célebre su nombre”.

 Los monjes de un monasterio piden a Benito que sea su abad. Él en principio no quiere, es un hombre humilde y también conoce a la comunidad cuyas costumbres decía que no se podrían ajustar a los suyos… pero le insisten tanto que por fin consiente.

Sin embargo, fracasa totalmente porque exige una disciplina muy fuerte: no deja desviarse a nadie ni a izquierda, ni a derecha. Entonces los monjes quieren matarlo: envenenan el vino que le dan a beber. Pero Benito bendice  la bebida y el vaso se rompe. Se da cuenta de que el vaso debería de tener algo que no resistió a la bendición del Señor.

¿Cómo reacciona Benito? “Al punto se levantó de la mesa, y con rostro afable y ánimo tranquilo, convocados los hermanos, les habló diciendo: «Que Dios Omnipotente tenga compasión de vosotros, hermanos; ¿por qué quisisteis hacer esto conmigo?»”.

Y Benito regresó a su amada soledad y vivió bajo la mirada del celestial espectador, su Señor.

Allí san Benito aprende a ser flexible y misericordioso. Aprende que es preciso esperar, no forzar a los hermanos, experimentar la paciencia, de que es Dios quien nos cambia. Cambia más el amor, la espera, la esperanza, la paciencia, que la rigidez.

 

Podemos ahondar un poco más en el fracaso de Benito:

Benito exige una fuerte disciplina, un perfeccionismo que provoca resistencia en los demás.

El perfeccionismo, la rigidez, la intransigencia no son capaces de producir conversión de los demás, sino rechazo. Estamos siempre como descubriendo faltas, como los inspectores. ¿Cuándo se nos descubre esto? Cuando tenemos que tratar con personas y situaciones difíciles, como le pasó a Benito. Él tiene que tratar con esos monjes un tanto desarreglados, desajustados,  y no es capaz de ser padre, sino juez, inspector. Por eso tiene que volver de nuevo a la cueva para una nueva conversión. Y allí, dice san Gregorio, vivió consigo mismo.

¿Qué significa vivir con nosotros mismos? A veces, durante el día, con tantas actividades, sentimos que nos hemos perdido, que no sabemos dónde estamos, que nos hemos desconectado de nosotros mismos. Pero tenemos siempre dentro de nosotros mismos un espacio interior, pues hay que afianzarnos mucho en él. Este espacio nos permite ser nosotros mismos y vivir desde allí sin ser dominados por los acontecimientos externos, vivir de forma reactiva.

Vivir consigo mismo significa también aguantarnos a nosotros mismos, soportarnos con nuestros pensamientos repetitivos, con nuestras sombras, con todo eso de “quiero pero no puedo” que tanto nos contraría porque nos frustra. Sólo en Dios está unido el querer y el poder.

 

¿Qué podemos aprender de San Benito?

  • La flexibilidad, la humanidad, la propia fragilidad (en la Regla le dirá Benito al abad: “Tenga siempre presente su propia fragilidad”.)
  • No ser de estos perfeccionistas machacones que nos vamos cargando con la espada a todo el mundo.
  • Habitar con nosotros mismos con una aceptación plena y una conexión plena con nuestro interior y nuestra identidad: saber muy bien siempre quiénes somos.

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