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DESCUBRIR LA FECUNDIDAD OCULTA

Hemos visto que San Benito ha fundado doce monasterios con doce monjes cada uno. Resulta que tres de estos monasterios estaban construidos sobre las rocas de una montaña y los monjes fueron a quejarse a San Benito porque tenían que bajar diariamente al lago a por agua. Esto, además de muy costoso, era peligroso. Dice san Gregorio que Benito les consoló con buenas palabras y se fue a orar, a rezar.

 

Al día siguiente volvieron los monjes para ver cómo Benito solucionó el problema, porque ellos querían cambiar los monasterios de lugar. San Benito les dijo: “Id y horadad un poco aquella roca en donde encontréis tres piedras puestas una sobre otra. Porque puede el Dios Todopoderoso hacer manar agua aun en la cima de este monte, para evitaros el trabajo de tan largo camino”. Y, efectivamente, así ocurrió; los monjes ya no tuvieron que bajar todos los días al lago a por agua.

 

Esto, además de lo anecdótico y milagroso, quiere transmitirnos un mensaje, que es lo importante. Las rocas de las montañas son el símbolo de todo eso tan duro que hay en nosotros y en los demás, como el hueso del melocotón. Y pasamos gran parte de nuestra vida queriendo modificarlo, eliminarlo. Gastamos en ello mucha energía, nos fatigamos como estos pobres monjes. Son esas zonas estériles de nosotros, de los demás y de la vida.

 

San Benito, lo que les hace ver, es que hay un poder de Dios, una fecundidad allí oculta – también en eso duro y feo. Una fecundidad escondida que se descubre mediante la oración. Si soplamos el Espíritu Santo sobre estos acontecimientos sombríos, sobre estas durezas nuestras y de los demás, se airean y sale agua.

 

Así que ¡a soplar, a soplar fuerte el Espíritu! Ya lo dice san Juan: “El Espíritu sopla donde quiere” (Juan 3:8). Donde quiere y donde nosotros lo hacemos soplar. 


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