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BENITO, HOMBRE RECONCILIADO

Un sacerdote de la iglesia vecina del monasterio llamado Florencio, cegado por la envidia, empieza a criticar a Benito, su manera de vivir, la empresa que había realizado e intenta disuadir la gente para que no fuera a hablar con él. Su envidia llega hasta el punto de enviar a Benito un pan envenenado. San Benito lo acepta pero, como dice san Gregorio, no se le ocultó el veneno que escondía. Entonces da el pan a un cuervo y le ordena: “En nombre de Nuestro Señor Jesucristo, toma este pan y arrójalo a un lugar donde no pueda ser hallado por ningún hombre”.

 

Es muy importante alejar de nuestra vida todo aquello que es veneno: todo aquello que nos hace daño, incluso que nos produce la muerte. Se trata especialmente de pensamientos y sentimientos negativos que los Padres del desierto llamaban los “logismoi”, pensamientos que venían siempre de los demonios. ¡Que nada nos pueda quitar la paz!

 

San Gregorio relata que san Benito tuvo más pena por Florencio que por sí mismo y no se perturbó sino que rápidamente echó fuera de él todo ese veneno y siguió viviendo en paz. ¡Que no perdamos nunca en nuestra vida el amor, la alegría y la paz por nada del mundo! Echemos todo el veneno fuera rápido…y cuanto más lejos mejor.


Sin embargo, Florencio, viendo que no podía hacer daño a Benito, intenta hacer daño a sus discípulos. San Benito tiene miedo porque se da cuenta que sus discípulos, muchos de ellos todavía muy jóvenes, van a ser tentados y van a caer; y entonces decide irse. Sabe que el problema de Florencio es contra él pues si él se va, Florencio va a dejar en paz a sus discípulos.

Pero ¿qué pasa? Estando el sacerdote Florencio en la azotea de su casa, alegrándose de la partida de san Benito, de pronto se derrumba la terraza  donde estaba y se mata. Entonces uno de los discípulos de Benito, Mauro, va rápidamente a decirle a san Benito que se alegre porque ha muerto su enemigo. Dice san Gregorio: “Al oír esto, el hombre de Dios Benito prorrumpió en grandes sollozos, tanto porque había muerto su adversario, como porque el discípulo Mauro se había alegrado de su muerte”. Y puso una penitencia al discípulo porque al anunciarle lo sucedido se había atrevido a alegrarse de la muerte de su rival.

 ¡Qué grandeza de hombre!

La actitud de Benito es la de un hombre reconciliado plenamente consigo mismo. En él, el odio o la venganza han sido sustituidos por el amor y el perdón.

 

¿Dónde están nuestros enemigos, dónde está el veneno? No en las circunstancias, no en lo de fuera. Ya lo dijo Jesús: “Nada que entre de fuera puede hacer daño al hombre. Sólo lo que está dentro del hombre es lo que le hace daño” (cf. Mc 7, 15; Mt 15, 11).

Benito no actúa devolviendo mal por mal, sino que es capaz de distanciarse de la maldad de Florencio y actuar según sus propios principios. Por eso no pierde la paz, sino incluso llora y se entristece por la muerte de su enemigo. ¡Qué ejemplo para todos nosotros que actuamos siempre con “el mal contra el mal”, con la forma reactiva de violencia!

 

Ojalá pudiéramos mantenernos siempre en este amor como hizo nuestro Señor Jesucristo. Dice san Pablo que “reconcilió a toda la humanidad dando muerte en sí mismo al odio” (cf. Ef 2, 16). No se trata de fuerza de voluntad sino de acogida de una gracia redentora de Jesucristo. ¡Que ella siempre oriente nuestra vida y la mantenga en el amor, la alegría y la paz!

"Que nada ni nadie os quite la paz; no os avergoncéis del Señor".

(papa Benedicto XVI en la JMJ de Madrid)


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