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CÓMO TERMINAN NUESTROS BUENOS PROPÓSITOS

Un hermano del monje Valentiniano que era un seglar pero piadoso, como nos dice san Gregorio, iba con frecuencia al monasterio para ver a su hermano y hablar con Benito. Acostumbraba ir siempre en ayunas.

Un día, yendo de camino, se juntó con otro caminante que le invitó a comer. Le contestó: “De ninguna manera, tengo siempre la costumbre de ir en ayunas a visitar al venerable abad Benito”. Y siguieron caminando. Pero cuando llega el anochecer el caminante vuelve a insistirle a que coma. Y el hermano del monje vuelve a decir que no. Pero ya la tercera vez estaba tan cansado, que consintió finalmente a la invitación y comió.

Cuando llega al monasterio, Benito le pregunta: “¿Cómo ha sido eso, hermano, que por fin te han convencido para que comieras? No pudo persuadirte la primera vez, ni tampoco la segunda pero sí la tercera.” Pues el hermano del monje Valentiniano reconoció su culpa, fruto de su débil voluntad, y comenzó a llorar avergonzado.

 

Esto es una experiencia constante en nosotros: como nuestros buenos propósitos para hacer el bien con frecuencia se ven frustrados.

Hay en nosotros como dos movimientos: el movimiento natural y el movimiento de la gracia. Es decir, en uno contamos con nuestra fuerza de voluntad, que vemos que es muy limitada (uno sucumbe a la primera y otro a la tercera pero al final todos acabamos cayendo), y el otro es el de la gracia, el don de la fortaleza del Espíritu Santo.

Normalmente confiamos nuestras victorias a nuestra fuerza de voluntad y vemos que el efecto y el resultado son pocos. Entonces tenemos que descubrir qué es lo que nos permite mantenernos en un deseo.

Ante las dificultades en las relaciones en la familia o en el trabajo siempre pensamos “a ver si hoy no me enfado”, “hoy voy a ser mejor”…  Pero topamos siempre con nuestra limitación: nos enfadamos, nos entristecemos, no tenemos dominio, criticamos a los demás…

Entonces nos invito a que descubramos qué es lo que interrumpe esta  escalada hacia lo natural y qué nos permite dar el salto hacia lo sobrenatural y mantenernos en el amor, alegría y paz.

¡Muchas veces no va a venir por rezar!

Cuando a veces tomamos estas decisiones, no integramos todas nuestras dimensiones. Lo hacemos desde lo espiritual: “Dios me llama a ser bondadoso, manso, humilde, a perdonar”; o desde lo intelectual: “Tengo estas ideas de ser bueno”, pero no integramos las otras dos dimensiones, la afectiva y la física.

Es decir, yo tengo allí una ira, un deseo de venganza, un deseo de autoafirmación y no le he preguntado si ellos quieren cooperar a mi decisión. Es muy importante tener esto en cuenta para ver cómo voy a poder hacer que esta ira, este coraje, este deseo de venganza, esta envidia  contribuyan a mi decisión. En ese caso sí llegaré hasta el final.

Lo espiritual es importante pero necesita también una cooperación. Si, por ejemplo, tengo hambre, tengo que comer, no puedo sólo rezar porque  así me muero de hambre. Y si tengo sueño, tengo que dormir y no sólo rezar para que la oración supla mi necesidad física.

Tenemos que ver cómo hacer que estas dimensiones nuestras tan primarias cooperen en las decisiones. Cada uno tiene que buscar sus trucos. ¡Ánimo!


¡Puedes compartir con nosotros qué te ayuda a llevar a cabo tus buenos propósitos, qué te ayuda a dar el salto para que actúe la gracia!

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