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PARA QUE ACTÚE LA GRACIA

La semana pasada, a raíz del episodio del hermano del monje Valentiniano que se propuso ayunar por el camino al monasterio de San Benito, pero al final cayó y aceptó comida de su compañero de viaje, hemos hablado de cómo llevar a cabo nuestros buenos propósitos. Hemos visto que no basta solamente con la oración sino que hay que integrar todas las dimensiones de la persona.

Sor Ernestina profundiza en este tema desde su experiencia:

Mi experiencia es que ciertamente es únicamente la gracia la que puede llevarnos a un cambio, a una actuación que supera las capacidades humanas. El problema es ¿por qué, con tanta frecuencia, esta gracia no es eficaz, no actúa en mí? Ya dijo san Pablo que procuráramos no echar en saco roto la gracia de Dios (cf. 2Cor 6, 1).

Desde mi reflexión, el camino puede venir por una conexión con el momento real que voy a vivir. Yo me propongo no enfadarme con mi hijo pero aguanto un poquito hasta que le suelto un discurso moralizante… Yo, ¿qué procuro? Pedirle a Dios su fuerza pero para que yo no me distancie, no me separe de esta gracia, tengo que tener una conexión conmigo misma y con el momento presente.

Y yo lo hago mediante un acto físico. San Benito lo hizo mediante el dolor, puede ser también mediante la risa, el sonreír, la respiración, la atención al latido cardiaco…

¿Por qué? Porque creo que cuando se toma una decisión importante, debemos integrar todas nuestras dimensiones, no sólo la espiritual, ateniéndome a la gracia de Dios, sino ver cómo todas mis dimensiones: la física, la emocional, cooperen también en esta decisión. Porque ellas van a sufrir; yo voy a tener que contener mi amor propio, mi deseo de hablar, de corregir, en el trabajo por ejemplo mi deseo de decirle a mi compañero que me está fastidiando, etc.

Yo actúo así, no sólo pidiendo a Dios su gracia, sino intentando mantener en todo momento esta integración de todo mi ser en la respuesta. Antes de lanzarme a algo, que sé que me va a suponer un sufrimiento o una renuncia, pues dialogo mucho conmigo misma, con mi dimensión emocional y física, y veo si dan su consentimiento a la acción que quiero emprender. Veo si estoy dispuesta a asumir las consecuencias del cambio, y cómo voy a gestionar la angustia, la ansiedad, el dolor que todo cambio, todo vencimiento de uno mismo, todo vaciamiento me va a producir. Lo dice el Señor: “¿Quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él” (Lc 14, 28–29).  


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