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MIRADA DE FE

Había un hombre noble, muy amigo de San Benito, que se llamaba Teoprobo. Iba con mucha frecuencia a ver al varón de Dios y hablar con él.

 

Un día, al entrar en su celda, lo encontró llorando amargamente. E intuyó que no era como otras veces que lo vio llorar (sabemos que Benito tenía el don de lágrimas en la oración), sino que era por alguna congoja.

 

Le preguntó por qué lloraba. Benito le dijo que todo su monasterio y todas las cosas que ha preparado para los monjes serán entregadas a los bárbaros por disposición de Dios todopoderoso. “Sólo a duras penas he podido alcanzar que se me concediera la vida de los monjes.”

 

Y, en efecto, así ocurrió. Pocos años después, una noche mientras los monjes dormían, entraron los longobardos, saquearon todo el monasterio pero no mataron a ningún hombre.

 

Es un relato tremendamente emocionante. Lágrimas amargas que no cesan, lágrimas que brotan de una gran pena.

 

Se  nos presenta a Benito como a un hombre muy humano. Podía haberlo espiritualizado todo, pero no, llora… No obstante lo ve todo en virtud de un designio de Dios. 

 

Allí está la grandeza de él y de nosotros. Cuando en esto que nos amarga, que nos entristece somos capaces de ver también un designio de Dios.

 

No dejar de ser humanos pero meter en la situación siempre la fe. La fe nos lleva a la confianza.

 

Saber que nuestro Padre lo puede todo y lo hace todo para nuestro bien.


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