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¿SOMOS VERDADERAMENTE LIBRES?

En el segundo libro de los Diálogos, san Gregorio Magno nos cuenta que no lejos del monasterio había un pueblo en el que había unas mujeres consagradas a Dios. Benito procuraba enviarles con frecuencia a alguno de sus monjes para atenderlas espiritualmente.

En una ocasión envía a uno; y, acabada la homilía, una pequeña exhortación que les hace, las santas mujeres le dan unos pañuelos, y él les esconde en el pecho.

Cuando regresa al monasterio, le dice Benito un poco enfadado: “¿Cómo ha entrado la iniquidad en tu corazón?” El monje queda sorprendido porque no se acuerda ya del hecho, no sabía por qué le estaba regañando. Y Benito le recuerda: “¿Acaso no has recibido de las siervas de Dios unos pañuelos que has guardado en tu pecho?”. Entonces, al oír esto, se acordó el monje y rápidamente arrojó los pañuelos que había escondido en su pecho.

 

¿De qué nos está hablando aquí san Benito? De las dependencias. Son las dependencias, los apegos, eso que guardamos en el pecho, es decir, en la zona emocional, como el monje los pañuelos.

El servicio del monje debería haber terminado con la atención espiritual a las santas mujeres, pero él queda enganchado a ellas. Emocionalmente nos apegamos a todo aquello que nos hace sentir útiles, valorados, importantes.

Estamos siempre muy condicionados por muchas dependencias: físicas, psicológicas y espirituales, que guardamos en el centro de nuestra vida – en el pecho, en la zona del corazón, y que nos impiden ser libres.

Además, no estamos conscientes de ellas. En el relato se dice que el monje no se había acordado… ¿Cómo es posible que no se acordara de una cosa que acababa de hacer? Pues nosotros tampoco somos conscientes de estos enganches. Pero sí somos conscientes de que no somos libres, felices.

 

Hay dependencias lógicamente sanas. Somos seres relacionales, ¿cómo no vamos a depender de niños, del cariño de nuestros padres, de su valoración, de la de los compañeros o amistades? Sería una cosa absurda, inhumana.

También en la Escritura encontramos pasajes en los que se ve cómo Dios depende del amor de su pueblo. En el libro de Oseas se dice: “Cuando Israel era niño, yo le amé, pero cuanto más yo le amaba, él más se alejaba de mí.” El Señor tiene la tentación de abandonarle pero reflexiona y se dice: “¿Podría abandonarte, Efraím? ¿Puede un padre abandonar a su hijo? Ay, mi corazón se conmueve y dentro de mí hay toda una grandeza de compasión” (Os 11).

 

Sin embargo, hay otras dependencias que son patológicas. Cuando hay un excesivo miedo a sentirse solo, necesidad de aprobación, necesidad de agradar, pérdida de lo que es uno mismo en atención a lo que otros esperan de nosotros…

¿Qué podemos hacer? Primero, reconocer la dependencia, ser valientes, decir: “Dependo de esta persona, de este trabajo, de esta relación, etc.” Segundo, reforzar nuestra valoración y nuestra autoestima. Nuestra dignidad como personas; que tenemos una autoafirmación sin depender de la valoración de los otros. Asumir la responsabilidad de nuestros pensamientos, emociones y acciones. No vivir nunca desde la comparación, sino desde lo que es uno mismo. Y aprender a estar solos, a gestionar nuestra vida desde nosotros, sin necesidad de cariño o presencia física o de aprobación de los demás.

 

Podemos preguntarnos: ¿Somos verdaderamente libres? ¿Hacemos todo por amor al Señor, a otras personas, o por amor al nuestro yo, al nuestro ego?

 

¡Desprendámonos de todo eso que nos quita la libertad para poder ser personas sanas y sanadoras!

 


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