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UN MONJE SOBERBIO

San Gregorio nos ofrece hoy un nuevo relato de la vida de San Benito que se titula "Del pensamiento de soberbia de un monje, conocido en espíritu" y dice así:

En otra ocasión, mientras en venerable abad Benito tomaba su alimento, hacia el atardecer, cierto monje, hijo de un abogado, le sostenía la lámpara delante de la mesa. Mientras el hombre de Dios comía y él le alumbraba, comenzó a pensar y decir secretamente en su interior: “Pero ¿quién es éste para que yo tenga que servirle y sostenerle la lámpara mientras come? Y siendo yo quien soy, ¿he de servirle?”

Al punto, dirigiéndose a él el hombre de Dios Benito, comenzó a amonestarle diciéndole: “Santigua tu corazón, hermano, ¿qué es lo que estás pensando?” Inmediatamente mandó a los monjes que le quitasen la lámpara de sus manos y a él le ordenó que cesara en su servicio y se sentara.

Preguntado luego por los monjes qué es lo que había pensado, les contó cómo se había envanecido por el espíritu de la soberbia y lo que había pensado interiormente contra el hombre de Dios.

 

A primera vista nos encontramos aquí con la soberbia. La soberbia es ese sentimiento de superioridad frente a los demás que nos provoca con ellos un trato distante, despreciativo. Es como una sobrevaloración del yo e infravaloración del yo de los demás.

 

Para ver si hay este sentimiento de soberbia en nuestra vida hay unos pequeños síntomas, algunos muy aparentes pero otros mucho más sutiles.

De los aparentes: hay una rebeldía frente al obedecer, una especie de autoritarismo en las personas que tienen funciones de gobierno, puede manifestarse también como envidia de la fortuna de otros, como críticas o como una obstinación de creer que tenemos siempre la razón.

 

Podemos diferenciar la soberbia de la envidia. Ambas parten de una infravaloración personal. Una baja autoestima de uno mismo que busca ser compensada. Pero la soberbia la intenta compensar mediante el engaño de sentirse superior al otro. Me creo algo que no soy. Mientras que la envidia es desear tener eso que el otro tiene. Y me entristezco porque no lo tengo.

 

Vamos a fijarnos en dos datos curiosos del relato.

Benito se da cuenta de los malos pensamientos del monje aunque éste no los expresa. ¿Cómo se da cuenta? Aquí tenemos el caso de la comunicación no verbal.

No sólo nos comunicamos con los demás con palabras, sino principalmente, según dicen los expertos, con la comunicación no verbal basada en el cuerpo, las posturas, las actitudes, los gestos, también con los silencios. Todos tenemos experiencia de esto. Cuando por ejemplo una persona en una reunión no dice nada pero está creando un mal ambiente.

Todos tenemos lo que los neurólogos llaman “las neuronas espejo”. Estas neuronas captan más allá de lo que decimos: actitudes internas, sentimientos, pensamientos, aunque no se expresen.

Por eso san Benito se dio cuenta del disgusto que tenía ese monje haciendo su trabajo. Benito fue un gran observador, nada le pasaba indiferente. Era un hombre de una profunda sensibilidad al momento presente. En cada acontecimiento sencillo veía un estudio profundo y posibilidad de crecimiento para él y para los que estaban a su cargo.

 

El otro aspecto muy interesante: san Benito le había encargado a ese monje el servicio de sostener la lámpara pensando que era un honor para él, como una forma de darle reconocimiento y mostrarle su valoración y cariño. Sin embrago, el monje lo había tomado como algo humillante. Benito entonces se lo quita como castigo.

A veces nos puede pasar la misma cosa a nosotros, que un trabajo nos parezca humillante. Pero la calidad de una acción lo da la intensidad del amor que lleva porque el amor es lo que da la calidad y fecundidad.

San Pablo nos recuerda esto de forma exagerada, y nos estremece escucharlo en 1Cor 13, cuando dice: Si soy capaz hasta de un martirio tan sublime como puede ser el entregar mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me sirve.

Y recordamos una escena parecida de la vida de San Benito, cuando llegó el godo de un espíritu humilde y le han encargado un trabajo (que era simplemente cortar hierba). San Gregorio nos dice que lo acogió con tal solicitud que puso en el trabajo toda su fuerza y toda su alma. En cambio ese monje soberbio rechaza el trabajo. El godo vive feliz mientras que el monje de nuestro relato está insatisfecho, amargado.

 

Pues vamos a valorar nuestros trabajos por el amor que implican, más que por la categoría humana.


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