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ENCUENTRO PERSONAL CON JESÚS

Ayer celebramos la fiesta de Santo Tomás, apóstol al que se atribuye frecuentemente la incredulidad.

 

Cuando medité sobre el texto de San Juan en que se describe cómo Tomás pide ver las heridas del Señor para creer en su resurrección (Jn 20, 24–29), me vino a la mente otra escena del Evangelio: cuando las mujeres encuentran el sepulcro vacío y anuncian a los discípulos que Jesús ha resucitado, nadie les cree (“Regresando del sepulcro anunciaron todas estas cosas a los Once y  a todos los demás. Pero todas estas palabras les parecían como desatinos y no les creían”. Lc 24, 9.11).

 

Para creer de verdad, necesitamos un encuentro personal con Jesús resucitado. No nos vale que nos digan: “Hemos visto al Señor”, lo tenemos que experimentar cada uno en nuestro propio ser, si no, quedará para nosotros como una idea abstracta que aceptamos con la razón pero no la sentimos en el corazón.

 

A mí me pasa algo parecido a lo de Santo Tomás. Cuando me viene un momento de dificultad, de sufrimiento, no soy capaz de ver allí a Dios, me siento abandonada, no entiendo por qué me pasa esto… En la cabeza tengo todas esas frases de que Dios es bueno, es amor, está siempre con nosotros, que todo ocurre para nuestro bien… pero no logro “hacerlo vida” en mí.

 

Sin embargo, junto con Santo Tomás, estoy segura de dos cosas: que es fundamental perseverar en la comunidad: Tomás volvió a los ocho días a la reunión de los Apóstoles y allí le esperaba el Señor. Y yo, hace unos días, pude expresar delante de mis hermanas mis dificultades, y lejos de verme juzgada o criticada, recibí una gran comprensión, porque todas habían pasado por momentos de crisis, un gran cariño y apoyo de su oración.

 

Y la segunda cosa es la certeza de que el Señor es paciente y misericordioso para con nosotros y tiene preparado para cada uno el momento de experimentar que Él está vivo, aunque con marcas de su sufrimiento, y nos llevará a decir, no como una frase aprendida, sino desde lo profundo de nuestro ser: “¡Señor mío y Dios mío!”

 

(sor Klára)



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