· 

RENOVACIÓN VOTOS Y POSTULANTADO

CRÓNICA DEL DÍA DE AYER EN EL MONASTERIO, por Luis Artigue

 

Igual que una gavilla se condensa en su centro y se expande en sus extremos, así la vida de los consagrados, como la de la Virgen María, se concentra en su sí.

 

     Y sí, en una mañana de 15 de agosto con luz de increíble belleza, una con la iglesia monástica con las puertas abiertas como nuestras emociones, se produjo, durante una misa larga y lenta como un blues, una muy bella por su liturgia que nos adensó por dentro y por su canto que nos sintonizó el cuerpo con el alma, la renovación temporal de votos de Sor Klara ahí, en ese ayer eterno que es el Monasterio de Santa María de Carbajal.

     La iglesia estaba casi llena. Sus piedras latían como corazones. El oficiante nos deleitó con una homilía precisa, profunda y preciosa que versó sobre la importancia de la fiesta dogmática mariana que celebrábamos, sobre su antigüedad y sobre la potencia mística del sí, que está en la base de la vida consagrada. Y pasó a hablar de San Benito, de su Regla pionera, sencilla, esencial y duradera que prima a Cristo y una vida dedicada a Cristo mediante la oración, el trabajo, la obediencia, la liturgia, el estudio y la vida fraterna… Y con esos dos apoyos (María y San Benito), se dirigió en especial a Sor Klara así, como un padre, describiendo y ponderando la belleza de su nuevo sí temporal, pero muy admirable, a Cristo.

     Klara, con su humildad que hace honor a la Santa de quien toma el nombre y con su voz que hace honor a su nombre, con su voz de ángel dueño de la gravidez y la belleza, nos cantó los salmos, y las piedras del Monasterio parecían latir como corazones.

     Entonces se produjo la proclamación pública de sor Klara de sus votos (lo cual hizo leyéndolos en su español a un tiempo aterciopelado y castizo), auspiciada por la madre Abadesa sor Ernestina, toda ella ejemplaridad y solemnidad, que la aceptó en nombre de toda la Comunidad.

     Sor Klara recibió el abrazo de cada una de las hermanas, y entonces se diría que la luz azul de increíble belleza del cielo de León se esencializó en sus emocionados ojos.

     Todo resultó sencillo, profundo y verdadero. Las emociones parecían del mismo tamaño que esas cosas que se pueden envolver con cuidado en un pañuelo.

     Como para hacer aún más delicado lo delicado Sor Ernestina tocó la cítara. Como para que además de trascendencia sagrada hubiera también  inteligencia y belleza en nuestras vidas, Sor Klara a Bach en el órgano. No sé si el mundo seguía a lo suyo, o nosotros llevábamos ya el mundo dentro, el cual estalló en confeti luego en el claustro, donde hubo al fin felicitaciones, recuerdos, conversaciones, pastas, compañerismo, carisma y amor…

 

Pero eso no fue todo.

 

     En la tarde del mismo día y del mismo mundo, durante las segundas vísperas de la Virgen de Agosto (cantadas por cierto en un latín que nos colocó el alma en el vértice del tiempo), Ana, la recién llegada del resto de su vida con una sonrisa amplia y la aturullada ilusión de los comienzos, puso un colofón de gozo al inolvidable Día del Monasterio al iniciar su postulantado.

     Con su acento italiano sonoro e inconfundible, y ayudada de sus gafas como lunas redondas, leyó su solicitud ante la madre Abadesa, la cual la aceptó en nombre de la Comunidad, y pasó también a abrazarse una a una con todas sus hermanas.

     Era una ventana más para el Monasterio, una nueva fuente de luz, y se le hizo saber. Su sonrisa como de luna menguante hacia más bella la tarde.

 

     ¡Qué gran día!

Escribir comentario

Comentarios: 0