· 

¿CÓMO ES SER MONJA BENEDICTINA?

Buscando a Dios...

 

El pasado sábado 14 de Septiembre celebramos la fiesta de la Santa Cruz. Aquel día, cinco chicas, que hacían su discernimiento vocacional en Santa María de Carbajal, en compañía de la Madre Abadesa, Ernestina, dos monjas más y un grupo vinculado al monasterio realizaron una experiencia ciertamente enriquecedora.

 

Por iniciativa de la querida abadesa estas personas, que buscan la voluntad de Dios y el camino vocacional al cual están llamadas (si ser monja, formar una familia, comprometerse como laico en algún servicio de la Iglesia, etc.), iniciaron un pequeño viaje al corazón de la vida benedictina, al pensamiento de Benito de Nursia, pero, sobre todo, al corazón de Dios.

 

La magnífica experiencia comenzó en Sahagún, en la pequeña abadía benedictina en cuyo interior residen 12 monjas. Junto a ellas celebramos la Eucaristía de la fiesta de la Santa Cruz, un acto hondamente emotivo en el que recordamos aquel instrumento con el que Dios, en su infinita misericordia, redimió al mundo.

 

Después de la Eucaristía, veneramos juntos la reliquia de la Santa cruz que las monjas guardan con gran cariño.

 

A continuación, Madre Anuncia, Abadesa del dicho monasterio, nos dio a conocer su experiencia con la liturgia, cómo transforma a la persona que la vive y la ama; y la "Lectio Divina", lectura divina, lectura de la Palabra de Dios, que todo cristiano, no sólo el monje, debería hacer.

 

Como no fue una charla estrictamente formal, el grupo visitante pudo adentrarse en una conversación cercana y acogedora, que permitió clarificar y romper algunas dudas.

 

 Sor Marta, que a raíz de sus vídeos en YouTube ha logrado conquistar para Dios el corazón de muchos jóvenes, también participó dando ciertas pautas y consejos para aquellos que buscan a Dios en el día a día. Además fue para nosotros un ejemplo de cómo una chica joven puede ser feliz siendo monja.

 

 Una visita del museo del Monasterio, guiada por la Madre abadesa, Anuncia, adentró al grupo en la historia Medieval del monasterio que todos siguieron con curiosidad y asombro de las bellezas artísticas.

 

Después, cerca de la una y veinticinco del mediodía, nos despedimos, no sin antes llevarnos un montón de pastas y dulces elaboradas por las monjas mismas, y emprendimos nuestra ruta a San Pedro de Dueñas. Llegamos justo a tiempo para la oración de Sexta, lo cual estuvo de perfecto porque: << Nada hay que anteponer al oficio divino... >>,(RB 43, 3), y como nadie quiso que San Benito se enfadara, fuimos obedientes.

 

Las monjas nos prepararon unas mesas en la huerta con fruta y verduras de su propia cosecha, y más lo que todos pusimos en común, pues llevamos comida para compartir, organizamos un auténtico festín propio del día litúrgico, como tiene que ser. El almuerzo estuvo lleno de conversaciones santas y edificadoras que permitieron a todos participar, reír y disfrutar.

 

La sobremesa también fue entretenida pues se fijaron proyectos y talleres en común para enriquecer la vida espiritual de cada uno.

 

Después de rezar nona las monjas nos acompañaron por los pasillos de su monasterio de la mano de Sor Carmen, una monja entrañable, que desde la sencillez y su humildad logró sacar una sonrisa a muchos.

 

Por último, la Madre Abadesa de San Pedro nos explicó un punto crucial en la vida benedictina: la vida comunitaria. Creo que ninguno llegó a imaginar, cuán deliciosa y a la vez compleja puede llegar a ser una vida en comunidad.

 

Pero lo que sí quedó claro es que si los monjes o las monjas saben sobrellevar las debilidades de los demás y se aman mutuamente con amor fraterno, la vida comunitaria puede llegar a ser como aquello que reza el Salmo 132:

 

 Ved qué dulzura, qué delicia,

convivir los hermanos unidos.

 Es ungüento precioso en la cabeza,

que va bajando por la barba,

que baja por la barba de Aarón

hasta la franja de su ornamento.

 Es rocío del Hermón que va bajando

sobre el monte Sión.

 

Nadie se fue decepcionado ni insatisfecho. Parece que la Divina Providencia quiso que este proyecto tocara el corazón de todos los que tomaron parte en él, y la llamada a la vocación replicara el doble de veces en su interior.

 

Todo esto gracias a una Madre sencilla, de la que Dios se vale para hacer llegar su palabra, ánimo e ilusión, Ernestina.

 

 

(Julio César, uno de los participantes de esta pequeña "ruta monástica")




Escribir comentario

Comentarios: 0