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Píldora de la semana: Nacer de nuevo (tercera parte)

Nacer de nuevo (tercera parte)

 

En las anteriores píldoras (primera parte) (segunda parte) hemos descubierto el verdadero significado de “nacer de nuevo”, la importancia del Bautismo y cómo la fe en Cristo produce una renovación del corazón mediante el Espíritu de Dios.

 

El apóstol Pablo describe claramente esta radical transformación interior del cristiano, que se despoja de su anterior conducta, llegando a ser un Hombre completamente Nuevo, revestido de amor a imagen de Cristo:

(Efesios 4:22a,23,24,30)

“en cuanto a vuestra vida anterior, despojaos del hombre viejo, renovad vuestra mente espiritual, y revestíos del Hombre Nuevo, creado según Dios, que se manifiesta en una vida justa y en la verdad santa. No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención”

(Colosenses 3: 9b10,14)

“Os habéis despojado del hombre viejo, con sus obras, y os habéis revestido del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador... Revestíos del amor, que es el broche de la perfección”

(Gálatas 3:27)

“Los que os habéis bautizado en Cristo os habéis revestido de Cristo”.

 

El bautismo representa esta metamorfosis: la muerte de nuestra condición pecaminosa (hombre viejo - carnal) y el renacimiento, mediante el Espíritu, a la verdadera Vida, unidos a nuestro Señor Jesucristo (hombre nuevo - espiritual)

 

(Romanos 6:3,4,6,8,10,11,16,19b,22,23)

¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos incorporados a su muerte?

Por medio del bautismo fuimos, pues, sepultados con él en la muerte, a fin de que, al igual Cristo resucitó de entre los muertos mediante la portentosa actuación del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva.

 

Sabemos así que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruida nuestra naturaleza transgresora y dejáramos de ser esclavos del pecado.

Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él.

Su muerte implicó morir al pecado de una vez para siempre; mas su vida es un vivir para Dios. En consecuencia, también vosotros debéis consideraros muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

 

¿No sabéis que, si os ofrecéis a alguien para obedecerle, os hacéis esclavos de ése a quien obedecéis?

Así, la esclavitud al pecado conduce a la muerte, y la obediencia a Dios, a la justicia.

Pues, del mismo modo que ofrecisteis vuestros miembros como esclavos a la impureza y a la maldad, para obrar el mal, ofrecedlos ahora a la justicia, para una vida de santidad.

 

Pero ahora, libres ya del pecado y esclavos de Dios, dais frutos de santidad, cuyo fin es la vida eterna.

El salario del pecado es la muerte; pero el don de Dios es la vida eterna, unidos a Cristo Jesús, Señor nuestro”. 

 

En la carta a los Gálatas, el apóstol nos exhorta a vivir siguiendo el Espíritu Santo que nos ha otorgado el don de la verdadera Vida

(Gálatas 5:25)

“Si vivimos por el Espíritu, sigamos también al Espíritu”

evidenciando el contraste entre las obras de la carne y del espíritu y las consecuencias del vivir según uno u otro (muerte o vida):

 (Gálatas 5:17a,19-22)

“Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne. 

 

Ahora bien, las obras de la carne son bien conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, ambición, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, comilonas y cosas semejantes. Sobre todo esto os prevengo; ya os advertí que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios.

 

En cambio, los frutos del Espíritu son amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí. No hay ley que condene tales cosas.”

 

(Gálatas 6:7b,8)

“Cada cual cosechará lo que siembre: el que siembre para su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre para el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna”.

 

Jesús es la única fuente del Espíritu, el inagotable manantial de agua viva que nos hace nacer de nuevo para acceder a su glorioso Reino, la “Jerusalén celestial” donde recibiremos el don de la vida eterna:

 

(1 Juan 5:11-13)

“Y éste es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo, tiene la Vida; quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la Vida. Os he escrito estas cosas a los que creéis en el Hijo de Dios, para que os deis cuenta de que tenéis Vida eterna”

 

(Juan 4:14)

 

El que beba del agua que yo le dé no tendrá sed jamás, pues el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna”

 

(Juan 7:37b-39a)

“Jesús dijo en voz alta: Si alguno tiene sed, que venga a mí, y beberá; del que cree en mí se puede decir lo que afirma la Escritura: De su seno manarán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él”

 

(1 Corintios 12:13)

“Porque hemos sido todos bautizados en un solo Espíritu (...) y todos hemos bebido de un solo Espíritu

 

Aceptemos, pues, con gratitud, confianza y alegría Su amorosa invitación y elijamos el agua de vida eterna que nos ofrece gratuitamente:

 

(Apocalipsis 22:1,16,17)

“Luego me mostró el río del agua de vida, brillante como el cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero.

 

Yo, Jesús, he enviado a mi ángel para explicaros todo lo referente a las iglesias.

Yo soy el retoño y el descendiente de David, el Lucero radiante del alba.

El Espíritu y la Novia dicen: ¡Ven! Y el que oiga, que diga:

¡Ven!

El que tenga sed, que se acerque; el que quiera, recibirá gratis agua de vida”.

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Me llamo Sonia, vengo de Italia, tengo 46 años y estoy  empezando mi camino de vida monástica como postulante en la comunidad del monasterio benedictino S. M. de Carbajal en León... 

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Notas importantes:

  • Este espacio no pretende plantear ninguna análisis teológica o filosófica, sino ofrecer pequeñas sencillas recomendaciones basadas en las Escrituras para vivir mejor.
  • La Biblia que utilizo es La Biblia de Jerusalén – Nueva edición totalmente revisada 2009.
  • La numeración de los Salmos sigue el texto hebreo y, entre paréntesis, la griega (LXX) adoptada por la Liturgia.




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