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EXPERIENCIA CON LO DIVINO

Esta semana la hemos dedicado a artículos sobre la vida consagrada. Hemos compartido con vosotr@s qué cambios supuso la entrada en la vida monástica para las hermanas de nuestra Comunidad, qué está suponiendo para una aspirante y cómo viven los laicos la relación con los consagrados, en el caso concreto de una Amiga de nuestro Monasterio. 

 

El último post de esta semana lo agradecemos a Clara, otra aspirante, que nos cuenta cómo fue su llamada a la vida consagrada.


Una mañana de agosto, estaba en casa, como otra mañana más, y de repente, sentí la llamada del Señor.

 

Fue una gracia, mi cuerpo y me mente se estremecieron. No fue escuchar una voz como en una conversación con una persona pero sí fue la certeza de saber que era Dios, el que me hizo dejar de hacer lo que estaba haciendo, atenderle, y, de una manera toda llena de amor, hacerme comprender que el sentido de mi vida, todo lo que había vivido hasta la fecha, era porque Él me quería para Él.

 

Las palabras fueron: "Yo te he traído aquí, tenías que estar así, de pequeña querías ser monja, Clara, pues bien, mis tiempos no son los tuyos, ahora puedes, te vienes?"

 

Esto hizo estallar mi mente y mi corazón, una alegría profunda invadió mi alma y mi mente.

 

Solo tuve dos preguntas ya que soy madre de dos hijos, y estaba con mi novio conviviendo...

 

Y "¿qué pasa con mis hijos?" Él me dijo: "No te preocupes, están en mis manos..."

Y ¿qué pasa con mi novio?" - "Está en mis manos..."

 

Llorando de amor, le dije: "Bien, Jesús, en ti confío." Sentí que me lanzaba la propuesta: "¿Te vienes?" Y yo le respondí en ese momento: "Pues claro que me voy Señor!"

 

Lo único que le pedí es que no me dejase soltarle de la mano.

 

Dos semanas después les dije a mis padres que había sentido la llamada de Jesús y que era tan grandioso, maravilloso, majestuoso, sublime, que no podía resistirme ni negarme a ir al encuentro.

 

Así que me puse manos a la obra y di, no sé ni cómo, con una página de Internet de un monasterio, pero yo no sabía ni dónde iba ni qué orden eran.

 

Abreviando, cuando por fin supe dónde iba 10 días después de empezar a caminar con el Señor, supe que era León, Monasterio de Benedictinas.

 

En el momento que crucé las puertas, sentí que esa era mi casa, el palacio que Jesús tenía destinado para mí. Mis hermanas, cada una ellas, sentí amor por todas al mirarles a los ojos, preciosas, es poco.

 

Llegué un 20 de octubre, se supone que solo iba a pasar 12 días de discernimiento, pero se convirtieron en dos meses llenos de bendiciones, sentir que estaba en casa, sabiendo y confiando en que Dios me llevó allí...

 

Y no hay hueco de duda en ningún rincón de mi mente ni mi alma, es la certeza de sentirse amado por el Señor, de no poder evitar ni querer no estar con él.

 

Claro que hay luchas, pero es tan maravilloso cómo te toca el alma, te ensancha el corazón, te ama, que ya no encuentras más sentido ni lugar en el mundo, no quieres nada más que estar en su presencia y caminar con tus hermanas hacia Él.

 

Clara, aspirante

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