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LOS TRABAJADORES DE LA VIÑA

DOMINGO XXV - A (Mt 20, 1-16)

¡Cómo nos desconcierta e irrita esta parábola!

Nos sentimos identificados claramente con los trabajadores que han estado todo el día trabajando y queremos justicia.

Lo primero que llama la atención es que es el propio dueño de la viña el que va a contratar a los obreros personalmente, aunque tiene mayordomo. 

¿Quiénes eran esos obreros? Probablemente campesinos que habían perdido sus tierras debido a sus deudas y esperaban ser contratados para poder llevar dinero a sus familias. Y vuelve a la plaza cuatro veces más el amo de la viña. Parece que necesita muchos trabajadores.

Pues si el amo necesita obreros, es porque la vida no es algo que ya está realizado, que Dios realiza por sí mismo y solo; sino que necesita la cooperación de algo más para poder ser realidad.

Y llega otra sorpresa: solo los primeros trabajadores son los que tienen un contrato claro y legal, un denario. A los demás, el propietario les hace un contrato ilegal, bajo cuerda. Solo les dice que les pagará lo justo.

Cuando llega la paga, hay murmuraciones y quejas no en cuanto a lo que se recibe, sino por el trato igualitario. Y eso no es justo.

Aquí está el problema. Nunca deja de desaparecer en nosotros la idea de mérito que tanto se ha predicado y seguimos viviendo y practicando: Dios premia las buenas acciones y castiga a los malos. Así, nos sentimos orgullosos de nuestra buena conducta. No queremos misericordia gratuitamente, sino la justicia que nos hemos ganado.

Aquí viene la gran ironía: preferimos lo poquito que ganamos; algo que no tiene punto de comparación con la gracia que de Dios nos da. ¿Y qué es esta  gracia? Lo que los viñadores no han descubierto: la alegría que supone trabajar en la viña del Señor. Esto es lo más grande.

 

                                                 (E.A.)

 




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