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SOBRE LA MUERTE (DÍA DE LOS DIFUNTOS))

Así define R. Tagore la muerte: “La muerte no es la extinción de la luz, sino dejar a un lado la lámpara porque llega el amanecer”.

La vida y la muerte son momentos cargados de misterio y llenos de paradojas como suele ocurrir con las cosas de Dios. No hay posibilidad de cálculos, organizaciones, seguridades… Porque tanto la vida como la muerte están en manos de Dios y se escapan a nuestros cálculos, a nuestros cuidados, a nuestras prevenciones. Siempre nos supera y nos descoloca. Nos recuerda nuestra condición limitada.

Es precioso el epitafio de la tumba de Unamuno, considerado por algunos como ateo; dice así: “Méteme, Padre eterno, en tu pecho, misterioso hogar; allí quiero dormir pues vengo cansado de tan duro bregar”.

La muerte del cristiano es el encuentro definitivo con quien fue nuestro origen, con quien nos ha guiado con su mano providente durante toda nuestra historia y quien nos ha ido empujando, con su fuerza misteriosa, hacia él.

La muerte es el momento en que Cristo recupera nuestro verdadero yo, nuestra verdadera personalidad. Toda historia humana alcanza, en ese momento, su verdadero sentido.

Por lo tanto, la muerte no es, ni muchísimo menos, aniquilación, sino la condición necesaria para un estado de plenitud en Dios.

La muerte es el tercer acto creacional de Dios en la vida del hombre:

1.    Primer acto creacional, cuando nos crea

2.    Segundo, cuando nos recrea en Jesucristo

3.    Tercero, en el momento de nuestra muerte, cuando nos justifica, nos hace santos…

En los días de difuntos, queremos celebrar el don de la vida. Nuestro recuerdo hacia ellos está lleno de acción de gracias y esperanza.

Sabemos que también la muerte es parte del amor de Dios, nuestro Padre.

 

                                     (E.A.)




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