TANTO AMÓ DIOS AL MUNDO QUE...

II DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD

Lc 1, 1-18

 

El prólogo de Juan es un texto precioso con alma de poesía. El principal mensaje es que el Hijo, que estaba con el Padre desde el principio, es enviado al mundo para traernos la gracia y la gloria de Dios.

Nos habla, sobre todo, de vida nueva, de luz  que penetra en las tinieblas, caos y confusión de cada uno de nosotros. Y nos da la dignidad de hijos de Dios: somos de su familia con los plenos derechos de los herederos.

A continuación viene la afirmación más grandiosa de todos los tiempos y también la más audaz. ¿Cómo pudo, Juan, atreverse a decir que Dios se hizo carne? Y no tanto por la afirmación, ya escandalosa en sí, sino también y, sobre todo, por el término que utiliza: sarx.

Lo hemos traducido por "carne", pero representa en realidad lo peor de la condición humana: la inmundicia, la suciedad, todo el horror y el pecado, según san Pablo. Nos está diciendo que Dios baja hasta nuestras alcantarillas para sacarnos de esa podredumbre y miseria.

Esta es la culminación de la Revelación de Dios.

Y nosotros, como siempre, despistados: queriendo subir; ganar en perfección, en obras buenas y santidad sin darnos cuenta de que Dios baja. Y, para encontrarse con él, no hay que subir, sino bajar.

¿Por qué hace Dios esta cosa tan extraña? Solo puede hacerlo por amor; porque tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único.

 

                                            (E.A.)

 


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