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SALMO 76

Yo te grito, oh mi Dios. Te estoy gritando

porque quiero que me oigas lo que digo.

En mi angustia, te busco. Soy tu amigo<

Y ¡mírame, Señor! Te estoy hablando.

 

Me sujetas los párpados y cuando

extiendo a ti mis manos, no consigo

sujetarme a las tuyas. Pero sigo,

pues sé que junto a mí vas caminando.

 

Me asustaba el estruendo de tu trueno.

Nada tuyo es en mí, Señor, ajeno:

ni las nubes, ni el rayo, ni mi nada,

 

ni mi noche que cruje sin estrellas

cuando cruzas mi vida arrinconada

y no queda ni rastro de tus huellas.

 

                                      (J.L.A.)

 


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