A LOS OJOS CERRADOS

   Cuando miro tus ojos de madera

no es madera tallada lo que veo.

¡Es madera viviente!, y yo deseo

que los abras, Señor, de tal manera

 

   que alumbren una nueva primavera

con palomas, fulgores y aleteo

del alma en esos ojos. Yo no creo

que tenga mi destino en tu ceguera.

 

   Yo quiero que me mires y yo verte

y anidar en tus ojos, de tal suerte

que tenga en tus pupilas mi enramada.

 

   ¡Pero ábrelos! Si no, tan apretados,

¿cómo quieres que anide en tu mirada

si tienes, por sufrir, los dos cerrados?   

 

                            (J.L.A.)


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