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VOCACIÓN

            De cómo sea el comienzo de la historia depende su desarrollo y hasta su fin. La primera palabra produce las siguientes y así todo el texto se va desplegando, escribiéndose.

 

            Si al inicio colocamos la ciega casualidad, el azar, la nada, el mero instinto o simplemente no nos lo planteamos, nuestra vida se desarrollará sin misión, sin un sentido claro, a merced del viento que sople.

 

            Si, por el contrario, ponemos nuestra fuerza de voluntad, intentaremos ser dueños de nuestro destino y no construiremos al capricho de nuestro propio e ilusorio ego.

 

            La verdad es que somos el fruto de una promesa de amor de alguien que nos crea, que tiene una misión para nosotros y que nos ayudará a desarrollarla, llevarla a cabo.

 

            Este anuncio es incluso anterior a nuestro nacimiento: “Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré, te puse por profeta a las naciones” (Jer 1,5).

 

             Encontrarnos con esta “promesa” es algo completamente inesperado, sorprendente, que altera el curso y los ritmos establecidos, transforma nuestras expectativas, nos descoloca, nos deja temblando. La podemos escuchar y hacer nuestra en cualquier momento de nuestra vida, porque es una palabra que se lleva emitiendo desde el inicio de los tiempos. Cuando la aceptamos comenzamos una nueva creación. 

 

            En muchas ocasiones, es un anuncio que nos parece algo imposible, irrealizable. Pondremos muchas excusas para creer en él: no estamos capacitados, tenemos otras obligaciones, intereses… Pero si lo aceptamos, en algún momento comprobaremos que es el cumplimiento de un gran sueño que teníamos oculto en lo profundo del corazón.

 

            Debemos aceptar el plan divino en oscuridad, confiando plenamente en la llamada. No es posible la duda, no podemos preguntar ¿qué?, ni ¿por qué?, tan solo ¿cómo?   

 

            No es algo que conquistamos una vez para siempre, más bien va poco a poco desplegando su poder, perfilándose a través de los avatares de nuestra existencia.

 

            Se puede plasmar en lo que comúnmente conocemos como vocación, pero no únicamente a una profesión o interés pasajero, sino a algo que nos conecta con nuestra auténtica naturaleza original y única.

 

            No es algo que podamos conquistar con nuestra valía, no depende de nosotros, aparece como un don que viene del cielo, y por tanto se presenta pobremente, ya que necesita nuestro sí alegre.

 

            María es el ejemplo privilegiado de respuesta a una promesa excepcional. Su sencillo y confiado: “Hágase”, pone los fundamentos de su caminar e irá conformando toda su existencia, ampliando el sentimiento más instintivo y natural de maternidad hasta dar cabida a todos nosotros y convertirse en madre de Dios y madre de todos los hombres.

(Ernestina y Pedro Álvarez Tejerina)

 

¿Has sentido que Dios te llama a alguna vocación concreta? ¿Qué sentimientos afloraron en ti?


¿Cuál es tu experiencia con la llamada del Señor? ¡Compártela con nosotros! 

¿Tienes una inquietud vocacional? ¿Crees que el Señor te puede estar llamando a la vida consagrada? Ponte en contacto con sor Ernestina que te puede ayudar en tu discernimiento: 

e.benedictinas@hotmail.es


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