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SÓLO ÉL III : ser monja es la vocacion de Ernestina mientras su hermano Pedro abandona el budismo

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Paraos en los caminos a mirar,

preguntar por la vieja senda:

¿Cuál es el buen camino?;

 

seguidlo, hallaréis reposo.

 

(Jr 6,16)

 

 ¡LUZ!

 

I

EN MI OSCURIDAD, surge algo nuevo y diferente. Es un amor silencioso, estático, cósmico, impersonal. Es una luz que me va ganando, me cubre, cura las heridas, cicatriza mis llagas. Alguien me quiere como soy. Es hacer pie cuando te hundes en un mar sin fondo.

            Poco a poco dejan de obsesionarme muchas de las “piruetas mentales” que me tienen esclavizado: “todo es vanidad, inútil”, “nada cambia”, “amar es imposible”. Se destruye la angustia que me produce el verme constantemente, sin descanso; el estar permanentemente pendiente, absorto, en mi; ha nacido “otro”.

 

            Conozco un “Amor” que es abandono de sí; que duele porque niega todo egoísmo; que no se preocupa de espejos y reflejos; que se olvida de su propio sufrimiento para dar, para compartir; que supera la propia realización o iluminación; que te hace morir para resucitar.

 

            ¡Mi primer amor!, ¡mi primer contacto!, necesito saber su nombre, ver su rostro... La intuición me dice que busque en mis raíces cristianas... Y empiezo a releer, después de muchos años, los Evangelios.

 

            Comienzo con el de San Mateo y me asombra su profundidad, su fineza espiritual, muy lejos de la puerilidad que suponía. Siento que sus palabras me van dirigidas, a un fariseo, a un hombre refugiado en las formas, a un “judío”. Poco a poco me cautiva este mensaje que va al fondo, que no se enreda con la mente, que libera al hombre en su totalidad, que me dice que es la fe la que salva.

 

            En mi interior se establece una feroz pugna entre la experiencia y la fe. Aquella había sido siempre mi maestra, mi meta y había dado innumerables vueltas buscándola, intentándola atrapar. En cada nuevo camino que emprendo, siempre me topo, antes o después, con altos muros que lo bloquean. Al otro lado de ellos, vislumbro un mundo diferente; pero para superarlos me falta algo. Y parece que la palabra mágica que abre todas las puertas es: “fe”. ¿Pero, entonces, es acaso ella la que nos salva?

 

            El primer paso está dado y el segundo es releer “Historia de un alma” de Santa Teresita. Ella rápidamente me conquista de nuevo. Esa fe..., aún en la oscuridad más total; esa certeza..., que desafía toda evidencia; esa luz..., creada con oscuridades; esa locura de confianza.

 

            “No tengo fe”, es mi respuesta a San Mateo y Santa Teresita, es mi cueva-escondite donde me siento seguro. Esta negación me permite seguir sin tomar una decisión, en tierra de todos, pero de nadie. Buscar es mi lema.

 

            Siento mi incredulidad como una situación definitiva, es imposible que vuelva a creer. Recuerdo mi infancia cuando el sentimiento de Dios era lo más natural e intuyo que solo cuando vuelva a mis raíces, con una mayor madurez, seré feliz. Pero: ¿Qué hacer?, ¿no es la fe un don, una gracia? En el zen es posible meditar más o purificarme en el vipassana, pero en el cristianismo no puedo hacer nada, ni siquiera pedir la fe ya que no confío en el que me la podría conceder.

 

            Unos me sugieren: “Es sencillo, di que crees”. Eso ¡no! Me trae viejos recuerdos: “el hacer como...”, “el ya llegará...” Pero además: ¿cómo decir luego, a todos, que es real; cómo compartirla y salvarme si es sólo cuestión de decir que tengo fe? Prefiero seguir siempre en este morir viviendo, antes que engañarme. Necesito un milagro, es lo único posible.

 

            Otros me dicen que en el fondo de mi ser creo, pero no me atrevo a aceptarlo. Pueden tener razón, ¡me da tanto miedo! Necesito tiempo. Es una piedra muy dura de roer, me voy acercando, dando vueltas y mordiendo pequeños trozos.

 

            El milagro llega. Se abre el corazón y me doy cuenta que veo. Esta es mi fe, mi experiencia: ¡puedo ver en la oscuridad!

 

            Las sombras son, a lo mejor, igual de espeluznantes que antes; pero ahora advierto una nueva luz en ellas, la distingo entre los fenómenos, estos se han vuelto traslúcidos. Ya no tengo miedo a la oscuridad. Se ha abierto una facultad cerrada, un “tercer ojo”; y aquello que hace unos días me resultaba imposible ahora es lo más natural del mundo. ¡Qué felicidad sentirme querido, sentirme hijo!

 

            Dios me libera de la esclavitud del intelecto. ¡Su primera grieta en treinta años! Me ama aunque mi razón no lo entienda. Soy libre, la mente, la razón, la lógica, ya no son las dueñas, las tiranas; el amor las ha vencido, ha saltado, ha volado, por encima de ellas y además sé que este amor está a salvo de las redes de mi pensamiento.

 

            Esta fe es un bebé que necesita de su madre, la experiencia -la luz que vi-; pero poco a poco crece, se independiza y se transforma en una pequeña “certeza”, incluso en ausencia de luz. Tengo la seguridad de que Dios existe y que es el interrogante, la pieza que no encontraba en el puzzle de la vida. Mi confianza en Dios lo es en el sentido de la vida, en una misión.

 

            Otra vez Santa Teresita sale a mi encuentro y me enseña a ver en la oscuridad con los ojos de la fe, al margen de cualquier experiencia o sensación. y me dice que es indiferente que sienta o no a Dios, ya que en ambos casos hay que vivir de la misma forma. ¡Qué superior encuentro la fe a la experiencia!; ésta me parece casi mezquina comparada con la pureza de aquella.

 

            A veces me pregunto: ¿por qué no me surge la duda de que se trate de un auto-convencimiento, como me ha sucedido con tantas otras vivencias? Pero es que la siento tan fuera de mi poder.

 

            Mi vida cambia, es un nuevo nacimiento. Distingo la mano amorosa donde antes sólo veía oscuridad, destino, impotencia, fenómenos. Puedo permanecer quieto cuando todo se mueve a mi alrededor o esperar a que escampe cuando la tormenta arrecia. La fe es mi apuesta. Las tinieblas siguen estando ahí, pero ahora puedo saltar sin demasiado miedo, apostar sin pestañear, porque tengo la certeza de que “eso” no es todo. Que existe el amor detrás de cada etapa del camino, que Él siempre me espera ya al principio, en el medio o al final del trayecto. Puedo intuir en el sin sentido y en la oscura inutilidad de una vida, su luz; contemplar en el sacrificio callado, su dulzura; advertir en la vida de cada día, su fidelidad; ver su amor en el enemigo, en la cruz.

 

            El Dios absoluto me muestra su amor; pero... ¿cómo creer en Jesús,?, ¿cómo creer en todo lo que predica la religión cristiana y en la iglesia? El paso me parece abismal e insalvable. Me encuentro abierto a todo, dejo hacer, mordisqueo la piedra y me quejo, repetidamente, de que está demasiado dura.

 

            Nos anuncias tu “toma de hábito” y entrada formal en el noviciado para ser monja en febrero. Quiero prepararme lo mejor que puedo, ofrecerlo todo: mi vida si fuera preciso; y como mejor regalo la confesión y la comunión.

 

            Empiezo, poco a poco, a frecuentar la iglesia, pero todavía no me siento nada a gusto en ella. Me doy cuenta que he perdido en gran medida las “maneras ”, la sensibilidad cristiana. Me encuentro cómodo si ésta se halla vacía, en silencio, con su luz tenue, su olor, su ambiente, su paz...; pero cuando empieza la liturgia... preferiría permanecer quieto, escondido, meditando, escuchando. Y al llegar la comunión ¡cómo envidio!, sentado en el banco, a todos los que se encaminan..., poder unirme con el Amor.

 

¡Confesión! Una nueva oportunidad, la posibilidad de poner orden en mi vida, de recapacitar..., y, sobre todo, poder comulgar... Reflexionando sobre estos últimos años, comprendo perfectamente que he errado en infinidad de ocasiones; pero la verdad es que el sentimiento de pecado como desobediencia, como daño a Dios, como maldad, no lo tengo. En mi corazón anida la sensación de ignorancia, equivocación, de no saber, inconsciencia...

 

            Así llega mi “segunda confesión y comunión” sin tanto boato como la primera, pero con muchísima más ilusión y esperanza. Quince años sin hacer examen de conciencia, ¡cuántas cosas!

 

            Voy a los capuchinos de San Antonio a confesarme. Repaso mi vida a la luz de los mandamientos, del amor de Dios y tengo la enorme gracia de un sacerdote que me ayuda mucho. Se muestra muy cariñoso y salgo experimentando la misericordia del Padre, su ardiente deseo de perdonarme y “cómo abandona a todo el rebaño para ir en busca de la oveja perdida”.

 

Después me encamino con todos a comulgar, ¡por fin! Unirme con el amor de mis amores me colma de dicha y recuerdo las comuniones de cuando chico durante el recreo del colegio. Experimento la presencia Dios en mi cuerpo, el increíble don de poder creer que lo he recibido, de fundirme con él y que pase a formar parte de mis células, de mi sangre, de mi corazón...

 

            A pesar de estas gracias sigo sin sentirme en la iglesia de ladrillos y, quizás también en la otra, como en mi casa. Hago una síntesis de todo y, además de participar en la eucaristía todos los días, también practico las dos horas recomendadas de meditación vipassana -una por la tarde y otra por la mañana.

 

            Nos vamos toda la familia a León a tu “toma de hábito”. Una ceremonia muy sencilla, en la sala capitular rodeada de todas las monjas y nosotros. Te revisten con el nuevo hábito en medio de oraciones y acción de gracias. En la eucaristía comulgo y le pido a Dios que te cuide, te proteja, y le agradezco las gracias que me ha dado por medio de ti ya que tu amor es, para mí, el mejor reflejo de su amor.

 

            Nos empiezas a introducir en la vida litúrgica.

 

D

esde el miércoles de ceniza estamos en cuaresma. Se nota en la liturgia que es fundamentalmente de conversión, de vuelta a Dios. Se intensifica bastante la oración personal y, sobre todo, la caridad  manifestada en las relaciones con los hermanos.

 

El primer día tuvimos un capítulo conventual y M. Abadesa nos dio un precioso programa que tituló: “el ayuno agradable a Dios” basado en el capítulo 58 de Isaías. En primer lugar hay que tener la libertad de un hijo de Dios que le lleva a confiar sin límites en la bondad de su Padre. Esto nos quita miedos, ansiedades, complejos...

 

En segundo lugar: “Partir tu pan con el hambriento”. ¿Qué pan? El del optimismo, alegría, ilusión, sonrisa... Tercero: “Hospedar a los pobres sin techo”: acoger a todos, también a los que opinan diferente a mí, disculpar siempre, guardarse de palabras que hieren... Cuarto: “Vestir al desnudo”: con nuestra comprensión y amor arropar a todos los hombres.

 

            Nos estamos así preparando para el gran día, la noche de Pascua en que todo el universo proclamará que el sepulcro de Cristo está vacío y que Jesucristo vive, que es nuestro compañero de camino.

 

            Ayer, día de celebración penitencial me acordé de ti, mamá. El padre dice que confesar es una fiesta en la que se celebran la misericordia y el perdón de Dios que va al camino y espera a que llegue su hijo para darle un abrazo.

 

            De papá me acordé al estudiar la oración de contemplación porque leí que el pensamiento nunca puede comprender a Dios y es mejor abandonar lo que no se puede conocer y optar por amarlo. Esto es elevar, con la sencillez de los niños, el corazón a Dios y confiar.

                                                          

            En Semana Santa volvemos a reunirnos. El Jueves Santo llego a Santa Mª de Carbajal, y es todo novedad y recuerdo. Lo paso a tu lado, participando de tu amor a Jesús y de las vivencias y oraciones de todas las monjas. Vivo el misterio de la eucaristía, el amor de Dios a todos nosotros y su íntima unión en carne y sangre a la historia humana. Enmudezco en la adoración nocturna. Siento el vacío que produce su muerte y después, ya cansado, compruebo que verdaderamente ha resucitado. ¡Verdaderamente!

 

            El domingo salís a saludarme y me pedís que os hable sobre la meditación vipassana. Muy ilusionado empiezo explicando algo de este sistema; pero no os calláis, lucháis un poco y yo también intento defenderme...

 

            Una vez ya en mi habitación me siento mal, no he sido fiel al espíritu del budismo, totalmente contrario a cualquier discusión religiosa. Pero me ha sucedido algo muy especial, al exteriorizar mis pensamientos y oírme han aparecido con más fuerza todas las dudas que tengo en mi interior. Me siento ridículo. He mostrado mi mejor comida, pero la habéis tirado y ya no vale ni para mí. No sólo no os ha alimentado, sino que me la habéis estropeado sin daros cuenta.

 

            Antes de partir, una hermana recoge el reto del “combate de la fe”, por darle algún nombre. “Tú que das una oportunidad a todas las ideas, ¿por qué no se la das también al cristianismo?” Todas las monjas primero y ahora una de ellas en particular, han derrotado mi último bastión. Han sido un espejo donde se ha reflejado lo que ocurría en mi y que yo no era capaz de ver o no quería aceptar porque me supone echar por la borda más de siete años de trabajo, de búsqueda, de lucha.

 

            El vipassana ha terminado y me lanzo de lleno al cristianismo, ¿por qué no buscar mi vocación definitivamente por ahí? Me habéis dado títulos de libros de teología moderna y los leo con toda ilusión y esperanza. Descubro que mi idea sobre él, a la luz de estos autores, no es muy correcta.

 

            Tengo la sensación de que la doctrina ha evolucionado mucho o quizás son mis ideas las que no lo han hecho al dejarlo abandonado hace tantos años. Algunas de mis objeciones son el fruto del recuerdo de un “cristianismo” visto con los ojos de un joven de dieciséis años. Además me alegra comprobar que dentro del catolicismo coexisten muchas tendencias, posibilidades, líneas teológicas diferentes; en una palabra que no es tan monocorde como pensaba.

 

            Se abren nuevos horizontes que me aportan libertad y desaparece el miedo de tener que creer muchos dogmas y lo más importante es que, de nuevo, me considero otra vez cristiano. Es un paso asombroso. Hasta ahora todo eran objeciones, resistencias, y un día descubro que ya no estoy fuera de, que miro desde dentro. Ha cambiado toda la decoración. De las rebeldías y críticas paso al estudio, a la transformación y al cambio.

 

            La realidad se transforma: “los visones de misa de doce” que antaño me escandalizaban tanto se convierten en seres humanos. Hermanos con debilidades, pero con fe en Jesús que nos salva; que luchan, caen y se levantan, que hacen lo que pueden. Ahora les comprendo, me encuentro más cerca de ellos, he pasado de ser “inquisidor” a ser “reo”; yo, también soy débil y necesito a Dios. ¿Cómo puedo juzgar?, ¿cómo hacerlo por las simples apariencias?, ¿qué sé yo de estas personas?

 

            Mis inquietudes sociales se amplían y aparece el Padre de los pobres, de los que son como niños, de los necesitados, de los que no importan, de los que sólo tenemos a Jesús. Es una pobreza tan desesperante que es un milagro poder aceptar que la vida es un don, la fe una gracia; que el amor, que nos hace tan felices, es su Espíritu; que la bondad es su mano; que todo procede gratis de él.

 

            Él nos pide nuestra debilidad, miseria y nosotros le queremos mostrar nuestra mejor “cara”. Es un muro difícil de franquear. Él ama más lo que nosotros odiamos y rechazamos. Pero en este punto puede radicar la mayor felicidad: ser como niños en brazos de su madre, pobres, abandonados y confiados, ya lloremos, ya riamos.

 

            No me extraña lo más mínimo que algunos teólogos vean a los ángeles caídos como seres que no pudieron entender y aceptar la pobreza radical de Dios, al tener que encarnarse en la debilidad humana para salvar a toda la creación. Se escandalizaron ante su hacerse hombre, nacer de una mujer en un pesebre y morir como un criminal cualquiera. Estoy seguro de que, si no fuera por la fe, a nadie se le hubiera ocurrido escribir una “historia” semejante para la salvación de la humanidad, para el Hijo de Dios.

 

 


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Puente de la Inmaculada



Esta es la 3ª parte de la serie de post basada en los libros publicados por la monja de nuestro Monasterio Sor Ernestina y su hermano Pedro Álvarez  Tejerina. Este es otro fragmento de su primer libro, “Sólo Él. Viaje a la intimidad de una búsqueda de Dios” donde Pedro relata la dolorosa transición desde el budismo al cristianismo al tiempo que Ernestina tomaba los hábitos de monja.

 

Si quieres leer la primera parte PULSA AQUÍ

Y si quieres leer la segunda parte PULSA AQUÍ

 

 


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