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CAMINO DE CRECIMIENTO

Hace unos años, cuando era novicia, me preparé un estupendo programa para la Cuaresma. Pero, al presentarlo a mi Maestra de Novicias, como nos invita la Regla a hacerlo, no le gustó para nada mi lista proponiendo ayunos, menos sueño y otras austeridades.

 

Esto no te hará crecer en humildad,” me dijo, “al contrario, muchas veces lleva a la persona a sentirse orgullosa de sus proezas ascéticas, creerse mejor que los demás y criticar la «tibieza» de las hermanas…”. Ciertamente hay personas con motivaciones más puras a las que les ayudan estas prácticas a crecer en su vida espiritual, pero en mi caso la Maestra acertó.

 

Con el paso de tiempo me doy cuenta que hay una ascesis mucho más difícil, y nuestro Padre San Benito lo sabía muy bien ya que insiste en ella mucho más que en la ascesis corporal. Se trata de la obediencia, de la humildad, de no hacer nuestra propia voluntad. Esto es lo que verdaderamente hace sufrir a nuestro ego.

 

Los monjes que hemos sido llamados a una vida cenobítica – bajo una regla y un abad, no podemos autogestionar nuestra vida aunque es lo que la sociedad actual nos inculca.

 

Con nuestro compromiso monástico hemos aceptado el dejarnos acompañar, contrastar nuestras decisiones y opiniones y aceptar con humildad las indicaciones que nos hacen los demás. Y esto cuesta… No nos gusta ceder de nuestra idea que nos parece la más acertada, no nos gusta cambiar nuestro plan, no nos gusta contar con los demás para tomar una decisión… Sin embargo, si lo conseguimos, nos da una verdadera libertad. No estaremos más esclavizados por nuestro “YO” que quiere dominarlo todo.

 

Y nos pareceremos más a Cristo. Su humildad no era solamente la virtud humana que sabe reconocer propias limitaciones y actuar según este conocimiento. Él se DESPOJÓ de sí mismo, dejó su condición divina. Lo leemos en el precioso texto de san Pablo a los Filipenses:

 

Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo:

El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre… (Flp 2, 5–9).

 

Jesús sometió totalmente su “yo” al Padre. En Getsemaní acalló su propia voluntad y se fió del Padre: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22, 42).

 

Y, ¿el resultado de su humillación y obediencia? Dios lo exaltó, lo glorificó y lo constituyó Señor de todo.

 

Nosotros tampoco quedaremos sin recompensa si seguimos sus huellas…

 

(sor Klára)

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