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¿CÓMO LEER A DIOS?

Para todos los cristianos la lectura y la meditación de la Palabra de Dios son imprescindibles. A través de ella conocemos cada vez más a Jesús y podemos actuar como Él, como hijos de Dios que somos.

 

Para los monjes, la lectura orante de la Biblia constituyó desde el principio uno de los pilares fundamentales de su vida. A veces de los llama “hombres de la Biblia” porque toda su vida monástica está impregnada de ella: la leen, la meditan, la rumian, la tienen constantemente dentro de sí.

 

La “Lectio divina” – lectura divina o lectura de Dios, como se puede traducir esta expresión – se puede realizar de dos maneras. La más conocida es la lectura “racional”. Es Guido II, prior de la Gran Cartuja, que propone la lectura divina en cuatro pasos: Lectio, meditatio, oratio y contemplatio.

 

Se trata de leer pausadamente un texto bíblico para ver qué quiere decir; meditarlo para descubrir qué me dice a mí personalmente; orar a Dios según el texto me sugiere; y después, en la contemplación, levantar el corazón a Dios, descansar en Él y dejar que el Espíritu Santo actúe en mí. Algunos añaden un paso más que es la aplicación concreta de la Palabra leída a mi vida.

 

La otra manera de realizar la Lectio divina es la “monástica”. No es tan conocida y por eso la queremos presentar con más detalle en este post y nos servimos de un pasaje del libro “El Oficio divino. Una celebración festiva y familiar para todos los cristianos” escrito por sor Ernestina Álvarez y su hermano Pedro Álvarez.

 

¿Cómo se realiza la Lectio divina monástica?

 

Breve invocación al Espíritu Santo.

 

Elección de un texto. Lo más aconsejable es el Evangelio del día, pero puede ser cualquier otro texto de la Sagrada Escritura.

 

Lectura del texto. No es una lectura lenta sino rápida, ágil, peregrinante, que camina con el texto, como un periodista que está narrando una escena que está viendo.

 

Momento de silencio. Es el momento clave en el que se cierra la Biblia. Momento de vacío interior, de kénosis, de espera, de incertidumbre, de morir a nosotros mismos, incluso de angustia…, esperando la acción del Espíritu, lo que llamamos “la frase gancho” en la que el Espíritu Santo quiere que nos detengamos. Se asemeja a un parto cuando todos están esperando que el niño asome. Es semejante también al intervalo que hay cuando termina la espiración, antes de venir la siguiente inspiración. Hay un momento de espera angustiosa porque si no surge la inspiración por parte del pulmón viene la muerte. Este silencio crea a veces tal tensión que todos tendemos a llenarlo con nuestra propia frase. Podemos recordar la escena de Abrahám cuando no venía el hijo de la promesa y quiere tener un hijo con la esclava Agar. Pero tenemos que mantenernos  así, en el vacío, en la espera, en blanco. Si no viene nada, se vuelve a leer el texto hasta que el Espíritu Santo quiera dar a luz. Hasta que haya un verdadero alumbramiento. Cuanto más vacíos de nosotros estemos antes llega la frase del Espíritu Santo.

 

Una vez que ha aparecido la frase gancho hay que repetirla lentamente tantas veces como sea necesario hasta que noto “algo”. Que esa frase ha adquirido vida en mí. Percibo una transformación, un caer en la cuenta, una especie de claridad o iluminación, comprensión existencial, nuevo nacimiento, sentimiento de paz, gozo, alegría. Suelen ser necesarias muchas repeticiones, mínimo siete u ocho veces. Pueden ser en voz alta o mentalmente.

 

Pueden asociarse esta repetición, y es muy buena, a la respiración o a los latidos cardiacos.

 

Escribir las frases. Porque al ir escribiéndolas se van grabando.

 

Aprender de memoria cada frase.  


Leamos a Dios con frecuencia, conversemos con Él. La Lectio divina es un diálogo de amor, de corazón a corazón, en la más completa intimidad personal.

 

Os invitamos a compartir con nosotros vuestras experiencias de la Lectio divina. ¿Cómo la realizáis? ¿Cómo os ayuda en vuestra vida de cada día? ¿Notáis una transformación?

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