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DECIR "SÍ" A DIOS

El domingo pasado celebramos la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Con ella, Jesús nos da una nueva vida, una nueva fuerza, despierta en nosotros algo nuevo... 

 

Nos exhorta: "Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra" (Col 3, 1 - 2).

 

Dios nos está llamando a algo nuevo. Miremos a María que siempre estaba abierta a las llamadas de Dios. En la Anunciación nos da ejemplo de una disponibilidad y una confianza plena en la voluntad del Señor. 

 

En el post "Acoger la llamada de Dios" hemos empezado un diálogo con la Virgen. Sigamos hablando con ella...  


El Espíritu que desciende ahora sobre ti, joven María, es el mismo que aleteó sobre las aguas en el inicio de la creación: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas”. En tu anunciación hay también un nuevo acto creador, esta vez es el inicio de un definitivo capítulo de la historia del mundo.

 

Quiero creer que en cada “anunciación” mía, también hay un acto creador y un comienzo de una nueva vida.

 

¿Qué hace falta para su realización?

           

Esta vez el Espíritu se abaja hasta necesitarte. Dios no se impone con poder absoluto como en la creación, ahora precisa tu aceptación. Dios pone el destino de todos en tu joven corazón. Tu “sí” es la premisa para que se realice el designio que Dios, en su amor, trazó para la salvación del mundo:

 

Todo el mundo espera postrado a tus pies; y no sin motivo, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo tu linaje. Da pronto tu respuesta”.

 

¡Qué Dios tan pobre!, todo un ejemplo para mí que voy tan sobrado.

 

Tus sencillas palabras al ángel Gabriel: “Hágase en mí según tu palabra”, son un compendio de fe, confianza, libertad, que me dan tanta envidia.

 

Permíteme, querida amiga María, unir a tu hágase mi humilde aceptación de alguna llamada de Dios que tengo en espera o en silencio.

 

Al pronunciar nuestro “sí” total al proyecto divino nos hacemos plenamente libres y, al mismo tiempo, responsables ante la humanidad, cuyo futuro está vinculado a nuestra respuesta.

 

Con nuestros “síes” nos convertimos en “cocreadores” junto con Dios. Así dicen los Santos Padres que no fuiste un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperaste a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. “Obedeciendo, te convertiste en causa de salvación para ti misma y para todo el género humano” (San Ireneo). 

 

Tengo que confesarte que yo muchas veces me escondo, es como si el “asunto” no fuera conmigo, no soy necesario para el plan de Dios. Sin embargo, tú me repites una y otra vez todo lo contrario, tengo que estar disponible a la acción del Verbo, que quiere salvar al mundo también mediante mi colaboración.

 

La verdad es que el prodigio de la Encarnación y de la anunciación me desafía cada día y me invita a abrir mi inteligencia a las ilimitadas posibilidades del poder transformador de Dios, de su amor, de su deseo de estar unido a mí. Su movimiento de abajamiento, su amar que se vacía a sí mismo, me deja tan perplejo y culpable, que no sé si seré capaz de subirme al movimiento inverso de elevación, en el cual soy invitado a compartir la misma vida de Dios.

 

Dios actuó en ti, María, y lo continúa haciendo en mi propia historia personal para realizar objetivos inalcanzables para mis fuerzas. Pero tú me enseñas a abrirme a la acción transformadora del Espíritu Creador que me renueva, me hace uno con él y me llena de su vida. Tengo que consentir que él habite en mí, acoger su Palabra, la ola del amor que se derrama en mí: “Él eligió a la madre que había creado; creó a la madre que había elegido”.

 

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