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DOMINGO DE RAMOS

"Se acercaban a Jerusalén... Llevaron el borrico, le echaron encima los mantos, y Jesús se montó. Muchos alfombraron el campo. Los que iban delante y detrás, gritaban: ¡Viva, bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Viva el Altísimo!" (Mc 11, 1-10).

 

Jesús va a Jerusalén para celebrar la Pascua con sus discípulos.

Quiere entrar en la ciudad montado sobre un pollino en vez de sobre un caballo, más propio de un general dispuesto a la conquista. Desea expresar, con este gesto, su verdadera identidad. Es el Mesías, sí; pero un Mesías sencillo, humilde, de paz.

Las multitudes entusiasmadas aclaman ¡Hosanna! y reciben a Jesús como un mesías triunfante; esperan de él una salvación política que les libre del poder romano. 

La pregunta que nos hacemos es: ¿Cómo pudieron las mismas personas que gritaban ¡Hosanna!, gritaran a los pocos días ¡Crucifícalo!? Por la decepción. Querían un mesías diferente, un líder joven, vigoroso, de buena planta, que hablara muy bien, poderoso en sus acciones.

También nosotros podemos sentirnos decepcionados por nosotros mismos, por los otros, por la vida... y hasta por Jesús mismo porque esperamos algo equivocado. Buscamos que el profesor nos dé el 10 en el examen; pero nos llega el 5 o, incluso peor, el suspenso. Y, entonces, nos entristecemos y nos enfadamos. 

Y la pregunta es: ¿Buscamos la verdad o como los judíos, el "10", el aplauso?

La verdad no hizo daño nunca a nadie. Lo que nos perjudica es persistir en el autoengaño y la ignorancia.

 

                                                       (E.A.)


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