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ENCANTO DEL CANTO GREGORIANO

Cuando se dice "monje benedictino", a muchos les viene a la cabeza otra expresión: "canto gregoriano". Es frecuente la imagen de los monjes en una celebración litúrgica entonando las melodías celestiales de este canto milenario.

 

En efecto, los monasterios benedictinos tuvieron un papel fundamental en la difusión del gregoriano en la Edad Media; y también en su restauración en el siglo XIX gracias a Dom Próspero Guéranger de la Abadía de Solesmes en Francia.

 

En la actualidad, el canto gregoriano se sigue cultivando en los monasterios benedictinos y sigue cautivando a personas que buscan encontrarse con Dios o simplemente desean experimentar paz o armonía.

 

Compartimos con vosotr@s un texto precioso sobre el canto gregoriano de un monje de la Abadía de Silos: Bernardo García Pintado. Está extraído de su libro "Confesiones de un monje. El Amor que enamora".


Al revivir ahora este asiduo y familiar contacto con el canto gregoriano a través de casi toda mi vida, descubro entre gozoso y asombrado que se ha introducido, como un tatuaje, en lo más íntimo de mi cámara secreta, de modo que no sólo ilumina, dirige y condiciona mi oración, sino que incluso condiciona actitudes y comportamientos somáticos.

 

En efecto, debido a su carácter de música diatónica, de ritmo libre y su modalidad, lleva en su seno los resortes capaces de esponjar, aflojar y relajar el alma y el cuerpo. Por su alcance pacificador, integrador e incluso terapéutico el canto gregoriano despierta sensaciones de bienestar, de unificación interior, de armonía y equilibrio personal, que se traduce en un ambiente de paz y de silencio, de actitudes y modos de actuar sosegados dentro del contexto de una celebración.

 

Esto se comprende fácilmente, si tenemos en cuenta que el canto gregoriano ha nacido, se ha desarrollado y sigue vivo mediante la oración. Es una música del alma y no de la inteligencia, una música bañada en las aguas de la contemplación; y me apresuro a puntualizar, de la contemplación de la Palabra sagrada. Porque los autores de las piezas gregorianas, a través de la meditación y de la masticación de la Palabra divina, han sabido hacer cantar a la Palabra la música que ésta lleva dentro de sí. Palabra y música forman un todo. Es una monodia única que, sin embargo, valoriza, resalta y potencia la Palabra litúrgica. Es una Palabra cantada. La melodía nace de la palabra, crece con la palabra, se desarrolla con la palabra y forma una unidad de simbiosis psicointelectiva con la Palabra.   

 

Por eso, siempre he considerado la oración litúrgica cantada en gregoriano como una lectio divina amplificada, con altavoces, una lectio divina de resonancias cósmicas. Nunca he considerado el canto gregoriano simplemente como un medio o como una forma estética de celebrar los misterios sagrados.

 

A la luz de esta lectio divina amplificada, me ha sido fácil considerar el canto gregoriano como una interpretación, una traducción del “himno, que se canta perpetuamente en las moradas celestiales y que el Sumo Sacerdote de la nueva y eterna Alianza, Cristo Jesús, introdujo en este exilio terrestre” (Sacrosanctum Concilium, 83). Siento y percibo que estoy cantando en unión con Cristo, que presto mi voz y sentimientos a Cristo, o mejor, que Cristo canta a través de mí.


 

 

 

 

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