· 

NO SE HAGA MI VOLUNTAD, SINO LA TUYA

Hemos entrado en el Triduo Pascual y normalmente esta noche del Jueves al Viernes Santo acompañamos a Jesús en su agonía en Getsemaní. Esta lucha entre su voluntad humana y la del Padre se puede parecer a la lucha en nosotros cuando sentimos que Dios nos llama a su seguimiento.

 

A lo mejor nos auyda esta preciosa reflexión de Benedicto XVI para abandonarnos con confianza a la voluntad del Padre cuyos designios son siempre de felicidad y amor.

 

¡Abbá! ¡Padre!: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres” (Mc 14, 36).

 

Jesús experimenta la angustia y el dolor ante lo que lo espera pero al final su voluntad humana se adhiere plenamente a la voluntad divina. En la unidad de la persona divina del Hijo, la voluntad humana encuentra su realización plena en el abandono total del yo en el tú del Padre, al que llama Abbá.

 

San Máximo el Confesor afirma que, desde el momento de la creación del hombre y de la mujer, la voluntad humana está orientada a la voluntad divina, y la voluntad humana es plenamente libre y encuentra su realización precisamente en el “sí” a Dios.

 

Por desgracia, a causa del pecado, este “sí” a Dios se ha transformado en oposición: Adán y Eva pensaron que el “no” a Dios sería la cumbre de la libertad, el ser plenamente uno mismo.

 

Jesús, en el Monte de los Olivos, reconduce la voluntad humana al “sí” pleno a Dios; en él la voluntad natural está plenamente integrada en la orientación que le da la Persona divina.

 

Jesús vive su existencia según el centro de su Persona: su ser Hijo de Dios. Su voluntad humana es atraída por el yo del Hijo, que se abandona plenamente al Padre. De este modo, Jesús nos dice que el ser humano solo alcanza su verdadera altura, solo llega a ser “divino” conformando su propia voluntad a la voluntad divina: solo saliendo de sí, solo en el “sí” a Dios, se realiza el deseo de Adán, de todos nosotros, el deseo de ser completamente libres. Es lo que realiza Jesús en Getsemaní: conformando la voluntad humana a la voluntad divina nace el hombre auténtico, y nosotros somos redimidos.  

 

El Compendio del Catecismo de la Iglesia católica enseña: “La oración de Jesús durante su agonía en el huerto de Getsemaní y sus últimas palabras en la cruz revelan la profundidad de su oración filial: Jesús lleva al cumplimiento el designio amoroso del Padre, y toma sobre sí todas las angustias de la humanidad, todas las súplicas e intercesiones de la historia de la salvación; las presenta al Padre, quien las acoge y escucha, más allá de toda esperanza, resucitándolo de entre los muertos” (n. 543).

 

Verdaderamente “en ningún otro lugar de las Escrituras  podemos asomarnos tan profundamente al misterio interior de Jesús como en la oración del monte de los Olivos” (Jesús de Nazaret).

 

En el Padrenuestro pedimos: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Es decir, reconocemos que existe una voluntad de Dios con respecto a nosotros y para nosotros, una voluntad de Dios para nuestra vida, que se ha de convertir cada día más en la referencia de nuestro querer y de nuestro ser; reconocemos, además, que es el en “cielo” donde se hace la voluntad de Dios y que la “tierra” solamente se convierte en “cielo”, lugar de la presencia del amor, de la bondad, de la verdad, de la presencia divina, si en ella se cumple la voluntad de Dios.

 

En la oración de Jesús al Padre, en aquella noche terrible y estupenda en Getsemaní, la “tierra” se convirtió en “cielo”; la “tierra” de su voluntad humana, sacudida por el miedo y la angustia, fue asumida por su voluntad divina, de forma que la voluntad de Dios se cumplió en la tierra.

 

Esto es importante también en nuestra oración: debemos aprender a abandonarnos más a la Providencia divina, pedir a Dios la fuerza de salir de nosotros mismos para renovarle nuestro “sí”, para repetirle que “se haga tu voluntad”, para conformar nuestra voluntad a la suya.

 

Pidamos al Señor que seamos capaces de velar con Él en la oración, de seguir la voluntad de Dios cada día incluso cuando habla de cruz, de vivir una intimidad cada vez mayor con el Señor, para traer a esta “tierra” un poco del “cielo” de Dios.

 

Benedicto XVI.: La Oración de Jesús, Ediciones Palabra, 2012 (pp. 55–58)   


Escribir comentario

Comentarios: 0