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HUMILDAD COMO VALOR HUMANO

La humildad es vista, muchas veces, como algo dentro del cristianismo. Sin embargo, la humildad es un valor humano.

 

La humildad consiste en reconocer nuestra naturaleza y nuestro origen, saberse colocar en el lugar que uno ocupa en cada momento concreto sin la idolatría del propio yo.

 

La humildad forma parte de la virtud de la templanza.

Las virtudes, hoy llamadas fortalezas, son fuerzas que tienen valores positivos, orientan hacia la humanización de la persona.

 

¿En qué consiste la virtud de la templanza?

En la moderación en cualquier actividad humana. No consiste en resistir o anular las pasiones, sino en moderarlas, ponerlas en orden. No se trata de una destrucción, sino de una humanización. La templanza ayuda a moderar hacia abajo y a también a subir el tono.

 

La humildad no es apocamiento, cortedad, ocultamiento…

 

San Benito recoge la modulación en una frase que dirige al abad: “Ne quid nimis” (nada en exceso).

 

¿Cómo se caracteriza una persona humilde a nivel natural?

Tiene una visión precisa de sí, consciente cuando comete un error, no se autojustifica, conoce sus límites y los acepta, no hace alarde de ello.

El humilde no está centrado en sí, ni en sus necesidades…; se relaciona bien con todos, no es competitivo. No tiene protagonismo, no se siente amenazado por las cualidades de los otros, no necesita decir la última palabra.

Es buen líder (no controla, pero sí ayuda). No es amenaza para otro, sino bendición… Vive serenamente, sin ansiedad… (No obsesionado por defenderse).

 

La humildad es un don. Pero necesita cultivo.

 

La humildad es una fortaleza y también un modo de ver, de vivir y de ser. La humildad nos hace plenamente humanos. 

(sor Ernestina)

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