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HUMILDAD... NO SÓLO PARA LOS MONJES

La humildad es vista, muchas veces, como algo dentro del cristianismo. Sin embargo, la humildad es un valor humano. Ya Platón habló de la humildad.

 

La etimología de la palabra humildad proviene del latín “humilis”, derivado de “humus” que significa tierra, suelo. Según estos datos podríamos decir que humildad significa “inclinado a la tierra”. En otras palabras, es la virtud que permite que las criaturas se ubiquen en su sitio.

 

Desde los albores de la creación, Dios insiste en esto. Se dice en Génesis 3, 9: “El Señor Dios llamó a Adán y le dijo: «¿Dónde estás?»” Es una pregunta constante, permanece siempre en la eternidad. Es una pregunta muy extraña.

¿Es posible que Dios no sepa dónde está el hombre? ¿El hombre ha perdido a Dios? ¿Es posible eso? ¿Se ha alejado tanto de Dios que no lo encuentra? Lo acaba de crear y ya no lo encuentra. ¿Puede significar también que ha perdido tanto la semejanza que no lo reconoce?

 

Esta pregunta también nos habla de un Dios que nos busca mediante una llamada personal que nos interpela. Tenemos que saber responder: ¿Cuál es nuestro sitio? ¿Dónde está mi sitio?

 

El Señor nos contesta: “Polvo eres y al polvo volverás” (Gn 3, 19). ¡Qué bueno es recordar que venimos de la tierra y que en ella se desenvuelve nuestra vida! En esto consiste la legítima humildad: en reconocer nuestra naturaleza y nuestro origen. Es decir, reubicarnos en nuestro ser constantemente. No salir de ahí.

 

Creo que el mejor sentido de la palabra humildad es saberse colocar en el lugar exacto que uno ocupa en cada momento concreto sin la idolatría del propio yo.

 

La humildad natural del ser humano, ¿Cómo la descubre el hombre? Depende muy directamente de un acto de conocimiento. El hombre reconoce su dependencia, su ser incompleto e inacabado, necesitado. Este sentido de dependencia es el elemento esencial de la humildad.

 

Sor Ernestina


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