Historia del Monasterio de monjas benedictinas Santa María de Carbajal

Vocaciones a lo largo de once siglos

LOS ORÍGENES.

 

En el año 910 el rey don García I, heredero de extensos territorios al norte del Duero, trasladó la capital del reino cristiano, de Asturias a la ciudad de León. Esta ciudad, conservaba la estructura romana, fortificada con murallas, torres, tenía forma rectangular, cruzada por dos calles que terminaban en sus respectivas puertas: Cauriense y Puerta del Obispo (de W a E); Puerta del Castillo y Arco de Rey (de N a S).

 

            Cercano al Arco de Rey, puerta sur de la muralla, estaba edificado el palacio y panteón real, San Salvador de Palat de Rey. Ramiro II –rex mitissimus (rey ternísimo) en opinión del cronista Sampiro- “consagró a Dios a su hija Elvira y  edificó, dentro de la ciudad de León un monasterio de monjas de admirable magnitud en honor de San Salvador, junto al palacio real”. Esto sucedió “entre los años 940-950”- escribe el P. Colombás.

 

            En la ciudad de Córdoba, esplendorosa por su arte, medicina y letras, en el 26 de junio de 925, Pelayo, un niño de trece años, después de dar testimonio de su fe y por no haber cedido a los torpes deseos del califa Abd-Al-Rahmán III, sufre martirio.

 

            Reinaba en León Sancho I, el Gordo. Era alrededor del año 966 cuando fueron trasladados desde Córdoba los restos del niño Pelayo. El rey regresaba de un viaje a la capital de Al-Ándalus, donde había acudido a recobrar la salud, ya que su gordura le impedía vestir las armas y, con la ayuda del mismo Abd-Al-Rahmán, recuperó su reino.

 

            La reina, Dª. Teresa Ansúrez, su esposa y su hermana, la infanta Elvira, al escuchar lo que se decía del niño mártir,  persuadieron al rey que le trajese. El rey don Sancho envió una comitiva en la que figuraba el propio obispo de la diócesis, don Velasco. Entretanto mandó construir un monasterio para colocar en él con todo honor el cuerpo del joven mártir. Doña Elvira influyó decisivamente en la fundación de una nueva casa religiosa.

 

            En el año 966 muere don Sancho I y es la fecha supuesta del comienzo de vida monástica en el recién fundado cenobio de monjas, llamado de S. Pelayo. Aquí tomó el hábito la reina viuda doña Teresa. Junto con la infanta Elvira y con la Comunidad viven según la Regla de San Benito, que se observaba en León desde el año 905.

 

            Los restos de San Pelayo son recibidos por la reina madre, la regente doña Elvira y el niño rey Ramiro III, que sólo tiene cinco años.

 

            El día 11 de febrero de 995 las monjas leonesas poniendo a salvo las reliquias de San Pelayo, ante la amenaza del caudillo árabe Almanzor,  las depositan al amparo de sus hermanas las monjas de Oviedo, cuya casa, bajo la advocación de San Juan Bautista, se llamará desde ahora de San Pelayo y allí permanecen los restos del santo.

 

            En 1011, tras la batida de Almanzor a la capital del reino cristiano, Alfonso V, el restaurador de León, trasladó al noroeste de la ciudad todo el complejo formado por palacio, panteón real, monasterio cortesano de San Salvador, sustituido por el restaurado de San Pelayo, al que regresó una parte de las monjas del monasterio de Oviedo, llamadas las Pelayas. Estaba ubicado en los aledaños de la muralla, quizá aprovechando las estructuras del antiguo templo romano dedicado a las aguas, que entraban en el recinto amurallado por las proximidades de la puerta del Castillo y que se cristianizó bajo la advocación de S. Juan Bautista. Es lo que hoy se denomina la Basílica de S. Isidoro y Panteón de Reyes.

 

Se ignora el año y el lugar exacto. Ambrosio de Morales dice a propósito de San Isidoro: “Es fundación real de muchos reyes, la más antigua es la de don Sancho I que edificó un monasterio de monjas que llamó ‘San Pelayo’. Aconteció a raiz del martirio del joven Pelayo"

 

            En 1063, los reyes Don Fernando I y Dª. Sancha, para enriquecer la iglesia de estilo románico, que acaban de construir, traen de Sevilla los restos de San Isidoro. En la portada de este nuevo templo, paralelas a la del Doctor de las Españas, están las imágenes de las primeras advocaciones, S. Juan Bautista y el mártir San Pelayo. La ciudad de León recibe el cuerpo del santo.

 

            Corría el año 1148, cuando el Emperador Alfonso VII, secundando los deseos de la infanta doña Sancha, su hermana, entusiasmada por la afluencia de peregrinos que venían a visitar la tumba,  quiso engrandecerlo y pensó para esta tarea en los canónigos regulares de San Agustín, que residían en Carbajal. Tras decisión de las Cortes Generales de Palencia, trasladan a las monjas a Carbajal de la Legua, tomando el nombre de Monasterio de Santa María de Carbajal. Así se le conoce desde entonces. Allí la comunidad inicia una nueva etapa que duraría 452 años.

 

            Los principios de este cenobio femenino fueron difíciles, si bien llegaron a adquirir un gran patrimonio, debido a que recibe donaciones reales, de obispos, dotes de las monjas que llegaban al convento y compras. También gozó de gran prestigio social y político. Los siglos XII y XIII fueron de gran esplendor. A finales del siglo XVI se propone el traslado a la ciudad de León, por motivos económicos, espirituales y por la salud física de las monjas, ya que el monasterio, ubicado en zona pantanosa, se había vuelto malsano.

 

            En 1600 la Comunidad de monjas benedictinas de Santa María de Carbajal regresa a la ciudad de León, conservando su nombre de "carbajalas", que hasta nuestros días recuerda su procedencia. Son treinta monjas, que traen consigo su rico archivo. Pertenecen a la nobleza leonesa, según era costumbre de la época. Son recibidas con gran pompa y solemnidad, según cuentan las crónicas.

 

            Se instalan en el Burgo Nuevo, un barrio al sur de la ciudad, al exterior del recinto amurallado. Los edificios limitan con la llamada Plaza del Mercado o del Grano, junto al Camino Francés, que conduce a Santiago de Compostela.

 

        El lugar fue concedido por la familia de los Quiñones, en la rama colateral de la Casa de Alcedo. Se conserva un rótulo en la cornisa de la capilla mayor, que menciona dicha donación.

 

            En el año 2000 las monjas celebran el cuarto Centenario de su estancia en este lugar. En la actualidad siguen las monjas ordenando su vida según la Regla monástica de san Benito, regulada por: oración, trabajo, estudio y vida fraterna.

Las monjas benedictinas del Camino de Santiago en León

 

            “Una raíz muy honda arraiga aquí, en  la plaza del Mercado”, advierte Eugenio de Nora al caminante que se acerca hasta estos límites henchidos de hondo sabor mariano donde convergen seis calles estrechas, trenzadas por la aguja plateada de los siglos. Desde luego, el ágora conforma un singular marco espacial. Y, como es sabido, toma su nombre de una tradición perpetua, aquélla que halla amparo firme y defensa segura en el 9 de febrero del año 560, fecha en que se data que la Virgen del Mercado, Santa María del Camino de los Franceses, “se aparesció” en el lugar donde hoy se alza el crucero de piedra.

 

            En esta plaza de Santa María del Camino, que ésta es su auténtica denominación, la quietud hodierna es contrapunto temporal de aquel ajetreo mercantil que acumulaba este territorio en pretéritas calendas. Y conforma un recuerdo emocionado, una síntesis precisa. Este espacio tan singular, esta latitud urbana de tantas singulares resonancias, esta plaza romántica y atrayente es conocida también como del Grano. La denominación popular resulta expresiva en grado sumo. El lugar, que pone al descubierto un considerable número de páginas de nuestra intrahistoria, en su momento fue foco y zoco activo del comercio de cereales.

 

            Y es que cada tiempo acuña su viento, su afán, su imagen y su litografía. Así la veía D. Mariano Domínguez Berrueta: “Irregular, amplísima, empedrada, con sus trazos de soportales, su antiquísima iglesia al fondo, su fuente en el centro, su cruz de rollo, su convento de largos muros y graciosa silueta que permite descubrir el coro alto de las monjas, sus calles afluentes del prestigio de la calle de D. Gutierre y la cuesta Carbajal, su porte de plaza típica de  mercado encuadrada en marco cuidado, su habitual soledad… ¡Qué más se puede pedir a esta Plaza para incluirla en el catálogo de las cosas más bellamente típicas de la vieja ciudad!”

 

            Estamos de acuerdo. Y, al hilo de dicha visión, señalemos que el Monasterio de monjas de Santa María de Carbajal está también plenamente incardinado en la citada plaza. Allí, el Viernes de Dolores, la procesión de la Virgen del Mercado hace la primera estación. Luego, el cortejo penitencial realiza otras dos paradas o estaciones. Una ante el Cristo de la Victoria. Allí, el coro “Conde de Rebolledo” interpreta un salmo polifónico en honor de la Virgen de los Dolores, a la que, después, ofrendan un ramo de flores. Otra, en la plaza de Santo Domingo. Junto a la fuente, dos coros, uno formado por los braceros y otro por el pueblo de León, cantan la “Salve” con sentimiento y emoción.

 

            La entrada en la capilla de las monjas de la “Virgen de mi calle”, remedando a Victoriano Crémer, o de la “Virgen de las Tristezas”, como dijera Máximo Cayón Waldaliso, ambos cronistas oficiales, ya fallecidos, de esta antigua capital del Viejo Reino, tiene sus antecedentes en la mitad del siglo XIX. Concretamente, en el 12 de febrero de 1853,  tres días después de festejar el popular barrio del Mercado la fiesta de “La Aparición”. El citado día se derrumbó gran parte de la fábrica de la iglesia parroquial. Por este motivo, la “Morenica del Mercado” hubo de ser trasladada al convento de las monjas Carbajalas.

 

            Y aquí se mantuvo la imagen, así como los cultos litúrgicos, hasta el 3 de marzo de 1856, fecha en que regresó a la iglesia de la calle de Herreros, una vez restaurado el citado alcázar románico situado a la vera del Camino Francés, de conformidad con los planos firmados por el P. Miguel Echano, monje benedictino del convento de Sahagún. La obra en cuestión alcanzó la suma de ochenta y seis mil reales. De este hecho viene, por tanto, la entrada de la Virgen del Mercado, cada Viernes de Dolores, en el Convento de las monjas Benedictinas.

 

            Por eso, cuando el quinto viernes de cuaresma la noche cubre sus hombros con una esclavina morada, las monjas Benedictinas reciben la visita de la Virgen. Es, como dije antes, la primera estación que realiza esta singular manifestación de religiosidad popular. La capilla conventual se transforma entonces, y acaso más que nunca, en ciudadela mística. Y al amparo de las bóvedas y las pechinas donde resaltan las armas reales de España y los escudos de los Quiñones, las voces blancas de las monjas de San Benito componen un salmo que deviene en hontanar espiritual. La emotividad que atesora la escena que relato resulta conmovedora. Y quien ha sido testigo de esta estampa devocional ha experimentado en su fuero interno unas sensaciones íntimas, evocadoras, y, por ende, de traducción muy subjetiva.

 

            El monasterio de monjas de Santa María de Carbajal está íntimamente unido a determinados actos organizados por distintas cofradías de la Semana Santa de León. Forma parte también del famoso recorrido de los “Cuatro Conventos”, junto con los cenobios de las monjas Clarisas Descalzas, Agustinas Recoletas y Concepcionistas. Pero todo esto merece, manifiestamente, un capítulo aparte.  Y, por ello, es historia de otro tranco.

 

Máximo Cayón Diéguez