Las monjas que aquí vivieron en el pasado su vocación contemplativa

Algunas biografías

 

Por Sor Carolina Valdés, archivera y bibliotecaria del Monasterio.


La monja Infanta Doña Elvira

 

Traemos de invitada a la infanta  doña Elvira, por ser en realidad la verdadera primera piedra de este edificio comunitario leonés.

                        Los viandantes por la calle Ramón y Cajal, a la altura de la Basílica de  San Isidoro, se paran a contemplar la elegancia y serenidad del rostro de las tres infantas de León (Elvira, Urraca y Sancha), inmortalizadas por el Ayuntamiento de la ciudad en sendas esculturas, obra de Parada Morollon, año 2002, representadas dirigiéndose dos hacia una a quien la historia le concedió poderes de docencia y gobierno. Ésta es doña Elvira.

                        Así se nos muestra la infanta en documentos de la época:

                  El cronista Sampiro narra que en los primeros años del reino astur en León, Ramiro II, “rey muy tierno”, mandó edificar un monasterio de admirable magnitud en honor de  San Salvador junto al palacio real y en favor de su hija doña Elvira a quien había consagrado a Dios. (Se han contado más de 31 núcleos monásticos en la ciudad de León documentados en el siglo X y primeros años del XI).

                  ¿Está probada su historicidad? De ella hablan crónicas latinas, arábigas y acreditan su actividad numerosos pergaminos. El historiador Sánchez-Albornoz dice de ella: “Esta enérgica mujer, que desempeñó un papel de primer plano en la historia de León, merece una monografía”.

              A doña Elvira se debe la fundación de esta Comunidad monástica (año 967, fecha de la llegada de las reliquias del niño mártir San Pelayo. Ella, en compañía del jovencísimo rey y la reina viuda doña Teresa, las colocó en el monasterio que para este fin había fundado su difunto hermano Sancho I y evidentemente dirigió los primeros pasos del incipiente  cenobio.              

 

                Doña Elvira, se hizo cargo de la regencia y educación de su sobrino Ramiro III. Los méritos de esta gran señora la hicieron acreedora de esta distinción. El cronista antes citado dice: El pequeño rey –cinco años– “se moderaba con el consejo de su tía doña Elvira, mujer consagrada a Dios y prudentísima.”(Elogio de gran valor por su concisión y semántica).

                   Escribe el historiador P. Risco que en el año 974, reunidos en León obispos y magnates “dieron  gracias a Dios por los particulares beneficios que se experimentaban en el reino por la acertada y discreta dirección de aquella gran señora” que fue la infanta doña Elvira, “de la cual se dice en escritura de este mismo año que, si era mujer por el sexo, merecía por su santa vida e ilustres obras el nombre de varón”.

                        Doña Elvira –cree el P. Benito Colombás- que desde el verano del 975 desaparece de la corte y acaso también de la escena de este mundo.

                        ¿Qué significa esta persona insigne del siglo X en nuestra sociedad monástica del  XXI?

                        Tal vez estas palabras de la Escritura (Sir 37: 12-15) sean válida respuesta:

                       

                        Aconséjate de un hombre piadoso

                        De quien sabes bien que guarda los mandamientos,

                        Cuya alma es según tu alma

                        Y que, si caes, sufrirá contigo.

                        Y mantén firme el consejo de su corazón

                        Que nadie es para ti más fiel que  él.

                        Y por encima de todo esto suplica al Altísimo,

                        Para que enderece tu camino en la verdad.

 

Sor María Carolina Valdés Vélez, monja benedictina   --    Biblioteca del Monasterio

 

 


La monja Dª Felipa  Quiñones

La monja Dona Felipa de Quiñones.

 

En la  historia del monasterio Santa María de Carbajal son frecuentes las noticias de una economía deficiente: ya sea por el traslado desde León a Carbajal, -con pérdida de dotaciones reales-, las malas cosechas, grandes distancias de los arrendatarios respecto al monasterio situado en un pueblo, o por  incuria de los mayordomos.

 

            En este momento crítico de la historia de nuestra sociedad presentamos en la revista “Pax” a una benedictina de la primera mitad del siglo XVII que supo hacer frente al declive económico de la comunidad  pocos años asentada en esta plaza del Reino de León.

 

            Escribe el P. Benito Colombás que doña Felipa de Quiñones fue abadesa de energía y dinamismo. Desde su elección (1637- 1640) se dedicó a recuperar la hacienda y a renovar arriendos. Recobró foros, apeos y otras escrituras que andaban extraviadas. Se dio maña para ir pagando deudas y atrasos considerables: 2.200 reales a cuenta de los réditos que se debían de un censo de mil ducados de principal; 5.500 reales por la redención de otro censo, más otros 3.432 de réditos atrasados; 5.767 reales por la redención de un tercer censo y sus réditos.

 

            Doña Felipa rescató gran parte de la plata del monasterio que había empeñado su antecesora doña Mariana de Quiñones: devolvió al canónigo Lorenzo Pérez 1829 reales que había prestado al monasterio y “sobre las lámparas y candeleros de la sacristía”.

 

            Escribió de su puño y letra el “Libro de la hacienda y rentas del Real Convento de Santa María de Carvajal” que concluye así: “Todos los fueros desta memoria estaban perdidos, y los zensos, algunos perdidos y algunos parecieron con la paulina. Y otros estaban tan escondidos que de maravilla tiene la casa azienda. Conbiene no los fiar jamás a nadie si no fuere con rezibo y que buelban luego al archivo, que los mayordomos los pierden”.

 

            Terminado el trienio entregó al archivo una notabilísima cantidad de documentos que pudo recuperar.

 

            Doña Felipa de Quiñones se ocupó también de cumplir sus obligaciones con los benefactores que habían pasado a mejor vida. En los años de su mandato recordó a la posteridad:

 

“El convento de Santa María de Carvajal tiene obligación de celebrar misas todos los años por los reyes y ynfantas fundadores del convento y que les dejaron azienda y lugar de Grisuela y en Salamanca, en los días siguientes a la Conmemoración de todos los fieles difuntos, a saber, sendas misas cantadas por el rey Alfonso VII, por la infanta doña Sancha y por el rey Fernando II, y una rezada por la infanta doña Teresa, monja de este conbento que también le dejó acienda”.

 

            Añadió “nueve misas de seglares” bienhechores que dejaron sus bienes a la casa, con la condición expresa de hacerles celebrar determinado número de misas, Como esto traía perjuicio a la comunidad, advierte: “Vuestras mercedes atiendan a no bolver a este inconveniente, ni con religiosas de casa, ni con seglares. Misas situadas cada año no se pueden  azer como suzedía, si no es con grandes conveniencias y grandes cantidades de rentas”.

 

            Doña Felipa de Quiñones ocupa un lugar de distinción, por sus dotes de gobierno, en elenco de abadesas de este monasterio en el siglo XVII.

 

 

 

 Sor Carolina Valdés, monja benedictina ---- Biblioteca del Monasterio

La monja Dª. Luisa de los Ríos

 

La monja Doña Luisa de los Ríos y Zúñiga Moreno.

 

Ella fue la que dio comienzo al llamado libro de Acuerdos, a partir del cual vamos conociendo el nombre de cada hermana, oficios desempeñados en comunidad y cómo se va desarrollando la vida en el seno de esta gran familia benedictina.

 

El 28 de agosto de 1661 fue elegida abadesa del monasterio de Santa María de Carbajal. La Comunidad estaba formada por treinta y ocho monjas capitulares. Presidió la elección el Ilustrísimo Señor D. Juan Bravo de la Serna, Obispo de León y su secretario D. Nicolás de Escalada.

 

El acto se desarrolló así: El Sr. Obispo las exhortó a que “pusiesen los ojos en la persona más benemérita para el servicio de Dios y bien de la comunidad”. A continuación procedieron las monjas a votar “por sus antigüedades, como se acostumbra”. Acabada la votación el Obispo leyó las cédulas en presencia de cuatro ancianas.

 

Todos los votos, excepto dos, fueron para Dª Luisa de Zúñiga. Así, pues, “viendo la conformidad de todas” el obispo “les dio las gracias”. Como doña Luisa no quería aceptar el oficio de abadesa, el obispo tuvo que obligarla “so pena de obediencia”. “Y mandó luego, en lugar de confirmación, traer el báculo y que lo tomase y se sentasse en la silla de la abadessa, y, habiéndole hecho el obispo una exhortación que se animasse, que Dios la ayudaría, se entonó el Te Deum”.

 

            En el Libro Acuerdos, 1, fol. 16 se le hace este elogio: “Fue abadesa de este monasterio y religiosa de gran virtud y caridad”.

 

            En su mandato se comenzó el Libro de Acuerdos, 1, en cuya primera página se hace relación nominal de las monjas que formaban la Comunidad en 1661.

 

            Doña Luisa de Zúñiga en 1663, a instancias de las monjas, solicitó al regidor de la ciudad que “el agua de los caños que siempre se avía repartido a los pilones de esta casa, se le diese ahora por ser ocasión de que se traya al pilón del Mercado”.

 

            El regimiento de la ciudad accedió a la solicitud de la abadesa, Existía una cañería, pero en malas condiciones. Por eso se contrató a “Leonardo, el ingeniero y latonero” que la mejoró. Desde entonces tuvieron agua en la cocina y pilón del patio.

 

            Comenzó su abadiato con una economía deficitaria. Las malas cosechas, la creciente miseria general dificultaban el cobro de cantidades importantes. Así en 1658-1661 las rentas en maravedises no cobradas ascendieron a 2.576 reales.

 

            En el trienio 1661-1664 hubo en la casa sólo dos sirvientas, porque las hermanas eran mayores, estaban enfermas y la economía no daba para más.

 

            El 11 de diciembre de 1663 recibió, junto con el convento, a tres monjas agustinas, procedentes de la Encarnación de Valladolid, fundadoras de una casa de orden en León. Eran: Mariana de San Clemente, priora; Jerónima de la Santísima Trinidad, subpriora y Teresa de Jesús. “Entraron por la puerta del coro y la comunidad las recivió tocando la música del convento”.

 

          Aceptada oficialmente la fundación de su convento el 12 de diciembre, el 13, fiesta de Santa Lucía, “se pasaron a su convento, del cual sólo hallaron el nombre; pues en la realidad no avía cosa ejecutada para este efecto, sino puerta y torno”.

 

          En Carbajal dejaron por un tiempo depositado el cuerpo de doña María Páez, esposa del fundador. Por este depósito transitorio recibieron mil reales de vellón.

 

            De tres actuaciones capitulares de las que queda constancia se desprende el empeño que puso en su abadiato de mantener la observancia. Igualmente revela delicadeza, sentido de humildad, sencillez y rectitud.

 

            “Después de Prima (…) hizo mi Señora el capítulo de culpas, como se acostumbra a hacer, reprendiendo algunas faltas que había en algunas ceremonias contra la religión y costumbre de esta real casa”. (Ac. 1, 213).

 

            A primeros de Adviento hizo una plática exhortando a la comunidad al cumplimiento de sus obligaciones en todo tiempo. Pero que en éste de adviento debían cumplir con más cuidado sus obligaciones y esperar la venida del Hijo de Dios al mundo”. (Ac, 1 f. 213 v.)

 

            El día 4 de marzo de mil seiscientos sesenta y tres, reunida la Comunidad “les dijo que como bien sabían hoy era lunes primero de Cuaresma, día que esta religión de N. P. San Benito tiene dedicado para hacerles uno de los mayores beneficios como es absolverlas de todas las culpas y faltas como hubieren cometido, como son faltas de ceremonias de la religión, descuidos de rezos, no estar tan atentas como se requiere a tan gran ministerio, culpas cometidas contra los votos esenciales que se han hecho, concediéndoles el beneficio de la absolución con muchas indulgencias concedidas por muchos Sumos Pontífices en este día; las suplicaba entrasen en esta ceremonia con mucha sumisión y arrepentimiento y que no pareciese era ceremonia aparente, sino que salía muy de corazón, pidiendo la absolución con mucha humildad y rendimiento.

 

Ya habiéndoles dicho la obligación que tenían en este santo tiempo de Cuaresma de vivir con más recato y cuidado de cumplir sus obligaciones, pidiendo a todas se animasen en esta cuaresma todo lo que diere lugar la salud a guardar ayuno […], excusándose de comer carne en este santo tiempo .

 

Y, dicho esto, avisó a dos religiosos monjes de la Orden de San Benito que estaban esperando, que entrasen, y puesto el padre Prior de San Claudio cerca de la reja del coro, comenzó a comunicar a todas estas señoras la absolución y concedió las indulgencias que en semejantes días se acostumbra en toda la religión de nuestro padre san Benito, concedidas por nuestros padres sumos pontífices. Y, acabado esto, llegó mi señora la abadesa y demás señoras por sus antigüedades adonde el padre prior estaba, y con una varica las iba tocando. Y con esto acabó este acto”. (Acuerdos, 1, f. 214)

 

            El cinco de agosto, después de la Hora de Tercia, reunida la Comunidad, “propuso mi Señora y dijo que sus mercedes sabían la honra que le había hecho esta Comunidad de nombrarla por Abadesa y Prelada de este Real convento el 28 de agosto de mil seiscientos sesenta y uno; se cumple su trienio que para los libros de los oficiales y para que la señora abadesa prelada que saliere pueda valerse de los frutos y cobrarlos y ser el tiempo ahora que vienen a pagar y que no hubiese con eso rastras ni embarazo en las cuentas […  

 

Y ahora las suplicaba a todas juntas y en particular la perdonasen las faltas que hubiere tenido en su oficio y el mal ejemplo que les había dado; que sólo las aseguraba que no había obrado nada con malas intenciones, ni odio, ni rencor, si no es aquello que le dictaba su conciencia, deseando siempre lo mejor y más útil para que fuese en aumento la religión y lo que tenían granjeado las demás preladas, sus antecesoras no se perdiese por ella ni descayese la religión, pero que, al fin, como mujer podría haber errado en el dictamen, pero no de mala voluntad y que por esto les pedía por segunda vez y otras muchas la perdonasen si había cedido en el cumplimiento de sus obligaciones.

 

Y, pues, ahora había tanta ocasión de enmendarlo nombrando sucesora que enmiende lo que ella hubiere errado y había tantas y tan merecedoras de mayores puestos, sus mercedes con su cordura y virtud eligieran lo mejor”. A continuación dio cuenta del estado en que quedaba la casa, la hacienda, aumentos que ha tenido, censos que se quitaron y de muchas cantidades de dotes que quedan en el depósito. Le dieron las gracias.                                                                              

            Dª Luisa de Zúñiga tuvo una hermana monja en esta Comunidad, Dª Ángela de los Ríos. Fueron religiosas ejemplares. Fallecieron con sólo diez días de diferencia: el 18 y 8 de diciembre de 1667 respectivamente.

 

Sor María Carolina Valdés Vélez, monja benedictina   --   Biblioteca del Monasterio