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SÓLO ÉL, IV - Sor Ernestina avanza en su vocacion y se convierte en monja novicia mientras Pedro vuelve al catolicismo

NOVICIA

 

Y

a casi medio año de la entrada en el noviciado y uno de la llegada a Santa María de Carbajal. Mucho o poco tiempo según se mire y desde dónde se haga. Por aquí todo va marchando bien. Esperando los ejercicios, las vocaciones, alguna excursión y este tiempo estival que nos permite profundizar más en el misterio de la vida.

 

            Ya sabes mi gran aspiración: llegar a la oración continua mediante la “oración del corazón”. Creo que ahí radica el secreto del monje. Dios es el centro de la vida, la respiración, el aliento, la energía. Un segundo sin él es la muerte, el “sheol”. Es curioso lo que para los judíos era el “sheol”: el valle de las sombras, del adormecimiento, de la inconsciencia, de la existencia sin Dios. Creo que paso muchos momentos del día en el “sheol”.

 

            Sigo muy ilusionada, cada mañana tengo más esperanza, alegría. He encontrado a Jesucristo, el compañero de camino, silencioso a veces, pero siempre presente. Poco a poco iré encontrándome, en profundidad, con mis hermanos -es lo que más me cuesta, ya me conoces-. Tengo unos deseos inmensos de Dios, de eternidad, de la verdad y, por contraste, palpo mi egoísmo y mi mezquindad. Es lo que tu dices: el misterio de la Encarnación que no sé vivirlo, cómo se conjuga ser “hijo de Dios” e “hijo del Hombre”.

           

Por mi parte, en verano vuelvo a Gandía, a la playa, a lo de siempre. Jugar al tenis por la mañana, bañarme en el mar, comer, dormir la siesta, pasear por la tarde tomando un helado, cenar, ver la película de la tele, dormir y volver a empezar, ¡qué rutina!

            ¿Es Gandía igual que antes? No; toda la multitud de personas que hacen molesto un lugar tan agradable, son ahora mis hermanos y me alegra que estén disfrutando del sol, del descanso... Incluso estas torres tan gigantescas y feas son ahora el hogar de mis amigos y la única posibilidad para que muchos puedan veranear. Todo ha cambiado, lo ha transformado él.

 

            Pienso que la felicidad, un baño en el mar, un helado fresquito..., tienen que tener poder “redentor”, poder transmisor. Si todos somos un cuerpo, mi baño en el mar seguro que refresca, alegra y tonifica a algún hermano que se muere de calor en África. Si su sufrimiento y su hambre me afectan: ¿cómo no le van a alegrar mi dicha y felicidad? Lo que soy, siento, hago, lo incorporo al cuerpo común de Cristo. Si el gozo y la resurrección de Jesús son nuestro pie en el cielo, nuestro júbilo y regocijo en la tierra también lo tienen que ser de nuestros hermanos.

 

            Así lo experimentamos cuando entraste en las monjas benedictinas. Con el paso del tiempo, tu felicidad fue la nuestra, y vivimos tu dicha y alegría olvidando tu ausencia. Creo que esto se puede aplicar a todo: donde hay amor se comunican todos los sentimientos.

 

            Lo que más me sorprende, aunque ya no tanto, es que al ir León a verte estabas pensando exactamente en lo mismo: “el valor redentor de la felicidad”. También en León hablamos de cómo Dios nos ama independientemente de nuestras insignificantes acciones, como lo hacen de forma natural los padres con sus hijos, como lo hicieron papá y mamá cuando volví, sin preguntar nada, sólo con cariño. ¡Cómo me han amado!, ya estuviera en el yoga o en el zen, en Italia, Valencia, Londres o en Madrid; ya fuera o viniera; ya trabajara o me encerrase en la habitación, sin importarles las ideas, creencias, opiniones... Ésta es mi manifestación cercana, palpable, visible del amor de Dios, un regalo que da sin pedir nada a cambio.

 

            Surge una gran dificultad. Me doy cuenta que presto poca atención a los que están próximos a mí, -porque, quizás, me resulta difícil y aburrido- para amar en abstracto a los pobres, a los lejanos, a la humanidad... -con los que no tengo ningún roce-. El problema surge de la descripción que hace San Mateo del Juicio Final. Me veo sentado en el banquillo de los acusados y a todos los pobres del mundo echándome en cara su hambre y sed. Siento mi maldad, mi inutilidad, mi nada y cómo se derrumba estrepitosamente todo el edificio construido sobre el cimiento del amor de Dios. Me parece baldío hacer algo por los necesitados conocidos cuando hay tantos que mueren cada día y me gritan su sufrimiento y me juzgarán sin misericordia. Cristo me pide un imposible y en vez de venir a salvarnos, nos condenará a todos.

 

            Lo que es muerte, obstáculo, se transforma en vida y es precisamente su causante, San Mateo, el que me ayuda a resucitar. Qué alegría ver como este abrumador muro se desploma en pedacitos. Todos los pobres del mundo que me gritan su hambre y por los que poco puedo hacer para aliviarlos, están reflejados en el próximo, y mi amor concreto hacia éste es mi amor concreto hacia todos y cada uno de los despojados del mundo.         

 

Amar es mi única obligación: ¡qué difícil! y a la vez ¡qué liberador! Entregarme a todos los pobres, a los necesitados y poder hacerlo en el prójimo, el cercano y saber, además, que es amor de Jesús. Ésta había sido desde siempre mi intuición, mi más íntima vivencia. Antes repetía constantemente que todos formamos el cuerpo del Buda; pero necesitaba una pieza que pudiera convertir este deseo en una realidad, me faltaba Cristo. Hoy he resucitado a la vida. Juego con mis sobrinos y a la vez con todos los niños sin hogar del Tercer Mundo. Cuido a mis padres y a todos los mayores abandonados... ¡Qué alegría!, ¡qué gozo!, creo que no se puede pedir nada más, ni por la imaginación había pasado nunca que fuera posible algo semejante.

 

            Mi único afán es el deseo, mi profesión, mi descubrimiento. Es lo único que nos pide Jesús para poder actuar. Empiezo a anhelar con locura todo aquello que siempre he querido, pero que no me atrevía por miedo. Suspiro por el bien, la felicidad, el amor, un mundo diferente, la eternidad... Ésta es la auténtica naturaleza de mi corazón: desear lo bueno.

 

Cortar los deseos, ahora, sería mi muerte. Tantos años luchando por acabar con ellos y ahora son los únicos que me dan vida. Son las manos que llegan donde las mías no alcanzan, las palabras que se oyen donde mi garganta no habla, el amor que acaricia allí donde el mío se repliega. ¡Qué gran libertad la del deseo! Nos convierte en gigantes, enormes, infinitos..., al hacernos ilimitadamente pequeños.

                         

A PRINCIPIOS DE OCTUBRE me comunican mi próxima incorporación al servicio activo en el Ministerio de Educación y Ciencia. El nuevo puesto de trabajo es bueno, he tenido mucha suerte. Pero también es bastante aburrido, poco creativo, por lo que tendré que cultivar mucho la paciencia.

 

            Experimento una libertad que nunca antes había conocido, ni incluso imaginado, al hacerlo todo por Cristo. Al salir el sol se han ido apagando otros astros que me tenían atrapado: los complejos, la timidez, la incertidumbre, los prejuicios; ceso de buscar recompensas, afectos... ¡Cómo perseguía antes la caricia de los demás!, el halago, el “lo has hecho muy bien”.

 

Ahora soy libre incluso para obedecer. Fui incapaz de seguir a mi maestro pensando que estaba equivocado. Era esclavo de mi iluminación. Pero Cristo me ha abierto las puertas de la obediencia recogiendo en sus manos “mi plenitud”, “mi vida”, haciéndolas suyas y estoy seguro que las conducirá a buen puerto.      

 

Al comienzo del curso escolar anuncian, en la parroquia, que se va a formar un grupo de catequesis para la confirmación de adultos, para las personas a las que se les ha pasado la edad habitual de recibirla. Me apunto y paso a engrosar el grupo de los miércoles. Al frente está un catequista seglar muy preparado, entregado y entusiasta. Somos seis jóvenes que más o menos, en algún momento, hemos dejado la práctica y que ahora volvemos a intentarlo.

 

            Es mi primer contacto con la iglesia de carne y hueso, fuera de los libros y de aquella imagen de cuando tenía doce años. Las cosas han cambiado mucho y es muy diferente a como me lo había imaginado. Todo es bastante abierto y normal.

 

            Se va acercando el momento y siento cada vez más la necesidad del Espíritu de Jesús que bajó sobre los apóstoles y los envió a todo el mundo: "Id a predicar la buena nueva". Me falta el impulso, el "id", el fuego sobre mi cabeza... No soy todavía capaz de expresar lo que vivo. Seguro que ese día se me abrirán la boca y el corazón.

 

            Aumenta la tensión y surge la pregunta: “¿Qué quieres de mí, Señor?” Y mi triste respuesta es que no te lo puedo dar todo como desearía. Está "esa intimidad" que me reservo siempre, que me guardo ante ti y ante mis hermanos. Ese pozo que para mí es más que la vida; un fondo que ni entrego, ni puedo hacer nada para compartirlo.

 

            Pero hoy lo veo claro, no es tan difícil ni imposible, al contrario, como casi todas las cosas, es muy fácil y sencillo. Tengo que pedirte -Jesús mío- que seas el "Buen Ladrón" que robes todo aquello que me reservo, que te apropies de mi orgullo, mi riqueza e incluso mi pobreza; que no dejes nada por insignificante que te parezca.

 

M

e gusta que esperes con alegría la confirmación y, sobre todo, con ilusión.

 

            Hoy me ha impresionado la fe de Abrahán: "Esperó contra toda esperanza". Decía un comentarista al respecto que Abrahán creyó en el futuro, pero que ahora Dios, ya ha actuado y nuestra certeza ha de ser que Dios obra y nos salva como lo hizo con Jesús.

 

Esto me cuesta. Muchas veces me pregunto: ¿cómo puedo saber que estoy salvada, viendo lo que hago, lo que soy, las limitaciones... ese sin fin de cosas que me desagradan de mi misma. Y ¿cómo crees que Dios me responde? Con un cuidado que te impresionaría conocer, con gran cariño como acariciándome continuamente.

 

            Esto es para decirte que seguro que llega el Espíritu Santo el día 9, para ambos, pero hay que tener los ojos claros como Simeón para verlo.

            Ya termino, que eleves tu corazón más arriba, mucho más arriba, hasta la inmensidad de Dios, y como un niño pequeño, quédate mirándole en silencio viendo como él te contempla con gran ternura.

 

            Es el día señalado: la fiesta de la Virgen de la Almudena y me invade la sensación de no haber llegado hasta el fondo del "asunto", pero el Señor me tiende un cable y me hace muy feliz.

 

            Fray Longinos ha venido de Silos y es mi padrino. Estamos casi todos: mamá, papá, María Jesús, algún tío y amigos. Pido a Dios que me inunde el Espíritu Santo y pueda expresar, compartir, predicar el Evangelio. Sólo falta tu presencia física, pero...

 

D

e la confirmación es mejor no hablar. Cada vez siento más impotencia para expresar con palabras el gran misterio de Dios. Únicamente te diré lo que escribí al Señor:

 

                                   "Ayer se confirmó Pedro, ¿qué puedo decir? Sólo gracias. Cada vez me gusta menos hablarte y más mirarte, Señor, y que nos mires. Gracias Madre".

 

                        Tengo delante tu carta. Dices que Jesús te quiere a "ti mismo" y así es, pero ¿para qué lo hace? Hay gente que continuamente piensa en lo que Dios pide, exige. A mí me parece que él nos da a raudales, como un pantano que se desborda y nos inunda. Pero ¡qué paradoja! ¡cuánto cuesta seguirle! En este ir tras Jesús, Pedro, hay que estar dispuesto a "derramar sangre". Santa Teresita decía una frase: "El amor de Jesús es un amor cuya paga son las lágrimas". Te confieso que en el año y medio en el monasterio he tenido días de increíble gozo, pero algún día, pocos, de algo indefinido entre angustia, soledad, tristeza, que creo, sin exagerar, que puede equipararse a la muerte y es que, en definitiva, alguien muere para que nazca Cristo.

 

            ¿Qué nos mantiene? Aquí veo que sólo Jesús y su Espíritu son capaces de hacer que le imitemos, esta obra no es empresa humana. Por eso espero con esa característica tan benedictina de "abrazarse a la paciencia" que pase la crisis y rápidamente vuelve la luz.

 

            Me da un poco de vergüenza decir que hay momentos malos, el Señor, que conoce mi debilidad, lo entenderá. Y me da apuro porque cada día le veo más cercano a mí; presiento en mí esa misteriosa providencia divina que me envuelve, cuida, protege, rodea y me conquista sonrisas. Sí, Pedro, le percibo llorando conmigo; riendo, trabajando, cansado y alegre, animado y abatido conmigo.

 

            Y ¿cómo entiendo la caridad? pues me he fijado en lo que dice Jesús en el evangelio de San Mateo: "Cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo" Es decir hay que poner en práctica los mil detalles que hacen felices a los demás: pequeños servicios, sonrisas, bromas, escucharles. Antes me costaba tener que salir al locutorio y si lo hacía me quedaba callada. Ahora voy a intentar pensar en cómo puedo hacer agradable el encuentro a todos, a veces será atendiendo y otras, hablando.

 

            Dices que hablaste con un monje: ¿qué tal? Casiano decía que sólo hay un camino de perdición para el cristiano: "Dejarse guiar por sus propios juicios". A mí me parece que es el punto más flojo que tengo: quiero hacer y deshacer según lo que me parece bien, pero la maestra de novicias dice que no me preocupe que con el tiempo uno aprende a ser humilde y a dejarse guiar.

 

           

E

rnestina, muchas felicidades en el primer aniversario de tu entrada en el noviciado.

 

Hoy te quiero contar algo que, últimamente, por los comentarios de todos, creo que nos falta. Es el considerarnos “sin derechos”, ya que actuamos como si tuviéramos muchos: en el trabajo, con los demás, con respecto a los políticos, con Dios... Pero si renunciamos a ellos todo se convierte en regalo, en donación. Así, media hora de oración puede ser una gracia maravillosa si partimos de cero o algo muy insatisfactorio si la comparo con los largos tiempos a los que estoy acostumbrado. No tener derechos es lo mejor para vivir la vida como algo maravilloso. Poder concentrarme, disfrutar de la palabra, celebrar la eucaristía todos los días, recibir una visita, levantarme por la mañana, un trozo de pan, descansar, lavarme, conversar, habitar en una casa, tener ropa con la que abrigarme, saber leer y escribir... Todo, a lo que no tenemos ningún derecho, son regalos preciosos de nuestro Padre.         

       

            Podrías alargarte un poco y contarme algo de este primer año de noviciado.

 

S

ólo unas líneas porque el resumir estos doce meses como monja es muy difícil. Voy cambiando mucho -creo-. Lógicamente al irse uno configurando con Cristo –intentándolo- todo se transforma.

 

            Me atrae, especialmente, Jesucristo en la cruz, paciente, silencioso y con la mirada perdida en Dios Padre, en el infinito. Es un poco la sensación de que estoy inmersa en un misterio -el de todo hombre-: que es la acción del Espíritu Santo sobre una naturaleza humana limitada y muy pobre.

 

            Cuando vas palpando tu debilidad y tus caídas se te van quitando esos ojos de “búho” que no parecen ver más que fallos en los otros.

 

            Vivo la tensión entre unos grandes anhelos por llegar a la unión con Dios y unas caídas continuas, un palpar que por mí parte casi siempre yerro.

 

            Me falla, creo, la oración en la acción. Divido: ahora a rezar, ahora actuar y este último lo suelo hacer por mi cuenta y a veces sale mal.

 

            Me está entusiasmando la "oración del corazón". Ahí veo un gran camino. Estoy decidida a seguirlo.

 

            Falta una hora para que empecemos un retiro para preparar la cuaresma. Aquí hacemos un programa personal y comunitario de "conversión". Aún no lo tengo pensado. Voy a centrarme principalmente en el campo de la alabanza, la caridad y el servicio. Me sería necesario aprender a vencerme en función de los demás.

             

M

uchas felicidades Pedro. Te escribo hoy que estamos de retiro esperando la venida del Espíritu Santo y vosotros estaréis por Egipto. Es la fiesta de la fuerza, la alegría, la energía, de ese torrente de gracia y amor que Jesucristo nos infunde con su aliento.

 

            ¡Qué grande es la gloria de Dios! Creo que lo más maravilloso de la vida del hombre es poder dedicarse a la alabanza divina.

 

En un encuentro con un grupo de Taizé nos pidieron que nos presentáramos y nos pilló de improviso. Yo dije que mi único motivo de vivir era alabar continuamente al Señor como los niños, desde mi pequeñez y mi sentirme necesitada. Desde ahí, le descubro grande y cercano, vuelto a mí como mano que me acaricia, me acompaña, me ama incomprensiblemente e incondicionalmente.

 

            Creo que puedo ahora confesarte algo que sé que te va emocionar. Durante ¡5 años! cada vez que me acercaba a la comunión y pensaba que era donde Jesús más me oía le decía: "Señor, Pedro no ha podido venir, está en Milán, Valencia, etc., pero yo vengo por él, tú sabes que te quiere" y me ponía a llorar. Creo que ya no se lo voy a decir más aunque tengo tanta costumbre que me sale solo. Ahora se lo dices tú mejor que yo.

 

            Los ejercicios anuales han sido preciosos, pero al final tuve un pequeño bache al sentir un gran cansancio -no físico- que me abatió. Hablé con la maestra de novicias y todo se solucionó.

 

            Ahora emprendo de nuevo el servicio con más brío. Dicen que de las crisis siempre sale uno mejor y lo he podido comprobar.

 

Q

uerida Ernestina, siento que no me puedo separarme ni un ápice de Jesús. Ni el silencio, ni la oración, ni la soledad, ni el desierto; en nada veo claridad, sólo en Jesús. Un punto de luz rodeado de oscuridad, que cuando te introduces en él resulta un estallido de fulgor impresionante, un universo de luminosidad. Pero es así siempre que permanezco pegado a él, sin moverme, sin intentar atrapar concepto o idea alguna; sin teorizar ni escoger una cualidad, por buena que sea, y hacer un tratado. Sólo adherido a Cristo, mis brazos coincidiendo con los suyos, los ojos fijos en el Padre como él los tiene, respirando con su misma cadencia. No puedo mirar a ningún sitio por puro y elevado que sea. Todo es oscuridad salvo él.

 

 Creo que a esto se puede referir cuando nos apremia a entrar por la “puerta estrecha”, es tan pequeña como lo es su propio cuerpo, todo lo demás, oscuro. Pero si penetras por ahí es tan luminoso que te deslumbras, y además, esa puerta no es rígida, ni está lejos; está en ti o eres tú.            Durante estos días he oído una voz que me decía: “Pedro, Pedro”. Y no he sabido muy bien qué responder. Pregunté: ¿Adónde? Y escuché de nuevo: “Pedro, Pedro”. Pensé que quizás no fuera buena respuesta y contesté eso de: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Pero seguí oyendo: “Pedro, Pedro”. A lo mejor, tampoco es correcto pedirle que hable y le dije: “Sí, hágase en mí según tu voluntad”. Pero continuó la voz: “Pedro, Pedro” Y creo que no quiere que le replique. En ese Pedro, Pedro, está quizás la clave. Es un Pedro con el que me llama de forma especial para que salga, que entre y no quiera atrapar.

 

 


Esta es la 3ª parte de la serie de post basada en los libros publicados por la monja de nuestro Monasterio Sor Ernestina y su hermano Pedro Álvarez  Tejerina. Este es otro fragmento de su primer libro, “Sólo Él. Viaje a la intimidad de una búsqueda de Dios” donde Pedro relata la dolorosa transición desde el budismo al cristianismo al tiempo que Ernestina tomaba los hábitos de monja.

 

Si quieres leer la primera parte PULSA AQUÍ

Y si quieres leer la segunda parte PULSA AQUÍ

 

 


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