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LOS MONJES Y LA CUARESMA

Hoy, Miércoles de Ceniza, entramos en el tiempo de Cuaresma. San Benito nos dice en su Regla que es un tiempo en que esperamos la Santa Pascua con un gozo lleno de anhelo espiritual (cap. 49).

 

Compartimos con Ustedes un comentario al capítulo 49 de la Regla sobre la observancia de la Cuaresma por un monje benedictino francés, Denis Huerre. Seguramente encontrarán alguna idea que les pueda ayudar en su camino cuaresmal. 


 

 

Nuestra vida de conversión es una especie de cuaresma permanente: nos sobrevienen sufrimientos físicos, tentaciones, épocas de aridez, dificultades en la vida de comunidad… Todo esto es signo y realidad del trabajo que se opera en nuestro interior. Para aprovecharlo, podemos seguir los principios que nos propone san Benito en los que interviene el concurso de nuestra voluntad: “Ofrezca voluntariamente”, dice el texto. Contamos sobre todo con la gracia del Espíritu Santo cuya presencia es fuente de alegría y de paz; podemos contar también con el abad que nos presta su ayuda si se la pedimos y nos acompaña con la palabra y la oración.

 

Lo que nos propone la Regla al decir que guardemos la propia vida en toda su pureza, significa vivir con y para el Señor. Todo esfuerzo por adquirir la pureza y toda abnegación propia sin referencia a la Persona de Jesucristo, acabarían decepcionándonos, pues la cruz no es un valor en sí misma, sino que lo es porque Cristo subió a ella y si la abrazamos generosamente lo hallaremos a Él y con Él nos mantendremos.

 

Es muy importante que nuestro encuentro con la cruz tenga algo de espontáneo: “¡Oh buena cruz, tanto tiempo deseada!”, cantamos en el oficio de san Andrés. Debemos desearla porque el amor a la cruz brota del amor a Jesucristo crucificado, del anhelo de superarnos para encontrarle, de la voluntad de unirnos a Él en la reparación.

 

La idea que domina este capítulo es la Santa Pascua. San Benito la pone en estrecha relación con la penitencia cuaresmal que es participación de la que Jesucristo hizo en nombre nuestro, diciendo aquel “sí” al Padre, que iba cargado de todos los “no” de los hombres. Es un gran misterio que la salvación se verificase precisamente en el momento en que, por la muerte, la Palabra de Dios se redujo al silencio a fin de restablecer la conversación entre Dios y los hombres. La meditación de este misterio nos da la norma de la penitencia cristiana que es una inversión absoluta de valores: “Quien gana su vida, la pierde; quien la pierde a causa de mí y del Evangelio, la halla para la vida eterna”.

 

Y todo lo que voluntariamente ofrezcamos a Dios, se lo ofrecemos con gozo del Espíritu Santo. Es la alegría de la conversión: alegría del cielo cuando un pecador se convierte, alegría profunda que se experimenta cuando se da la preferencia a Dios, alegría inmensa cuando un hermano se convierte. Todos estamos llamados a experimentarla en ciertos momentos.

 

La intención de San Benito al prescribir unas normas de ascesis es aligerar el cuerpo para que no oprima al alma, darle lo necesario, pero no más; sabemos que el cuerpo siempre reclama incluso aquello de que puede prescindir. Por otra parte, no se trata de oprimir a la naturaleza, sino que se le ha de procurar una libertad interior y así, llevando la propia carga a medida de sus fuerzas y de su generosidad, ayuda a la fidelidad de sus hermanos para correr todos juntos hacia la gozosa Pascua. San Benito invita finalmente a cada uno a hacerse un programa, a prever algunas renuncias. Mas éstas sólo tendrás valor con la bendición del Padre espiritual.

 

 

Demos gracias a Dios por esta invitación que nos dirige a superarnos, a dejarnos desapropiar de nosotros mismos. Cuanto más fieles seamos, más descubriremos la verdadera felicidad. 

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