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PEREGRINO AL INTERIOR DEL CORAZÓN 10

En el capítulo anterior del libro que estamos compartiendo, Peregrino al interior del corazón, se nos invitaba a buscar nuestro Ser profundo.  

 

Lo primero, con lo que nos tropezamos en esta búsqueda, es nuestro "yo superficial".

 

Después aparece otra faceta de nuestra personalidad, el "super-yo". De él nos hablan hoy sor Ernestina y su hermano Pedro. 

EL YO “SUPER”

 

“Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás tus manos, y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras”(Jn 21,18).

 

Una vez que hemos logrado silenciar nuestro ser más superficial, aparece otro personaje que también siempre está con nosotros y al que podemos referirnos familiarmente como: “yo titánico”, “yo esforzado”, o el más común de super-yo.

 

Le utilizamos en el proceso natural de crecimiento fisiológico, de maduración, y nos sirve para tener éxito en las relaciones sociales y profesionales, para conseguir las metas que el entorno y nosotros nos imponemos.

 

Lo podemos reconocer como una voz de fondo que continuamente nos exige: ¡tienes que lograrlo!, ¡debes luchar!, ¡nada es fácil!, ¡tienes que ser más!, ¡tú solo puedes!... Para unos tendrá un timbre de voz parecido al de sus padres, para otros, al del jefe de la oficina, al sacerdote, al gobernante o al de dios...

 

Nuestra civilización occidental ha impuesto, como paladín del progreso, la idea de la competitividad. Se ha introducido en nuestra manera de ser de tal forma que es muy difícil encontrar esferas de la vida, sociedad e incluso de la religión, donde no se la alabe, acepte, asuma totalmente y se la considere incuestionable.

 

Competimos en el trabajo, en la familia, la iglesia; pero también en el ocio, en el servicio a los demás, al peregrinar... Así es frecuente escuchar, en las conversaciones de los peregrinos a Santiago, alardear de los kilómetros realizados y de la resistencia física demostrada.

 

Tendremos que intentar desentrañar qué se esconde detrás de esta actitud tan generalizada.

 

En su fondo late una visión de la vida y del entorno poco propicia a nuestra felicidad, donde es necesario el esfuerzo, incluso el “robo” de lo que precisamos para desarrollarnos. Nos sentimos en conflicto con el medio, con los otros seres, e incluso con Dios. Si nosotros y el creador no vamos en la misma sintonía, nuestras expectativas cuestionan la existencia y autoridad de Dios y viceversa. O es el hombre y no hay Dios, o es Dios y el hombre casi no tiene sentido, pero ser hombre con Dios... ¡qué difícil y necesario!

 

Este “hombre sin Dios” se condena a llevar todo el peso del mundo sobre sus débiles hombros y ello no corresponde a un castigo divino, sino es la consecuencia de su actitud vital, del ciego seguimiento del super-yo.

 

Así le ocurrió al titán Atlas, ser de la mitología griega que personifica ese comportamiento y simboliza la capacidad de lucha, la necesidad de hacerse a uno mismo.

 

Su historia comienza cuando Zeus y otros dioses olímpicos se rebelaron contra su padre Crono, que era el dios del universo. Atlas encabezó el ejército de los Titanes y salió en su defensa. La guerra llamada Titanomaquia fue larga y cruel. Vencieron los dioses olímpicos y Atlas fue condenado a sostener la bóveda del cielo sobre sus hombros. Esta es la afección que también nosotros podemos sufrir si nos hacemos esclavos del “yo titánico”.

 

Este “personaje”, que siempre nos está exigiendo y quiere ser nuestro dios, tiene sus cimientos de barro, no se hunde en la realidad de nuestra limitación de criatura, sino que, alzándose sobre sus pies de arcilla –su mentira de omnipotencia-, quiere robar el cielo, luchar y suplantar a Dios. Esto fue lo que hizo otro famoso Titán, hermano de Atlas e hijo de Jápeto: Prometeo.

 

Prometeo contempla cómo todos los animales se encuentran armoniosamente equipados para vivir y el hombre, en cambio, desnudo, sin calzado, sin abrigo e inerme. Ante la imposibilidad de encontrar un medio de salvación para éste, Prometeo roba a los dioses la sabiduría de las Artes junto con el Fuego y se los ofrece, como regalo, al ser humano. Mediante este presente el hombre participa de una porción divina y es el único de los animales que reconoce a los dioses.

 

Pero Prometeo no pudo robar el arte de la política en poder de Zeus y así los hombres no eran capaces de vivir juntos ni luchar en común contra las fieras, por lo que Zeus, temiendo que nuestra especie quedara exterminada, otorgó a todos los hombres el Poder y la Justicia.

 

Este regalo de Zeus cuestiona el robo de Prometeo, su actitud desconfiada con los dioses. ¿No hubiera sido mejor pedir lo que los hombres necesitaban? ¿Confiar en la “misericordia” y “amor” de Zeus?

 

Prometeo siente que tiene que robar la felicidad, que nadie se la va a regalar, solo es capaz de ver, por su actitud desconfiada, el conflicto entre animales, hombres, titanes y dioses. La historia termina con la moraleja de su ejemplar castigo –que nos puede servir de advertencia-, atado a una roca del Cáucaso es cada día visitado por los buitres que le devoran el hígado.

 

¿Por qué este “yo titánico” se encuentra siempre activo, ordenando, proyectando?, nos podemos preguntar. Porque la justificación de su existencia no radica en su ser, sino en la lucha. Tiene que ganarse su derecho a vivir, hacer méritos. El sentido de la vida le viene de las acciones que realiza, de la aceptación social, de los otros, por esto es un incansable titán, intentando calmar siempre el fuego que le atormenta y no quiere reconocer.

 

Es el gran fugitivo, huyendo del sin sentido que le amenaza a cada paso, sin querer saber nada del ser interior, proyectándose cada vez más en los trabajos que realiza y en la alabanza que recibe de los otros. Buscará su centro en cualquier cosa que no sea él mismo.

 

Hemos construido un mundo triunfando y nos creemos dioses, pero, al identificarnos tanto con el “super-yo”, hemos ahogado, casi aniquilado, otro ser más profundo y auténtico: el de criatura, ser necesitado, confiado, fraterno, con dudas y miedos ante el misterio; pero totalmente justificado, salvado gratuitamente sin necesidad de hacer, robar, luchar... Amado porque sí, porque el ser se justifica a sí mismo sin más, porque Dios así lo quiere.

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