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PEREGRINO AL INTERIOR DEL CORAZÓN 11

Seguimos leyendo el libro Peregrino al interior del corazón de sor Ernestina y su hermano Pedro.

 

Continuamos con el tema del capítulo anterior en que tratamos cómo caminar hacia nuestro profundo.  Nos encontraremos con nuestro "yo superficial" y "super-yo" que tendremos que vencer para ir por el camino de Jesús - de humildad, sencillez y confianza en el Padre.

EL "YO - SUPER" continuación

 

El yo-super no se deja destronar fácilmente, ante cualquier puesta en cuestión de su omnipotencia, responde produciéndonos una angustia que nos hace retroceder en el camino a lo profundo del ser.

 

Esta angustia existencial es el “precio” que tenemos que pagar por aceptarnos como criaturas, escuchar lo que llevamos dentro, acoger la creación y nuestras vidas como regalo y no como conquista.

 

Lo más curioso es que la ansiedad que se produce al desmontar este yo-titánico es el camino para llegar a nuestro verdadero ser. Porque solo una correcta percepción de nuestro derecho a la existencia, va a eliminar para siempre esta angustia.

 

Sabernos salvados, justificados, amados, independientemente de acciones, creencias, cumplimientos..., nos va a proporcionar el punto de apoyo para construir una vida auténtica. La fe es lo único que puede curarnos de la angustia que produce la limitación humana.

 

Podemos aprender a superarlo de la mano de Francisco de Asís que, al final de su vida, se tiene que desprender, de forma trágica, de ese tiránico yo que le separa de los hermanos, le hunde en la depresión y le impide ser totalmente de Dios.

 

Éloi Leclerc en su obra: “El sol sale sobre Asís, relata, de manera admirable, la profunda crisis que sufrió el santo.

 

Francisco siente peligrar toda “su obra” (super-yo) debido, en gran parte, al éxito de la misma y a la aparición de miles de hermanos que quieren vivir como él. Le parece que los nuevos líderes se apartan del espíritu originario:“¿Quiénes son esos que me han arrebatado de las manos la Religión mía y de los hermanos?”.

 

Muy enfermo, casi ciego y turbado espiritualmente, dimite como ministro general y se retira a la soledad de una ermita para ocultarse.

 

Allí le espera la tentación de encerrarse, separarse de los “impuros”, aislarse, querer subir solo a Dios (super-yo); pero también le aguarda el Señor que le llama a una purificación extrema: “Tenía que despojarse de “su obra” para llegar a ser él mismo la obra de Dios”.

 

Francisco sufre con gran sensibilidad esta lucha entre su ansía de fraternidad universal y sin límite (ser interior) y la preocupación por la “obra”, por él iniciada, que siente en peligro. La tensión llega a su culmen y Francisco, mediante un gran salto, se lanza al abismo de Dios: “Dios es y eso basta”.

 

Una vez que se abandona en las manos de Dios y deja su obra y su “yo”, es inundado de un amor gratuito que le lleva, de nuevo y con más fervor, hacia sus hermanos y la creación. Ya nada podrá hacer que se repliegue sobre sí mismo, ni las preocupaciones por la perfección personal, ni el éxito pastoral de la misión, nada... Se convierte de esta forma paradójica en el icono de la obra que Dios le inspiró: “Don entero de sí sin reserva; pobreza y sencillez perfecta”.

 

Esta experiencia de inmensa paz y fraternidad universal, la plasma Francisco en su conocido “Cántico de las criaturas”, donde todo encuentra su sentido en la alabanza de Dios.

 

Antes tuvo que desprenderse de ese ser “titánico” en que se había convertido sin casi darse cuenta y que le obligaba a cargar con el peso del mundo –de su obra- sobre sus hombros.

 

Por la experiencia de purificación de Francisco tendremos que pasar muchos de nosotros, ya que muchas veces creyendo obedecer la voz de Dios, seguimos la del super-yo y solo el encuentro real con el Señor podrá desenmascararlo.

 

Existe un salmo, el 130, que nos puede ayudar a deshacernos de ese ser soberbio. Es una experiencia llena de abandono y confianza en una presencia que se puede considerar maternal por sus tintes de ternura y que nos recuerda la íntima relación de seguridad del niño con su madre en los primeros años de la vida. Se puede encuadrar dentro de lo que se ha llamado la “infancia espiritual” y su meditación es una invitación constante para que emerja nuestro ser. Dice así:

 

“No está inflado, Yahveh, mi corazón,

ni mis ojos subidos.

No he tomado un camino de grandezas

ni de prodigios que me vienen anchos.

No, mantengo mi alma en paz y silencio

como niño destetado en el regazo de su madre.

¡Como niño destetado está mi alma en mí!

 

¡Espere, Israel, en Yahveh

desde ahora y por siempre!”

 

            Se considera este salmo como un resumen y adelanto de la enseñanza de Jesús y su predicación por las ciudades de Galilea: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”(Mt 11,28.).

 

Capítulos anteriores

Nuevo libro de sor Ernestina y su hermano Pedro. ¡Ya está en las librerías!

Por tanto, hermanos, si deseamos alcanzar la cumbre de la más alta humildad y queremos llegar velozmente a ella preciso es que levantemos por el movimiento ascendente de nuestros actos aquel camino en el que por la altivez se baja y por la humildad se sube. Ese camino es nuestra vida en este mundo que el Señor levantará hasta el cielo cuando el corazón se haya humillado.

 

(Regla de San Benito)



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