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PEREGRINO AL INTERIOR DEL CORAZÓN 13

Continuamos la parte del libro dedicada al Acompañamiento. En el último capítulo se nos ofrecían unos párrafos del libro Peregrino ruso sobre la Oración de Jesús.

 

Esta oración, muy querida en la tradición monástica, la seguimos practicando los monjes y las monjas, además de otras personas, que buscan una mayor interioridad y una relación profunda e íntima con Dios. 

 

Aunque no practiquen la Oración de Jesús, el capítulo nos ofrecía ciertas ayudas para  nuestro camino de profundización sobre uno mismo.

 

En el presente capítulo se saca de este libro del Peregrino ruso ya un método concreto y muy importante en el viaje al interior del corazón y es el acompañamiento. Siempre se necesita una persona que tiene más experiencia de vida y nos puede orientar.


A lo mejor esta experiencia nos puede parecer muy lejos de nuestras posibilidades y expectativas, pero tomemos de este relato lo que nos sea útil para caminar y lo otro, dejémoslo en la consciencia, por si algún día lo necesitamos.

 

Parece muy acertada su recomendación de que, en la práctica de la oración, en el viaje a nuestro ser interior, nos es imprescindible contar con algunas ayudas para no perdernos y llegar al destino que nos hemos propuesto.

 

 El peregrino ruso nos advierte del peligro de enredarnos en las ilusiones del intelecto y no avanzar hacia la verdad. Nos aconseja la necesidad de un guía espiritual para comenzar esta peregrinación, un starets, un abba, una persona que haya realizado el camino y conozca los peligros, los desvíos más corrientes, las paradas necesarias..., y que, lleno de compasión, acepte acompañarnos. Sin guía, estamos a merced de todas las ilusiones de la mente.

 

Hoy día la autosuficiencia se ha impuesto. Muchos nos consideramos autodidactas, lo sabemos “casi todo” y hablamos más de la particularidad de cada uno que de la necesidad de acompañamiento y ayuda. Y aunque aceptemos el consejo de alguien, siempre nos encontramos un paso atrás, revisando con minuciosidad cualquier advertencia. Es difícil la entrega valiente, generosa y confiada en la prudencia y amor de otra persona.

 

En vivo contraste con esta actitud, la relación del peregrino ruso con su starets es tan fuerte que incluso después de la muerte del maestro, su enseñanza aparece constantemente en su vida.

 

 Hay muchas tradiciones religiosas que establecen como imprescindible esta necesidad de guía espiritual. Es frecuente en el mundo oriental: budismo, zen, yoga..., pero también es una constante en el mundo monástico occidental.

 

Los que acudían al desierto para ser monjes sabían que allí la vida era difícil y peligrosa, uno podía encontrarse o perderse. Por esa razón, buscaban un maestro que hubiera andado, antes que ellos, el camino.

 

La comunión que establecían con el padre espiritual era extraordinariamente íntima. No se trataba de una enseñanza doctrinal, sino de compartir la vida. El maestro utilizaba el día a día para extraer una sabiduría que orientaba a su discípulo. Éste obedecía, escuchaba con gusto, porque comprobaba, por experiencia personal, que lo que le mostraba era la verdad que él buscaba. Era una relación de mucha libertad por parte de ambos. El discípulo acudía cuando lo necesitaba y partía cuando lo deseaba para buscar otro padre espiritual.

 

En los Apotegmas de los Padres del desierto tenemos muestras muy expresivas de su insistencia en el acompañamiento:

 

“Si quieres ser humilde de verdad, aprende a soportar virilmente lo que otro te impone” (Abad Serapión).

 

“Si puede ser, el monje debe declarar a los ancianos los pasos que da y los vasos de agua que bebe en su celda, para que no se desvíe” (Abad Antonio).

 

“De ninguno se alegra tanto el enemigo como de aquel que no quiere manifestar sus pensamientos” (Abad Pastor).

 

“El hombre soberbio no necesita otro demonio” (San Juan Clímaco).

           

 San Benito, conocedor de los desvíos a los que había dado lugar la falta de maestros y guías auténticos, recoge toda la tradición de los antiguos Padres. En su regla, establece, como quinto grado de humildad, la apertura del corazón al abad o a los ancianos espirituales: “No esconder, sino manifestar humildemente a su abad todos los malos pensamientos que vienen al corazón de uno y las faltas cometidas secretamente” (RB 7, 44).

 

En otros capítulos vuelve sobre el mismo tema, lo que nos da idea de la importancia que le atribuye. “Estrellar inmediatamente contra Cristo los malos pensamientos que vienen al corazón y manifestarlos al anciano espiritual” (RB 4, 50), “Si se trata de un pecado oculto del alma, lo manifestará tan solo al Abad o a los ancianos espirituales que sepan curar las propias heridas y las ajenas, no descubrirlas y publicarlas” (RB 46, 5).

 

 Cuando habla de la observancia de la Cuaresma no olvida recordar al monje que: “Todo aquello que cada uno ofrezca propóngalo antes al Abad y hágase con su beneplácito y consentimiento; porque lo que se hace sin el beneplácito del padre espiritual se considerará como presunción y vanagloria, no como digno de recompensa. Por tanto, todo debe hacerse con el consentimiento del Abad” (RB 49, 8-10).

 

La “apertura del corazón” a la que nos invitan, se fundamenta en la confianza en la mediación humana, en la capacidad de la palabra del hermano para ayudarnos a discernir nuestro camino y en la humildad que nos permite abrirnos de par en par al otro con franqueza y sencillez de espíritu.

 

En la Biblia, también, tenemos un ejemplo de este acompañamiento y amistad que, leído detenidamente, nos cautiva. Se trata del libro de Tobías.

 

Tobit, el padre de Tobías, se queda ciego y se acuerda de un dinero, diez talentos de plata -una fortuna-, que había dejado en depósito a Gabael en Ragués de Media. Decide mandar a su hijo para recuperarlo.

 

Tobías le responde: “Haré cuanto me mandas, padre. Pero, ¿cómo podré recuperar el depósito? Ni él me conoce a mí ni yo a él [...]. Por otra parte, desconozco la ruta que conduce a Media”.

 

Tobit indica su hijo Tobías: “Él me dio un recibo y yo a él otro; lo partí en dos, tomé una parte y dejé la otra con el dinero [...]. Ahora hijo, busca un hombre de confianza para que vaya contigo”.

 

Salió Tobías a buscar un hombre que conociera la ruta y fuera con él a Media (Tob 5, 1-4).

 

Es muy interesante seguir el diálogo que tiene Tobías con el hombre que encuentra. Lo primero que le pregunta es: “¿Conoces la ruta de Media?”. Respondió: “Sí, he estado allí muchas veces y conozco al detalle todos los caminos” (Tob 5, 5-6).

 

Tobías quiere entonces presentárselo a su padre y éste le dice: “Mi hijo quiere ir a Media. ¿Puedes ir con él y servirle de guía? [...]” Él respondió: “Puedo ir con él, pues conozco al detalle todos los caminos y he viajado a Media con frecuencia; he recorrido todos sus llanos y sus montes y tengo conocimiento de todas sus rutas” (Tob 5, 10) .

 

Puedes continuar la lectura del Libro de Tobías para seguir la interesante historia del viaje a Media de Tobías y su acompañante.

 

Por otra parte, no queda nada más que añadir, simplemente desearte, querido peregrino que encuentres tú también un guía que conozca perfectamente el camino y te facilite el viaje y te devuelva sano y feliz a tu casa.

 

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