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PEREGRINO AL INTERIOR DEL CORAZÓN 14

SEXTA ETAPA: LA ENERGÍA

 

Por eso te digo que quedan perdonados

sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor.

A quien poco se le perdona, poco amor muestra. (Lc, 7, 47)

 

            Para llegar a nuestra meta necesitamos gran cantidad de energía. Hoy se encuentran de moda ciertos preparados alimenticios que proporcionan un suplemento calórico para realizar actividades de esfuerzo. Pues muchísima más fuerza precisamos para llevar a buen puerto nuestra aventura.

 

¿De dónde podemos extraerla? En nuestro peregrinaje solo tenemos lo que somos, por eso poseemos en nuestro interior unas potentes fuentes de energía que a veces no utilizamos:  la insatisfacción que sentimos, la necesidad de encontrar respuestas a los interrogantes de la vida, la angustia que nos produce la limitación humana...

 

Para ponernos en marcha nos hace falta algo que “arranque” nuestro vehículo y nos haga salir de la inercia de la existencia diaria. Esta “chispa” la puede producir una fuerte crisis vital -como la que le sobrevino a Buda al contemplar la enfermedad, la vejez y la muerte de sus semejantes-, o el dolor que aparece en muchas circunstancias de la vida o la necesidad de dar sentido a lo que nos ocurre.

 

En el viaje a la profundidad de nuestro yo, van a aparecer multitud de heridas, pulsiones, traumas…, que tenemos encerradas en los entramados de nuestra personalidad. Ellas son las responsables de que gastemos inútilmente nuestras energías combatiéndolas o, por el contrario, abandonemos la búsqueda espiritual por el miedo que nos produce su aparición.

 

La sabiduría consiste en aprender a reconciliarnos con todo este mundo oscuro y desconocido y convertirlo en el “combustible” que, una vez quemado, nos proporcione el empuje necesario para seguir. No hay que asustarse, cuanto mayor sea el “hielo” que encontremos dentro, mayor será el agua de vida que se producirá una vez transformado y derretido.     

 

En este sentido, debemos considerar el pecado, más que como una mera trasgresión de una norma moral general, como el síntoma más claro de nuestra incorrecta ubicación respecto a Dios y a los hermanos, una falsa percepción de nuestra naturaleza. En muchos casos, los más graves, conduce a un “desesperar de sí mismo” por una equivocada relación con la creación y el creador.

 

La voluntad humana resulta impotente para solucionar la “situación relacional” deformada del hombre. Debemos realizar un gran esfuerzo y penetrar en las causas del pecado, de la enfermedad de nuestro “yo”. Podemos recordar las realistas palabras de Pablo de Tarso: “Hago el mal que no quiero”.

 

Jesús y la Iglesia primitiva unieron, en gran medida, el perdón de los pecados con la sanación integral de la persona y la idea de infracción de una norma moral estaba poco esbozada. Ejemplos de esto lo tenemos en algunos de los relatos de curaciones que realizó Jesús:

 

“Subiendo a la barca, pasó a la otra orilla y vino a su ciudad. En esto le trajeron un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de ellos dijo al paralítico: “¡Ánimo!, hijo tus pecados te son perdonados.” Pero he aquí que algunos escribas dijeron para sí: “Éste está blasfemando”. Jesús conociendo sus pensamientos dijo: “¿Qué es más fácil decir: Tus pecados te son perdonados o decir: levántate y anda?”      Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados -dice entonces al paralítico-: “Levántate, toma tu camilla y vete a casa” (Mt 9, 1-7).

 

“Entró de nuevo en la sinagoga y había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle. Dice al hombre que tenía la mano seca: “Levántate ahí en medio.” Y les dice: “¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?” Pero ellos callaban. Entonces mirándolos con ira, apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: “Extiende la mano. “Él la extendió y quedó restablecida su mano” (Mc 3, 1-5).

 

“En esto, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto. Pues se decía para sí: “Con solo tocar su manto me salvaré.” Jesús se volvió y, al verla, le dijo:”¡Ánimo!, hija, tu fe te ha salvado.” Y se curó la mujer desde aquel momento” (Mt, 9, 20-22).

 

Hoy parece que el campo de la curación ha pasado, en exclusividad, a las manos de los terapeutas y la Iglesia se ha quedado relegada. Esta división no es correcta e impide el restablecimiento integral del ser humano, ya que el terapeuta no va a saber colocar al “yo” en el lugar que le corresponde en relación con su creador.

 

En nuestro caminar tendremos que desentrañar las causas del pecado, conocer nuestras pasiones, pulsiones, arquetipos, traumas y represiones, para curarlos. Estas “heridas” son las nos hacen ver claramente la necesidad de aceptar la gracia de Dios sin la cual, cualquier “cumplimiento” es imposible o es una mera coacción que a la larga nos puede conducir a la enfermedad.

 

Veamos algunas vivencias de pecado y como en la “virtud” se puede esconder mucho orgullo, angustia ante la caída y poco amor a Dios.

 

CONTINUARÁ


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