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PEREGRINO AL INTERIOR DEL CORAZÓN 15

Seguimos leyendo el libro "Peregrino al interior del corazón", escrito por sor Ernestina, monja de nuestro Monasterio, y su hermano Pedro. 

 

La semana pasada hemos empezado la Sexta etapa, titulada "Energía".

Esta energía para seguir en el camino hacia nuestro ser profundo nos viene de la insatisfacción que sentimos, de la necesidad de encontrar respuestas a los interrogantes de la vida, de la angustia que nos produce la limitación humana, etc. Se trata se reconciliarnos con el mundo oscuro que tenemos dentro.

 

Este conocimiento y aceptación de uno mismo es la principal tarea de un monje o una monja. Sólo desde allí nos podemos relacionar en verdad con Dios. 

Sin embargo, creemos que esta tarea es necesaria para todo cristiano que quiere crecer en su dimensión humana y su vida espiritual.


Etapa sexta: "Energía" continuación

Veamos algunas vivencias de pecado y como en la “virtud” se puede esconder mucho orgullo, angustia ante la caída y poco amor a Dios.

 

13 de febrero: Hoy me venció una sensación perversa, una violenta pasión –ira, celos, deseo, ¡qué más da el nombre! -, me invadió y salió a borbotones. Me resistí, pero estaba derrotado. Y surgió está oración: “Jesús, hijo de Dios, ten piedad de nosotros”. Era lo único que podía repetir, como el publicano, sin fuerza para levantar los ojos. Estuve luchando, rogando... Al final sucumbí, pero no apareció el miedo al Señor. Él había caído conmigo, habíamos perdido los dos, mejor dicho, la humanidad, pues era una derrota de todos. Sí, éramos todos los que luchábamos y los que, en cierto modo, perdimos; pero no..., ¡qué digo!, nada puede apartarnos del amor de Jesús. Me levanté y renací más humilde, confiado en la fuerza de Dios, rogante, cálido, ilusionado, compasivo, sabedor de mi nada. El pecado es nuestro enemigo, pero el peor es el de la distancia, del orgullo, de "solos podemos". La debilidad nos acerca más a nuestro verdadero ser. Roger Garaudí decía que lo único que sabía de Jesús, a ciencia cierta, era que siempre brindaba una nueva oportunidad; que nunca quebraba la caña vacilante ni apagaba el último rescoldo.

 

Unos días más tarde: Ayer, tuve que tomar una decisión y hoy estoy preocupado. ¿Por qué me trastorna este asunto?, quizás porque dije que hicieran lo que quisieran y temo que la responsabilidad sea mía. ¿Es por miedo a ofender a Dios, o lo que creo más posible, por una visión legalista del pecado? Me parece que tengo un conocimiento de Dios muy primitivo: me asusta.

¿Qué tengo que hacer: ¿perdonar, imponerme...? Después de dos días de meditación y oración, aunque escuchaba una voz interior clara, rápidamente surgían otras contrarias... angustia... miedo. Parecía que no te conocía, me infundías pavor. Sí, te veía exigente: ¿y la rectitud?, ¿y la ley? Se habían evaporado la confianza y el conocimiento. Nuestra relación estaba ahora transida de distancia. Algo parecido nos pasa en los enfados: una buena amistad de muchos años es rota un día por una discusión insignificante y después te miras como si no te conocieses. Así me pasaba contigo.

Fue al ir a reconciliarme con la humildad de pedir consejo y de que me guiaras cuando... el sacerdote muy cariñoso dijo: “Dios nunca nos abandona somos nosotros, cuando tenemos algún problema, los que ponemos una barrera, nos encerramos en ella y nos quejamos de que no nos ayuda. Casi siempre reaccionamos, al contrario, cuando más necesitados nos encontramos, más nos enclaustramos en nosotros..."

¡Qué ganas de gritar de alegría, de paz! ¡Qué tonto! Pero si me había olvidado de cómo eres. Se había apoderado la ley, la justicia y encerrado ahí estaba ahogando el amor, la cercanía. Es increíble, pero el "Dios justiciero", "con el que tienes que medir tus pasos para acertar o no", ese Dios volvió a mí con una inusitada fuerza, se apoderó y me hizo sufrir. Fue un grito a Jesús, para que me abriese el corazón, lo que me salvó y me impulsa a amar a todos mis compañeros.

 

El pecado, que en principio es un bloqueo en el camino, bien entendido, se transforma en una fuerza que nos echa en los brazos de Dios. Esta necesidad de gracia es la que late en la imagen del “pecado original”. No se trata de algo que cometieron nuestros padres o la sociedad, sino que nuestra naturaleza se haya necesitada de liberación, redención.

 

El reconocimiento de esta carencia en nuestra respuesta a la amistad con Dios, junto con la aceptación de nuestras “heridas”, nos van a proporcionar la energía suficiente para llegar a la meta.

 

Esta reconciliación con nuestras esferas más instintivas y primitivas solo es posible desde una correcta y equilibrada posición de nuestro “yo”. Este tiene que encontrar su centro y situarse equidistante entre sus deseos infinitos de ser omnipotente, dios, y su realidad finita de criatura.

 

En este trabajo de aceptarnos, de mantenernos en el centro de la bipolaridad de la existencia humana, nos acecha un peligro, querer aliviar la tensión eliminando alguno de los polos y solucionando el problema en falso. Así el conflicto se termina si, aunque solo sea inconscientemente, nos convertimos en Dios. Cargamos con el peso del mundo en nuestros hombros, nos hacemos “imprescindibles”, desplegamos una gran actividad “necesaria” y encontramos la justificación de nuestras vidas en ser “omnipotentes”.

 

Otros caracteres se verán más inclinados, no tanto a convertirse ellos en Dios, como a poner su fe y confianza en otras personas, cosas, ídolos…

 

En ambos casos se rebaja la tensión, pero no se soluciona, porque ni nosotros somos Dios y tarde o temprano nos abrumará el insoportable peso del mundo; ni nadie, por bueno que sea y por mucho que le queramos, puede hacer las veces de Dios, ya que nos terminará defraudando y entonces la angustia emergerá con mayor virulencia.

 

Existe otro par de opuestos muy importante en la vida afectiva y lo encontramos en la relación que se establece entre nuestro “yo” y los “demás”. Este conflicto, como el anterior, también lo podemos resolver en falso eliminando alguno de los términos. Así, podemos diluirnos, perdernos, solo pensar en el “otro”, porque en el fondo no creemos que tengamos justificación de existir en nosotros mismos; o suprimimos a los “demás”, porque solo existe mi mismidad, mi yo, y el resto, el mundo, es únicamente producto de mi mente.

 

 Ambos reduccionismos no nos van a ayudar a caminar, a situarnos justo en el centro de todas las tensiones. Porque, lo queramos o no, existimos y Dios nos justifica y nos ama; pero también salva, ama y justifica a los “otros”.

 

 Tenemos que ser valientes, aceptar la angustia connatural a nuestra naturaleza y mantener, durante toda la trayectoria, la tensión entre los polos, sin eliminar ninguno, intentando llegar a una síntesis. Para ello es necesario encontrar el sentido de nuestra vida en el amor de Dios y de los hermanos.

 

Solo un correcto posicionamiento respecto a Dios y a los “otros” fundirá toda la angustia acumulada y nos proporcionará la energía que necesitamos para caminar. 

 


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