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PEREGRINO AL INTERIOR DEL CORAZÓN 19

Continuamos la lectura del "Peregrino al interior del corazón", libro de sor Ernestina y su hermano Pedro Álvarez Tejerina.

 

Nos están presentando los peligros que nos podemos encontrar en el camino hacia nuestro ser profundo. Después de las tentaciones y los entretenimientos viene el peligro del Ego espiritualizado.

 

Ya san Benito en la Regla dice a sus monjes en el capítulo IV: "No desear que le llamen a uno santo antes de serlo, sino primero serlo, para que se le pueda llamar con verdad".

 

Fácilmente podemos caer en este peligro de creernos ya perfectos, de no necesitar más el camino de la conversión, de haber llegado ya a la meta...


EL EGO ESPIRITUALIZADO

Aumentan en las grandes ciudades centros de ocio, gimnasios, balnearios, que nos proporcionan toda suerte de chorros, burbujas, duchas aromáticas, para restaurarnos y poder seguir con el ritmo frenético de vida.

 

 ¿Cuáles son los “paraísos artificiales” de los buscadores? Porque también los hay y ¡muy peligrosos! Son todas esas percepciones muy agradables que nos pueden inducir a creer que ya hemos llegado a la meta, cuando la verdad es que nunca hemos estado tan alejados.

 

Sensaciones de beatitud, ensimismamiento, “ya lo he encontrado”, “autosuficiencia”, “no necesito a nadie”, “estoy por encima de…”, “he encontrado la clave”, “no necesito más...”.

 

Cualquier paraíso que creamos haber encontrado y no tenga como fundamento el dolor de la humanidad y el nuestro propio, es artificial y un gran peligro para seguir avanzando y llegar al núcleo, la auténtica dicha: la compasión.

 

En el budismo Zen hay una célebre enseñanza en la que el maestro nos exhorta a que cuando aparezcan en nuestra meditación o vida los demonios, los ahuyentemos con cien fuertes bastonazos, pero cuando llegue el Buda, la “beatitud”, hagamos lo mismo.  

 

A veces utilizamos la búsqueda para huir de los “demonios” particulares y, cuando aparece un poco de paz, nos detenemos y dejamos de indagar; éste es el gran peligro. En ese justo momento es cuando tenemos que ser decididos y, si queremos dar un salto importante en nuestra práctica, coger el bastón y darle a ese espejismo cien buenos golpes con todo el sufrimiento de nuestros hermanos.

 

Hace unos meses una joven hizo una experiencia vocacional en nuestro monasterio. Sentía gran atracción por la oración personal, parecía muy avanzada en la vida espiritual, en el conocimiento, necesitaba mucho tiempo para el trato con Dios, poseía una clave interpretativa propia de la Sagrada Escritura y un contacto íntimo con el Espíritu Santo. A los tres meses del “postulantado” ya mostraba signos de gran inestabilidad.

 

El ego, que en la mayoría de nosotros solo desea la comodidad, los placeres y siempre se muestra perezoso para los asuntos del espíritu, en algunos casos adquiere un barniz espiritual y parece que solo ansia la unión con Dios, la ayuda a los hermanos, el ascetismo... Pudiera parecer que esas personas viven ya permanentemente en su yo interior, pero es tan solo un espejismo. El ego se ha disfrazado de espiritual para ganar la partida y, tarde o temprano, se mostrará tal cual es.

 

La obediencia, la humildad, el contacto con buenos maestros, desenmascararán a ese yo delirante, le quitarán su máscara, y continuarán en pos del Dios verdadero.

 

Jesús se enfrenta al “ego espiritualizado” en la escena del “joven rico” del Evangelio.

Uno de los principales le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?” Le dijo Jesús: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino solo Dios. Ya sabes los mandamientos: No cometas adulterio, no mates, no robes, no levantes falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre”. Él dijo: “Todo eso lo he guardado desde mi juventud”. Oyendo Jesús esto le dijo: Aún te falta una cosa. Todo cuanto tienes véndelo y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme”. Al oír esto, se puso muy triste, porque era muy rico" (Lc 18, 18-23).

 

Este joven principal es plenamente consciente de todas sus riquezas: su práctica religiosa, bienes, búsqueda... Aparentemente siempre ha cumplido la ley, le resulta lo más natural y parece no sentir apetitos desordenados. Le habla a Jesús de igual a igual, son de los que entienden..., y lo que pretende es, nada más y nada menos, que la vida eterna.

 

Jesús sabe la dificultad de ayudar a estas personas y no quiere entrar en diálogos baldíos, así que, en primer lugar, le dice que solo Dios es bueno, mostrándole que jamás se llega, que siempre estamos en camino, que toda bondad es gracia. Que él es criatura.

 

En segundo lugar, le indica lo lejos que todavía se encuentra de la perfección, haciéndole ver, con toda crudeza, la dependencia que tiene de sus riquezas.

 

Pero Jesús no le abandona en ese momento de desconcierto, sino que le muestra el camino para liberarse, debe vender, abandonar esa ilusión, ese falso ego-espiritual y seguir al Maestro con humildad. Tenemos que tener siempre presente que el ego –con todas sus tendencias egoístas- solo desaparece un segundo después que fallecemos.

 

¿Cuál es la actitud que nos ayuda a no quedarnos atrapados en ese espejismo de pseudo paz, de luz? Es la compasión, el amor a los que todavía se encuentran inmersos en el mundo del sufrimiento, el deseo de ayudarles a encontrarse a sí mismos, el sentimiento de unidad con ellos y la imposibilidad real de ser plenamente felices aisladamente, sin serlo todos.

 

Esta compasión es la que ha movido a los grandes hombres de la historia a no quedarse en el “nirvana” y volver al mundo fenoménico para compartir, ayudar, enseñar.

 

Fue una constante, un fuego devorador, en la vida de Jesús: “Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar solitario. La gente le andaba buscando y, llegando donde él, trataban de retenerle para que no les dejara. Pero él les dijo: “También a otras ciudades tengo que ansiar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado.” E iba predicando por las sinagogas de Judea” (Lc 4, 42-44).

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