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PEREGRINO AL INTERIOR DEL CORAZÓN 2

Os ofrecemos leer el segundo capítulo del libro "Peregrino al interior del corazón", escrito por sor Ernestina, monja de nuestro Monasterio benedictino de León, y su hermano Pedro. 

Tal como los peregrinos caminan hacia Santiago de Compostela, nosotros nos propusimos caminar hacia nuestro interior. Y lo mejor es empezar en el desierto.

 

 

EL DESIERTO

Por eso yo voy a seducirla;

la llevaré al desierto

y hablaré a su corazón (Os 2, 16)

                                  

            Ningún verdadero peregrino comienza su andadura sin un buen mapa del camino que va a emprender. Durante la travesía, preguntará a los lugareños y a otros compañeros de viaje por los mejores recorridos, las condiciones del terreno más favorables, los pueblos más hospitalarios, las fuentes de agua más cristalinas. Toda esta sabiduría del mundo, la deberemos aplicar en nuestra aventura interior...

 

Aunque nuestro destino sea la “Tierra Prometida”, tierra que mana leche y miel, felicidad y la dicha completa; el espíritu nos lleva, en primer lugar, al desierto, paraje propicio para el encuentro y la escucha.

 

También en la antigüedad los primeros cristianos peregrinaron al yermo, se recluyeron en cuevas, y mediante las instrucciones y acompañamiento de un padre espiritual emprendieron el camino de la salvación y el conocimiento.

Eran hombres y mujeres que procedentes de diversos lugares poblaron los desiertos de Egipto, Siria, Capadocia, Palestina..., buscando la unión con el Absoluto. Ellos constituyen nuestra “tradición monástica”. Nos enseñaron una forma de ser, una ciencia de la vida, donde el misterio de la misma solo se descubre en el encuentro constante con Dios y con lo más profundo de uno mismo.

 

            Sorprenden porque, a pesar de alejarse físicamente de la sociedad, o quizás gracias a ello, fueron especialmente sensibles a todos los problemas e interrogantes de los hombres de su tiempo y supieron dar respuestas válidas no solo para su época, sino para todas las edades.

 

            Podemos intuir que existe una dimensión monástica en todo hombre que es ese deseo de ir más allá de uno mismo al encuentro con algo o alguien más grande. Esto puede explicar el hecho de que se encuentre alguna forma de monacato en casi todas las grandes tradiciones religiosas de la humanidad.

 

            La vida de estos primeros monjes era muy sencilla, austera y solitaria. Cultivaban el silencio de los pensamientos y la meditación asidua de la Sagrada Escritura. Se dedicaban, principalmente, a la oración continua y al trabajo manual, ayudando a los necesitados con el fruto del mismo.

 

Al comenzar nuestra andadura por el desierto, lo primero es beber en los manantiales de agua cristalina y refrescante de sus oasis: los Apotegmas, dichos de los Padres del desierto, donde se recogen sus enseñanzas.

 

Los peregrinos acudían a un abba, maestro carismático, y formulando algo que les angustiaba solicitaban su consejo. La respuesta tenía como fruto una iluminación, una ayuda para superar algún obstáculo o un nuevo conocimiento de Dios y de sí mismo.

 

Estas sentencias se iban transmitiendo de unos a otros, porque en ellas se compendiaba la fuerza de la experiencia de los eremitas y eran válidas no solo para el caso particular que las produjo, sino para todos los buscadores.

Vamos a acercarnos, con humildad, a estos sabios del desierto y manifestarles nosotros también nuestras dudas:

 

-Abba Antonio, dinos una palabra, ¿cómo podemos salvarnos?

-¿Habéis escuchado la Escritura? Es lo que vosotros necesitáis.

-Padre, también de ti quisiéramos oír algo.

-Dice el Evangelio: Si uno te golpea en la mejilla derecha, ponle también la otra.

-No somos capaces de hacer esto.

-Si no sois capaces de poner también la otra, mantened al menos firme la primera.

-Ni siquiera de eso somos capaces.

-Si ni siquiera de eso sois capaces, no respondáis mal a los que os injurian.

-Ni siquiera eso podemos hacer.

-Entonces el anciano le dice a su discípulo: "Prepárales un caldito: están débiles". Y a ellos: "Si esto no podéis y aquello no queréis, ¿qué puedo hacer por vosotros? Os digo: “Es necesario orar”.

 

            La enseñanza de estos “apas” se basaba en una gran confianza en el Espíritu y en la propia capacidad del hombre para encontrar su camino mediante la meditación de la Palabra de Dios y la oración.

 

"La ignorancia de las Escrituras es un gran precipicio y un abismo profundo".

San Epifanio.

 

“El amor del verdadero monje para con Dios, se conoce en la oración”.

San Juan Clímaco.

                       

            “La mesa y la comida puesta a punto declaran quiénes sean los golosos; y el ejercicio de la oración cuáles sean los amadores de Dios”.

San Juan Clímaco.

 

La gran dificultad y al mismo tiempo atractivo del yermo es el silencio y no solo como ausencia de palabras, sonidos, ruidos..., sino, sobre todo, como silencio de los pensamientos, las emociones, los sentimientos.

 

El padre Teófilo, arzobispo, fue un día a Escete. Los hermanos reunidos le dijeron al padre Pambo: "Di al padre una palabra de edificación." El anciano les dice: "Si no es edificado por mi silencio, no podrá serlo por mis palabras".

 

El abad Moisés preguntó a Zacarías al tiempo de su muerte: “¿Qué ves?” Y él contestó: “Nada mejor que callar, Padre”.

 

“Nuestra peregrinación consiste en el silencio”.

Abad Sísoes.

           

Pensamos que en la soledad habría menos posibilidades de comportarse de forma egoísta e injusta, pero comprobamos, con sorpresa, que del interior afloran los mismos conflictos que surgen en el mundo y quizás con mayor crueldad y virulencia. Se continúa juzgando, compitiendo, envidiando...

 

 Agatón cuando veía alguna cosa que su pensamiento hubiera querido juzgar, se decía a sí mismo: "No, Agatón, no lo hagas". Y su pensamiento se calmaba.

 

El Abba Poimén preguntó al padre José: "Dime, ¿cómo puedo llegar a ser monje?" Le dice: "Si quieres encontrar paz en cualquier lugar en que te encuentres y en cualquier circunstancia, di: "¿Quién soy yo? Y no juzgues a nadie".

 

“Bienaventurado el hombre que mira la salud y el progreso de todos como los propios, con toda alegría”.

Evagrio Póntico.

 

            Los maestros alertan sobre la soberbia como el alimento de la perniciosa tentación de abandonar, dejar al maestro, la búsqueda. El remedio, la gran virtud que permite volar sobre las arenas y vencer a los demonios de la duda, desesperanza, desgana..., es la humildad.      

 

Preguntó un hermano al anciano Euprepio: "¿Cómo entra el amor de Dios en el alma?" Dijo el anciano: "Si el hombre es humilde, pobre, y no juzga a los otros, entra en él el amor de Dios".

 

La Amma Teodora dijo que ni la ascesis, ni las vigilias, ni la fatiga salvan, sino sólo la humildad sincera. En efecto, había una anacoreta que expulsaba a los demonios, y les dijo: "¿Qué os hace salir? ¿El ayuno?" Dijeron: "Nosotros ni comemos ni bebemos". "¿Las vigilias?" "Nosotros no dormimos". "¿La soledad?" Dijeron: "¡Nosotros vivimos en los desiertos!" "Pues, entonces, ¿qué es lo que os expulsa?" Y dijeron: "Nada nos vence, a no ser la humildad". "¿Veis que la humildad es el medio para vencer a los demonios?".

 

Le preguntaron a Isaías de Escete: "¿Qué es el amor al dinero?" Respondió: "Es no creer que Dios cuida de ti, desesperar de sus promesas y querer hacerte grande".

 

“¿Qué se gana con poseer lo que no podemos llevar con nosotros?”.

Abad Antonio.

 

            Por encima de todas las virtudes la caridad, el amor a los hermanos, tanto a los compañeros de búsqueda como a los lejanos. Un amor que hacía que esos hombres, encerrados en sus grutas, acudieran y recibieran con la mayor hospitalidad y consideración a cualquier persona que acudía en busca de una respuesta a sus sufrimientos.

 

“Si uno oye a su prójimo una mala palabra y pudiendo contestar lo mismo lo tolera en su corazón y se violenta por no responderle y contristarlo, éste: “da la vida por su amigo”.

Abad Pastor.

 

Monje es aquel que está separado de todos y unido a todos. Y monje es aquel que se siente uno con todos por la costumbre de verse a sí mismo en cada uno”. Evagrio Póntico.

 

“No es gran cosa estar pensando en Dios; lo grande es amar a todas las criaturas”.

Abad Sísoes.

                                                                               

"Si pudiera encontrar a un leproso, darle mi cuerpo y tomar el suyo, lo haría de buena gana: eso es el amor perfecto".

Abba Agatón.

 


El segundo género de monjes es el de los anacoretas, esto es de los ermitaños, quienes bien adiestrados para el singular combate del yermo, se bastan con el auxilio de Dios, para luchar con solo su mano y su brazo contra los vicios de la carne y de los pensamientos.

 

(Regla de San Benito)


Continuará...


Podéis leer el primer capítulo pulsando sobre esta imagen:

¿Te gustan las enseñanzas de los Padres del desierto?

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¿Te parece que estas enseñanzas son válidas también para las personas de hoy día?


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