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PEREGRINO AL INTERIOR DEL CORAZÓN 20

Haciendo el viaje hacia nuestro interior con el libro Peregrino al interior del corazón, el último peligro que mencionan sor Ernestina y su hermano Pedro es el de la acedia.

LA ACEDIA

Si logramos vencer estas primeras dificultades, el tiempo y la rutina nos traerán como compañeros de camino nuevas inquietudes. Una de los más temibles es el hastío, la acedia.

 

Es sorprendente que el milagro del maná, el pan que manda Dios a su pueblo para alimentarlo por el desierto, se vuelva odioso, repugnante a los ojos del pueblo, debido a la rutina, a lo diario de su envío: “¿Por qué nos habéis sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan ni agua y nos da náusea ese manjar miserable” (Nm 21,5).

 

Así nos pasa a todos con infinidad de maravillas que se vuelven irritantes por su monotonía. Podríamos inferir que necesitamos el cambio constante, pero creemos que es más correcto pensar que lo que precisamos es profundizar en lo de siempre, para encontrar aquello que hay de novedoso, único, irrepetible: el aquí y el ahora.

 

Los sentidos se cansan pronto del vacío del desierto y sienten la tentación de la idolatría, de renunciar al Dios vivo presente-oculto y reemplazarlo por ídolos hechos por nuestras manos, a nuestra medida, que podamos tocar, dominar, y seguir más fácilmente.

 

El pueblo de Israel lo expresa así: “¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto y de los pepinos, melones, puerros, cebollas y ajos! En cambio, ahora no tenemos nada” (Nm 11,5-6).

 

Surge en el corazón la duda, la falta de confianza en que el camino nos conduzca a alguna parte, que exista la Tierra Prometida, que el Señor nos acompañe…

           

Ésta es una situación muy difícil de superar y la tradición monástica constantemente nos ha prevenido y alertado sobre su peligro. La acedia se puede considerar como un mal del alma que logra que cuanto recuerde a búsqueda, a Dios, provoque hastío, tristeza, disgusto.

 

Los infectados por este virus son invadidos por la desesperanza, la falta de realidad de lo que hacen, del sentido de tanto esfuerzo, de la luz en sus consciencias. En muchos casos, además, la acedia puede venir acompañada por algunos trastornos psicosomáticos como el insomnio, irritabilidad, cansancio generalizado, depresión.

 

Suele ser una enfermedad larga y solo la perseverancia y la paciencia la pueden curar. Lo más importante es no dejarse dominar por las sensaciones, sean las que sean, seguir caminando y profundizando en nuestra auténtica naturaleza.


 

Con razón, pues, se nos enseña a no hacer nuestra voluntad para que evitemos lo que dice la Santa Escritura: “Hay caminos que parecen rectos a los hombres al termino de los cuales se hunde en lo profundo del infierno”.

(Regla de San Benito)


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