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PEREGRINO AL INTERIOR DEL CORAZÓN 21

Seguimos caminando hacia nuestro yo profundo con el libro Peregrino al interior del corazón escrito por sor Ernestina y su hermano Pedro.

 

Después de avisarnos sobre los peligros que nos podemos encontrar en el camino, viene otro tema importante: el de la perseverancia

 

Nos puede ayudar precisamente en este momento difícil de la pandemia que se nos está haciendo largo y nos podemos desanimar, cansar de las cosas o relaciones... mientras estamos invitados a permanecer, a seguir.


Octava Etapa: Fieles a la luz primera

 El que persevere hasta el fin, ése se salvará (Mt 10, 22).

 

 

La experiencia nos demuestra que en las diversas aventuras que emprendemos, atravesamos por diversos estados.

 

Hay una primera fase de enamoramiento y gran ilusión, la primavera de la vida –dicen algunos-, caminamos con gran energía, el sol brilla en el cielo y la meta, aunque lejana, parece que se encuentra al alcance de la mano.

 

Después viene el verano y se apaga algo esta explosión primaveral, pero el sol sigue reinando en medio de un cielo azul y aunque nos sea más costoso caminar, la determinación sigue fuerte en nuestro ánimo.

 

En el otoño las nubes empiezan a cubrir el cielo, la noche extiende su manto y gana terreno al día, se avanza hacia la muerte, se experimenta gran dificultad en seguir; pero todavía, entre las nubes, se distingue la luz.

 

En el invierno el sol ha dejado de existir, no hay rastro de él, la nada nos invade, no distinguimos el camino y pensamos que todo lo vivido ha sido un gran autoengaño.

 

En este punto es donde, en muchos casos, terminamos la aventura, relación, amistad, trabajo o empresa que hemos empezado. Abandonamos la búsqueda.

 

En unos casos intentaremos desandar lo recorrido en pos de la ilusión primera; en otros, cambiaremos de ruta, pensando que nos hemos equivocado de dirección y, en los peores casos, nos quedaremos parados, inmovilizados, atrapados por la sensación de nada y pensando que la luz primera fue tan solo una ilusión y que la única realidad son las sombras que nos rodean.

 

Puede ser que, en este punto crítico, el más negro posible -el solsticio de invierno-, nos encontremos plenamente y contemplemos, con asombro, cómo comienza el día a crecer y las sombras a disiparse.

 

Cuando hicimos el Camino de Santiago atravesamos, como muchos peregrinos, por todos estos estados. Comenzamos muy animosos en Roncesvalles y bajamos hasta Pamplona con gran entusiasmo, que se fue sosegando al atravesar La Rioja. Burgos fue, con su paisaje y constante viento, una prueba de fortaleza y en la Tierra de Campos, mar de oro de espigas cortadas, llegó nuestra noche oscura. Interminables altozanos que daban paso a otros mayores, sin solución de continuidad, sin pueblos, sin señales de vida, sin escapatoria ni entretenimiento, el sol arriba de nuestras cabezas, la tierra debajo de nuestros pies y en medio, nosotros -hombres desnudos caminando-. Una vez coronado el Cebreiro, los campos gallegos nos fueron inundando, de nuevo, de vida, luz, verdor; conduciéndonos a Santiago de Compostela y más tarde a Finisterre, donde se funden la tierra, el cielo y el mar.

 

En el monacato primitivo los remedios contra la noche oscura fueron muy diversos, pero todos insistían en continuar, seguir, perseverar en el trabajo, no moverse, no mudar… Después lo recogería San Ignacio en la máxima: “En tiempo de crisis, no hacer mudanza”.


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