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PEREGRINO AL INTERIOR DEL CORAZÓN 25

En el viaje a nuestro interior con el libro Peregrino al interior del corazón hablamos de los amigos que tenemos para que nos acompañen en este camino.

 

La semana pasado empezamos hablar de la Creación y hoy os presentamos la segunda parte.

 

Precisamente para la semana que comienza, el papa Francisco convocó la celebración de la Semana Laudato Si´ con motivo del quinto aniversario de la publicación de su encíclica sobre el cuidado de la casa común (https://laudatosiweek.org/es/home-es/).



La Creación (continuación)

Los árboles, las cosas, lo cotidiano, se vuelven sacramentos, signos que nos muestran la luz, la energía creadora y nos ayudan a fundirnos con ella. La vida se vuelve una gran liturgia, una danza, en la que todo es señal de algo superior, de un proceso de evolución, de manifestación del plan creador.

 

Debemos entablar un diálogo diferente con la creación, dejarnos interpelar, penetrar, por ella. Esta nueva sensibilidad se profundiza mediante un contacto más íntimo con la naturaleza, como por ejemplo cuando se realiza el Camino de Santiago y la realidad se transforma sustancialmente.

 

La mansa caída de una hoja seca sobre la hierba nos ilumina sobre la realidad de la impermanencia, el viento refleja algunas características de la naturaleza del Espíritu, las montañas nos enseñan estabilidad y majestad y los ríos, fluidez y viveza.

 

“Fijaos en las aves de cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros [...] Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan” (Mt 6,26.28).

 

Recíprocamente, nosotros tenemos que prestar nuestra consciencia a la creación para desarrollar el espíritu que gime por manifestarse en su interior, por llegar a ser aquello para lo que fue creado –unidad con el creador-.

 

Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los Hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto” (Rom 8,19-22).

 

No hay quizás una persona a la que más le haya ayudado la creación, el Mundo, la materia, para su encuentro con Dios, que el Padre Teilhard de Chardin.

Él expresa así su experiencia:

 

“Ya que ahora, una vez más, Señor, ahora ya no en los bosques del Aisne, sino en las estepas de Asia, no tengo ni pan, ni vino, ni altar, me elevaré por encima de los símbolos hasta la pura majestad de lo Real, y te ofreceré, yo, que soy tu sacerdote, sobre el altar de la tierra entera, el trabajo y el dolor del mundo [...]”

 

“Y, sin embargo, al contacto de la palabra sustancial, el Universo, inmensa hostia, se ha convertido, misteriosa y realmente, en carne. Desde ahora, toda la materia se ha encarnado, Dios mío, en tu encarnación”.

 

“Ahora, Señor, por medio de la consagración del Mundo, el resplandor y el perfume que flota en el Universo adquieren para mí cuerpo y rostro en ti”.

 

Te amo como la fuente, el medio activo y vivificante, el término y la solución del Mundo, incluso natural, y de su porvenir. Centro en donde todo se concentra y que se extiende a todas las cosas para atraerlas hacia ti, te amo por las prolongaciones de tu cuerpo y de tu alma en toda la Creación, por medio de la gracia, de la Vida, de la Materia” .

 

“Jesús, centro hacía el que todo se mueve, dígnate disponernos, a todos, si es posible, un lugar entre las mónadas elegidas y santas que, desprendidas una a una del caos actual con tu gran solicitud, se suman lentamente a ti en la unidad de la Tierra nueva” (Teilhard de Chardin, Himno del Universo, Editorial Trotta, Madrid, 1996.).

 

 

 

Y el hombre de Dios Benito vio ante sus ojos todo el universo como recogido bajo un solo rayo de sol.

 

(Diálogos de San Gregorio Magno)

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