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PEREGRINO AL INTERIOR DEL CORAZÓN 26

Retomamos la lectura del libro "Peregrino al interior del corazón" escrito por sor Ernestina, monja de nuestro Monasterio, y su hermano Pedro Álvarez. 

 

Estamos conociendo los amigos que nos ayudan a caminar hacia nuestro interior para encontrarnos con Dios. Empezamos con la Creación y hoy seguimos con la pobreza.


La pobreza

No toméis nada para el camino,

Ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata;

Ni tengáis dos túnicas cada uno (Lc 9,3).

 

Quizás te sorprenda el nombre de esta nueva amiga del camino que te presento. Hoy todos vamos de la mano de su antagónica, la riqueza. Ésta es más codiciada, es la señora de la felicidad, del prestigio…, y cuanto más mejor: dinero, títulos, reconocimientos, posesiones.

 

En cambio, en el Evangelio se nos dice: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de los Cielos” (Lc 6,20).

 

¿Qué verá Jesús en el corazón del pobre para darle el Reino? No se lo da a los sacerdotes, ni a los escribas, ni incluso a sus seguidores, sino a ellos... Parece que el ser “pobre” conlleve una forma de estar en el mundo, unos pensamientos, sufrimientos, valores, que le acercan al Reino.

 

Sin embargo, ¿puede, Jesús, estar bendiciendo sin más la mera carencia de bienes? Pensar así sería un gran desconocimiento y desconsideración para con Dios y su obra realizada para la felicidad y desarrollo de la humanidad. Nuestra plenificación, para la cual necesitamos algunos bienes, reside su deseo.

 

¿Somos pobres antes de conocer a Jesús y escuchar su Buena Nueva o es esa Palabra la que nos hace así definitivamente?

 

La única manera de ser pobre es encontrarnos con el amor de Dios que llena nuestro corazón y lo despoja, de forma natural, de todas las otras riquezas: conocimientos, apegos, bienestar, imágenes, sensaciones, miserias, egoísmos...

 

Jesús constata una realidad: el Reino de Dios es de los pobres, porque son estos los que lo han encontrado y es este Reino el que hace a sus súbditos “pobres”.

 

Jesús, después de predicar desde el monte e ir cortando esclavitudes, se queda rodeado de los que ya no les queda nada, ni el culto, ni trabajo, ni posesiones, ni incluso bellas ideas sobre Dios. Está acompañado de los que han “encontrado” un tesoro diferente, de los que ya solo viven ese instante, ese aquí ahora, de los abiertos a la luz, a la realidad, a la escucha, al cambio, a la revolución; de hombres libres que saben amar y, en un instante, cambiar de rumbo... Jesús los llama pobres y seguro que algo quiso decirnos con ello.

 

Nuestra forma de pensar, de ser, de aceptar el amor de Dios, no puede ser independiente de la manera en que vivimos, esto sería una gran traición y equivocaríamos el camino.

 

            -Amiga pobreza, ¡dime algo que me ayude a ir hacia Dios!

-Por más que te hable no me vas a entender. No puedes saber lo que es el hambre, tú que tienes tus despensas repletas. No puedes saber lo que es ir desnudo, tú que tienes tus armarios llenos de ropa. No puedes saber lo que es pasar frío, tú que tienes una casa confortable.

¿Quieres conocer lo que es ser pobre? No sabes lo que dices. No es que no quiera decírtelo es que no me vas a entender. Tus ojos están ciegos y no ven, tus oídos están cerrados y no oyen y tu corazón está duro y no siente. Hay un abismo insalvable entre tú y yo y no nos podemos comprender.

Y, con todo, me das pena. Sí, pena, porque te veo triste e insatisfecho. Caminas apesadumbrado, sin vida, buscando más cosas con qué llenarte, insaciable te lamentas y te quejas. Los salones que visitas no pueden ocultar la oscuridad de tu vida y, ¿a dónde irás?, ¿quién podrá consolarte?, ¿hay dolor como tu dolor?

Pero eso no es lo más grave. Lo peor no es que me ignores o desprecies, que no me ayudes ni te fijes en mí; lo peor es que te has alejado de Dios. Ya no es nadie para ti, porque tus riquezas ocupan su lugar. Si solo me hubieras perdido a mí no habrías perdido mucho, pero has perdido a Dios y lo has perdido todo. ¡Si al menos conocieras hoy lo que te puede dar la felicidad!, pero está oculto a tus ojos.

Me quiero ir ya de tu lado, incapaz de decirte quién soy yo, quienes somos los pobres, pero te veo y no puedo alejarme de ti, te he tomado cariño. ¿Cómo puedo abandonarte así? No podría olvidar jamás esa mirada tuya triste y desesperada, perdida en el vacío del sin sentido. Anda, vete y vende todo lo que tienes y luego... ¡vente a caminar conmigo!


 

 

 

 

 

 

Por encima de todo, en el monasterio, nadie debe poseer nada en propiedad, absolutamente nada... Que todo sea común a todos y nadie considera que algo es suyo.

 

Regla de San Benito


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