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PEREGRINO AL INTERIOR DEL CORAZÓN 29

Con el libro Peregrino al interior del corazón seguimos descubriendo los amigos que nos ayudan en nuestro camino interior.

 

El último amigo en este viaje es la Palabra de Dios.

Palabra de Dios

Pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.

Envió su Palabra para curarlos,

Para salvarlos de la perdición. (Sal 106)

 

No hay “plano” más completo y que recoja, con mayor profundidad y autenticidad, experiencias de liberación, éxodos, peregrinaciones, destierros, deportaciones, encuentros..., que la Biblia. Ella va a ser la mejor guía, imprescindible en nuestra mochila de viajeros.

           

El amigo más íntimo del peregrino es la oración. Es como subirse a lo alto para adquirir una buena visión del terreno que pisamos, por donde debemos ir. La cercanía de Dios es la única que nos puede dar una perspectiva cierta de las cosas.

 

Como le pasó a Abrahán que cuando estaba encerrado en sus problemas, con terror y angustia ante su incierto futuro, Dios le saca “fuera” de sus dificultades, le hace mirar a las estrellas y ya se siente confortado (Gn 15,5). Esto es la oración: salir de uno mismo hacia un encuentro con las estrellas, la luz de Dios.

 

Una forma especialmente importante de orar es con la Biblia, porque es zambullirse en el Misterio de Dios que se hace lenguaje humano.

 

La Palabra de Dios es viva y eficaz y tiene tal poder que es capaz de “Derretir nuestro corazón por amor y partirlo en dos de alegría” (Juliana de Norwich). Esto sucede solo si el que lee se implica con tal intensidad, con tal grado de fe, que hace actual, en ese momento y en su persona, el acontecimiento narrado.

 

Únicamente, en la Virgen María, se ha realizado esto plenamente y por ello se produjo la encarnación, acogió la Palabra de Dios y se hizo carne en ella: “Hágase en mi según tu Palabra” (Lc 1, 38).

 

El efecto de la Palabra de Dios se asemeja al del alimento natural que, al comerlo, se digiere y rompe en partículas más pequeñas. Estos compuestos, mediante la sangre, llegan a las células. Allí se queman y se produce energía que se acumula para el momento en que se necesite.

 

De la misma manera hay que “comerse” la Palabra de Dios y saborearla como lo hicieron los profetas Jeremías y Ezequiel.

 

El profeta Ezequiel nos relata una visión que tuvo de Dios: “Y tú, hijo de hombre, escucha lo que voy a decirte, abre la boca y come lo que te voy a dar. Yo miré: vi una mano que estaba tendida hacia mí, y tenía dentro un libro enrollado. Y me dijo: “Hijo de hombre, come lo que se te ofrece; come este rollo”. Yo abrí mi boca y él me hizo comer el rollo y me dijo: “Hijo de hombre, aliméntate y sáciate de este rollo que yo te doy”. Lo comí y fue en mi boca dulce como la miel”” (Ez 2, 9-3,3).

 

También el profeta Jeremías tiene una experiencia similar: “Cuando encontraba palabras tuyas, las devoraba. Tus Palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón” (Jr 15,16).

 

De la misma manera que los procesos del metabolismo no son percibidos, tampoco la acción de la Palabra es generalmente perceptible, pero está ahí y nos sostiene y alimenta en todo momento.

 

Llama la atención el poco interés que mostramos por la Sagrada Escritura y el escaso efecto que parece tener en nuestras vidas. Esto puede ser debido a que o bien cuestionamos la existencia de Dios y su deseo de comunicarse a los hombres -como le ocurre al Faraón que le pregunta a Moisés: “¿Quién es Yahvé para que tenga yo que escuchar su voz?” (Ex 5,2) -, o bien no creemos que la palabra recogida en la Biblia sea verdaderamente revelación de Dios.

 

El hombre apenas puede balbucir algo de Dios y éste, conocedor de la dificultad sale en nuestra ayuda y no solo con su voz desde el interior del hombre, sino con la Revelación de lo que realmente es.

 

Que existe una revelación de Dios nos está indicando que él quiere manifestarse, decirnos cómo es, descubrirnos sus deseos, ilusiones, sueños. Pero es tanta la distancia que le separa del hombre que este proceso es largo y doloroso. De hecho, es un “milagro” que consiste en que el hombre va torpemente, con avances y retrocesos, conociendo a Dios.

 

...CONTINUARÁ...

 

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