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PEREGRINO AL INTERIOR DEL CORAZÓN 3

Seguimos caminando con sor Ernestina y su hermano Pedro al interior de nuestro corazón. El tercer capítulo:

 

EL TRABAJO ESPIRITUAL: LA CONVERSIÓN

 

El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca;

convertíos y creed en la buena nueva[1].

 

En el páramo también surgió otra espiritualidad más acorde con el tiempo, eran los cenobitas. Los eremitas se agruparon y el papel que jugaba el anciano carismático lo realizaba la comunidad, la unión de unos hermanos que se conocían y se amaban, y que, bajo la guía del padre común, buscaban a Dios.Era un auténtico hogar, una verdadera familia.

 

Quizás son los “hermanos” el mejor referente para saber si el camino emprendido es el correcto. La compasión, el amor, la escucha, son pruebas de que vamos en la correcta dirección; en cambio, aislarse, la irritabilidad, el desinterés, indican que hemos errado.

 

El camino espiritual comenzaba, y así tenemos que iniciarlo, con una pregunta al padre espiritual: ¿qué tengo qué hacer para salvarme?, ¿cuál tiene que ser mi actitud, actividad o trabajo?

 

Se dice que San Serapio yendo de peregrinación visitó a una famosa eremita que vivía en una pequeña habitación de la que no salía nunca. Él, que erraba siempre por valles y montes, no comprendía esa forma de vida y le parecía absurda. Cuando se encontró ante ella le preguntó: “¿Qué haces ahí sentada todo el tiempo?”. Ella le respondió: “No estoy sentada, estoy en camino”.

 

Quizás esta historia nos sumerja en una dimensión nueva en la que la importancia del trabajo espiritual no reside en la acción o la inacción –en muchos casos un mero problema terminológico -, sino en indagar, convertirse, cambiar la dirección en la que se vive.

 

En la acción de “levantarse” se puede condensar el significado de la conversión, “Conversatio Morum” que, junto con la estabilidad y la obediencia, son los tres compromisos de los monjes benedictinos, continuadores de la espiritualidad del desierto.

 

El diccionario indica varios significados al término “levantar”. Todos ellos expresan lo característico de vivir como monjes: alzar, mover de abajo hacia arriba; poner algo en lugar más alto que el que tenía antes; poner derecha o en posición vertical a una persona o cosa que está inclinada o tendida; construir, edificar...

 

Este vocablo implica siempre un movimiento, un cambio de situación. San Benito, padre del monacato benedictino, indica que la “conversión” es un “no permanecer” jamás en lo que somos como condición fija, sino irnos asemejando a Jesucristo en las nuevas situaciones. Éstas son los pequeños, pequeñísimos quehaceres que vivimos diariamente.

 

Hay en la Biblia muchas exhortaciones a levantarnos, pero dos “¡levántate!”  impresionan profundamente. Uno es el que lanza el profeta Isaías al pueblo judío desterrado en Babilonia: “Levántate, brilla Jerusalén mira que llega tu luz”[2]. El otro es el que dirige Jesús a la hija de Jairo, uno de los jefes de la sinagoga, que acababa de morir: “Niña a ti te digo, levántate”[3].

 

San Benito también se dirige al monje, nada más comenzar su regla, exhortándole: “Levantémonos, pues, de una vez”[4].

 

Lejos de toda pasividad, conformismo, estancamiento, rigidez, fijismo... San Benito busca un hombre activo, diligente, luchador, que continuamente se mueve, construye, intenta enderezarse y ponerse en pie. Uno que “se levanta” es una persona que busca siempre vivir de acuerdo a lo mejor de sus fuerzas creativas, haciendo realidad el mandato que dio Dios a Adán y Eva: “Creced, multiplicaos y llenad la tierra”[5].

 

San Gregorio de Nisa, en su comentario al Cantar de los Cantares, afirma: “Conviene estar siempre prontos a levantarnos... conviene no desistir en la carrera...”

 

Nuestro carisma monástico nos exhorta constantemente a “apresurarnos” para ir a la oración, “correr” hacia la vida eterna, “vigilar” atentos para que no se nos vaya la lengua, “anticiparnos” para honrarnos unos a otros, “salir” pronto a acoger a los huéspedes y a todo el que llame, “adelantarnos” unos a otros para el servicio, obedecer con “prontitud, sin ninguna tardanza” ...

 

Sin embargo, podría surgir un malentendido al equiparar este “aspecto de levantarse”, sin más, a una actividad física, discurso mental, continuo quehacer para mejorar...

 

En el encuentro de San Serapio con la ermitaña, él la acusa de estar todo el día metida en su pequeña habitación, sentada y sin hacer nada, y ella le responde dándole una gran lección: “No estoy sentada, estoy en camino”.

 

Esta es la actitud a la que me refiero, moverse en dirección hacia el centro de uno mismo, espacio reservado para la relación con Dios. En este mundo del siglo XXI implica una lucha feroz, a muerte, contra la agitación, el ruido, la superficialidad, el constante hacer...; pero lucha, aún más terrible y temible, contra las fuerzas negativas que nos inducen a la desesperación, angustia, miedo, sin-sentido, tristeza, fatalidad, depresión... Es emprender el camino hacia esa zona de silencio que nos habita.

 

No hay estado más activo que el del silencio, ni que exija más energía por parte de la persona, ya que supone un despertar a la vida y ésta es siempre movimiento, cambio. Del silencio nunca se sale lo mismo, sino convertido.

 

¡Gran paradoja!: ser un hombre activo para profundizar, que se esfuerza en parar para orar, que quiere levantarse para servir, que se afana en buscar la ecuanimidad y la paz.

 

Levantémonos, pues, de una vez, no cada día, sino cada segundo, para vivir este continuo movimiento interior de quietud, silencio, oración y búsqueda de Dios. Opuesto al hombre tibio, relajado y negligente.

 

Que al fin del viaje nos puedan decir: “No has llegado hasta la meta, has caído muchas veces, has equivocado el camino...”, pero nunca: “No has luchado””.

La conversión va a ser la actitud vital que impregne toda nuestra peregrinación, pero ahora tenemos que comenzar la andadura, el maravilloso viaje al ser interior, a Dios.

 

¡Detente! Pliega el ala voladora.

Buscas la luz, y en ti llevas la aurora.

Recorres un abismo y otro abismo

para encontrar el Dios que te enamora,

y a ese Dios tú le llevas en ti mismo.

Mas tú sigues buscando lo que tienes.

Dios en ti de tus ansias es testigo;

y, mientras pesaroso vas y vienes,

como el duende del cuento, Él va contigo.

 

 

                                               Amado Nervo

[1] Mc 1,15

[2]Is 60,1

[3] Mc 5,41

[4] Prólogo RB, 8

[5] N 1,28


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